Sunday, November 19, 2006

Selección de Poemas

De Los Malos Pasos (1990)

EL AMOR QUE RESPLANDECE

La noche nos reduce en esta plaza
y es nuestro el amor que resplandece
más allá de las torres asediadas;
de las malas palabras que cerramos
y que ahora ceden
bajo el peso de los cuerpos.
El viento entra en la ciudad
rendida a nuestros pies
que ignoran el camino de regreso
hacia la madrugada.
Lo demás podría no existir
en esta hora
en que volvemos a vencernos.


EL ÁRBOL SIN NOMBRE


Hace mucho tiempo
tú y yo adorábamos el sol
hasta que en el fondo del patio creció un oscuro árbol
que ni tú ni yo reconocimos.
Y pasó aquel tiempo;
la época en que éramos felices.
Vino el día en que olvidamos nuestros nombres
y la niebla disolvió nuestra costumbre de miramos.
Mas de pronto una tarde te vi en el fondo del patio
bajo la sombra del árbol sin nombre
en brazos de un desconocido
que hundía sus manos en la oscuridad de tus cabellos.
Entonces corrí hacia ti y te llamé.
Pero tú escondistes la cara entre las sombras;
reclinando tu cabeza dulcemente
en mi desdicha.

EXTRAÑO COMPORTAMIENTO DE LAS AVES

Creo que hay pájaros cerca del mar;
pájaros en la playa inmóviles.
El cielo se haya despejado y yo libre de emociones.
Los pájaros permanecen en silencio,
tal vez heridos o amarrados.
Hay otros pájaros rodeándolos.
El mar está tranquilo;
pequeñas olas se arriesgan en la orilla.
Hay una repentina conmoción.
Algunos pájaros huyen
sin conseguir levantar el vuelo.
Quizás no sean pájaros.
La brisa del mar me trae los rumores.
Creo escuchar una voz, algunos gritos.
¡Acábenlos! ... ¡acábenlos! ...
parece decir una voz de mando.
Pero podría ser el eco en los acantilados
deformando los graznidos.
Creo que algunos pájaros yacen abatidos
cerca del oleaje.
Los otros se retiran en fila india.
Una espesa niebla comienza a levantarse desde el mar.
Los pájaros desaparecen.
La playa desaparece
y debo retirarme.

EN UN OSCURO PRINCIPIO

En un oscuro principio
el verbo tal vez se retorcía.
Amenazaban con castrarlo
con las primeras luces del alba.
Pero el verbo consiguió reproducirse.
Tomó las caras incomprensibles de un remoto futuro.
Renovó sus fuerzas
estrellándose cada tanto consigo mismo.
Negando tenazmente su pasado.
Extrañándose de sí mismo.
Repartiéndose en miles de pedazos enemigos entre sí.
Escapando de su muerte
con pequeños sorbos de veneno.
Abrazando finalmente 1os repugnantes íconos de otro dios.
Quizás fue lo que pasó.
Quizás fue de otra manera.
Pero el verbo me sopla estas palabras:
"no tiene importancia".





LOS MALOS PASOS

Todavía irás esperando otro destino:
el último vapor que no se detendrá en el puerto clausurado.
No te habrás resignado a la fuerza de las olas
cuya ciega resaca ha borrado tus huellas de la playa
y de mi corazón.
Es como si nada quedará de esos días
excepto un signo indescifrable
y yaciéramos en el fondo de la lluvia
más allá de toda exactitud.
Es como si hubieran asaltado nuestra historia
robándonos las palabras que guardábamos
para una época feliz.
y es como si el viento alejara nuestros pasos
más allá de los destinos dorados.

POR ALLÍ MI PADRE SIN MEDIDA

Por allí también rodó mi padre a su blancura
luego de vagar por calles y por plazas perdidas en la niebla
golpeando puertas que desaparecían
en un futuro inalcanzable.
Por allí todavía la sonrisa de mi padre
andaba despidiéndose
doblando la cerviz bajo la nube
que lo llovía sin cansancio.
Por allí rodó mi padre sin medida
su corazón atravesado por los pájaros.

"ME ATRAVIESA UN RÍO SIN NOMBRE"

"Me atraviesa un río sin nombre".
Frase que podría corresponder a alguna carta perdida
o a la carta que ahora escribo falseando su argumento
como si fuese un antiguo Capitán del Rey
hundido en la lluvia del territorio sur.
Mis hombres han hecho una fogata
y asan un cerdo junto al río
en cuyas aguas tiembla mi rostro antes de los nombres
que han de brotar sobre los mapas del nuevo territorio.
Lo cierto es que no me atrevo a reconocer que no soy el Capitán
y que mis hombres son fantasmas que orinan en mi esfinge
en un pequeño parque abandonado.


COMPAÑERO

Compañero
sobre ti nadie ha puesto la verdad.
Nadie se atreve a meterse en tu camisa
a hundir las manos en la tierrra
en pos de tu osamenta
de tu cédula de identidad o del botón
para mostrar el torturado amor a tu bandera
o simplemente para soñar
la palidez de tu cara deshaciéndose
con un vago resplandor en la corriente
que trato tal vez de remontar.

ABANDONO


Resignado a no subir la colina
en la que todos aspiran a salvarse
abres tus ojos en un sueño clausurado.
Te condenas.
Pero tú viste la trampa montada en esa cumbre
a la que todos reptan.
Sin duda no es un momento muy feliz.
Es el instante en que rompes todo vínculo
y pliegas tu bandera
para caer en la renuncia.
Te sientas serenamente a meditar tu suerte.
Tu falta de solidaridad...
lo que te convierte en un asqueroso cerdo
ante los jóvenes puros y morales
que marchan con tu consigna hacia la cumbre
que procuras olvidar.



ME LEO A MÍ MISMO

Me leo a mí mismo
y no puedo celebrarme
tras comprobar que toda ficción
se reproduce a sí misma
ante los propios ojos del fabulador
quien toma por suyo
aquello que encuentra abandonado
en los campos vacíos de su imaginación.

Me leo y me obligo
a este acto sacrí1ego.

SE LEE MIRALLES A SÍ MISMO


Se lee Miralles a sí mismo
imaginando su lectura
una pantalla que lo salva
de los sueños del tirano.
Pero olvida esta cerradura
por la que atisba el ojo de un perro
que agita su cola, delatándole.

Thursday, November 9, 2006

¡AL CAMPO!

¡Campo! ¡Ese horrible lugar donde los pollos corren vestidos con plumas”

Julio Cortázar

Para Cecilia

En noviembre de 1975, siendo el subscrito, Jefe de Plaza de la po­pulosa ciudad de Santa María La Blanca, ubicada en el extremo meri­dional de la Repú­blica de Chile y, habiendo conocido el desprecio a la naturaleza manifestado en reiteradas oportunidades por la vecina que más abajo se individualiza, de­creté el siguiente bando:

BANDO Nº 37

1º Sométase a relegamiento y a trabajos forzados en la isla de Cahuach, Archipié­lago de Chiloé, Xª Re­gión, a la ciudadana que a continuación se indica:

Doña María Josefina Venturini Bahl, Cédula de Identi­dad Nº 8.163. 017-2

2º La extensión del periodo de relegamiento se man­tendrá hasta com­probar que la ciuda­dana relegada haya desarrollado un amor in­condi­cional por el campo y por la vida ru­ral, habiendo aprendido en el trans­curso de la pena, las habilidades necesarias para adaptarse a dicho me­dio y de esta manera se encuentre apta para alcanzar la felicidad.

Decretado en Santa María a 10 días del mes de Noviem­bre del año 1975.

Notifíquese y cúmplase

Firmado

Arturo Rodas Siegenthal (G.D.)
Jefe de Plaza
IV División
Ejército de Chile


Como creo anticipar que a muchos lectores extrañará esta medida, a primera vista desproporcionada, en contra de una ciudadana aparen­temente in­ofen­siva, intentaré un relato que dé cuenta, lo más objetiva y exacta­mente posible, las circunstan­cias que dieron origen a la misma, así como el desarrollo y pos­terior desenlace de los acontecimientos.
En tiempos en que proliferan los juicios persecutorios en contra de quienes servimos amorosamente a la Patria y quienes no titubeamos a la hora de usar enérgicamente la autoridad que, por otra parte, sólo confiere Dios, Nuestro Señor, un relato como éste, ayudará a compren­der los alcances y el verdadero sentido de la acción militar durante aquellos gloriosos días que la historia se obstina en recordar como “dictadura”.

He aquí los hechos:

Creo que fue a poco de haberme instalado en mis oficinas, en el último piso del edifico de la IV División de Ejército, que recibí la visita de una distinguida dama de aquella ciudad. El propósito: Invitarme personalmente a un “Vino de Honor” para festejar mi reciente llegada y para que tuviera la oportunidad de conocer a lo más granado de la so­ciedad local. Se trataba pues, de una oferta imposible de declinar. Mani­festé mi complacencia y prometí acudir puntualmente el día y la hora estipulados en la primorosa tarjeta que la señora había puesto en mis manos.

Concurrí pues a la ceremonia. Allí tuve ocasión de departir ama­blemente con la mayoría de los nobles patriotas que habían colaborado en derrocar el detestable régimen del Doctor Allende. Ciudadanos que había arriesgado la piel durante las oscuras horas de la pesadilla marxista y que se mostraron muy complacidos de mi presencia en la ciudad.

Allí fue también donde vi por primera vez a la señorita Venturini de quien, preciso es confesarlo, me enamoré en el acto. Ciertamente aquello fue motivo de mucho dolor, siendo yo un hombre felizmente casado. Sin embargo, ya sabéis lo caprichoso e irracional que suele ser el sentimiento amoroso. En incontables ocasiones este sentimiento hubo de doblegar la férrea voluntad de este viejo soldado, tornando su vida poco menos que en miserable. Lo cierto es que aquella vez volví a casa con la amarga sensación de haber sido derrotado sin haber tenido la más mínima oportunidad de defenderme. Traspasado y fulminado por los adorables ojos de la señorita Venturini. Esa es la verdad y de nada serviría ocultarla.
Sin casi proponérmelo me encontré ordenando a mis subordina­dos inquirir todo tipo de detalles sobre la vida de aquella orgullosa jo­ven. Así fue como me enteré de que pertenecía a una de las más pode­rosas familias de la zona. Su abuelo, un inmigrante italiano, había hecho fortuna poniendo una cristalería que pronto se había hecho famosa en todo el sur y aún en la propia capital. Por parte de la madre, entroncaba con una distinguida familia de la próspera comunidad alemana de la zona.
María Josefina era alta, más alta que yo, que no soy precisamente bajo. Su aire elegante, al tiempo que su natural vivacidad y desplante, la volvían siempre el centro de la atención. Cultísima, terminaba sub­yugando siempre a quienquiera fuese su interlocutor. Sabía debatir con una agudeza digna del mejor abogado. Y es precisamente en este rasgo de su personalidad donde había algo sospechoso. Sin embargo, en un principio, ofuscado por mis sentimientos, no reparé en ello.
En contra de todos mis principios y creencias, comencé a corte­jarla. Aunque lo correcto sería decir que intenté cortejarla.
Cierta tarde, durante el transcurso de una de aquellas reuniones sociales, que, huelga decirlo, se habían hecho habituales, la invité a dar un paseo en mi lancha deportiva. Aceptó de inmediato.
Volví a casa flotando en el aire. Por supuesto, en mi ingenuidad, producto de mi poco trato con mujeres, tomé aquello como una muestra indesmentible de su simpatía hacia mí y, eventualmente, de atracción.
Aunque no soy un hombre feo, no me atrevería a afirmar que soy especialmente atractivo. Cuestión que, por lo demás, y hasta ese mo­mento, me había tenido absolutamente sin cuidado.
Aquella tarde, sin embargo, me asomé al espejo y sometí mi rostro a una minuciosa inspección. Me encontré viejo.
Llamé a mi esposa y le pregunté que me sugeriría para mejorar mi aspecto. Mientras la buena señora se reía y se divertía a mi costa, fue sugiriéndome que eliminara el bigote, podara mis frondosas cejas y re­cortara los pelos que asomaban por mis fosas nasales. Lo hice.
Cuando hube terminado, ella me contempló admirada y me dijo con voz ronca: “te sacaste de encima por lo menos unos diez años”. Después quiso tirar. Pretecté un súbito dolor de cabeza y abandoné raudamente la habitación. Desde mi despacho la sentí llorar y arrojar algunos objetos contra los muros.
El paseo en lancha fue maravilloso. Hacia media tarde atracamos en una pequeña isla en medio del río. Ella me explicó que se llamaba “Isla Sofía” y que cuando era chiquilla, ella y sus amigos, solían venir con frecuencia.
Hicimos pic-nic.
Conversamos, comimos y bebimos alegremente.
No estábamos de acuerdo en casi nada, pero yo ocultaba mis pen­samientos mientras me decía que entre un hombre y una mujer, no estar de acuerdo no significa nada cuando hay atracción. Así que yo la escu­chaba hablar, haciendo esporádicos comentarios, más bien irónicos, como cuando se escuchan las delirantes historias de los niños.
Una vez que fuera mía, pensaba, ¿qué importancia tendrían aque­llos pensamientos contradictorios, aquellas inquietudes adolescentes con que se devanaba los sesos? Pensamientos inmaduros, propios de una señorita mimada que no conoce la realidad.
En aquel momento se me antojaba que la realidad era yo.
En algún momento estuve tentado de realizar algún avance pero lo pensé mejor y decidí que no era todavía oportuno. Quería enamo­rarla. Que madurase como una jugosa fruta en lo alto de la rama. En el momento preciso caería dulcemente en la palma de mi mano.
Y sonreía feliz.
Mientras volvíamos, nuestra poderosa embarcación iba dejando una estela tras nosotros. Comandando aquella lancha sentía que con­trolaba mi propio destino. Sentía que las gaviotas me saludaban; que el sol de aquella tarde brillaba sólo para mi. Miraba los rubios cabellos de María José Venturini flotando en el viento e imaginaba, me convencía, que pronto sentiría su perfume derramado sobre mi pecho. Y sentía un impulso irresistible de abrazarla.
Ya en el muelle, casi al despedirnos, se me quedó mirando y me dijo: “Tienes algo raro… ¿qué es?...”-vaciló un momento- “¡Ah, te cor­taste el bigote!”Y luego de otra pausa agregó: “¡vaya, te echaste en­cima por lo menos unos diez años!”
Me quedé helado. Sin atreverme a pronunciar una palabra más le di la mano y me marché.

Tuesday, October 31, 2006

ne oublier jamais.


Resulta que antes, hace como treinta años atrás, existía una gran playa en el barrio de Las Ánimas. Se extendía uno, tal vez dos, kilómetros, comenzando justo a partir del puente Calle-Calle.

Yo habitaba allí casi todos los veranos.

Era una hermosa playa de río y se encontraba bastante bien habilitada y mejor cuidada por el municipio. Lo curioso es que, aunque siempre había salvavidas en sus atalayas de vigilancia, cada verano tenía que ahogarse alguien. Casi siempre algún imprudente que se alejaba de la línea demarcada por las boyas anaranjadas o que se internaba en las traicioneras aguas del extremo norte de la playa, zona reconocidamente peligrosa por la presencia de algas y su fondo fan­goso.

Sin embargo, estas muertes, eran apenas una nubecilla en el panorama amplio y luminoso del verano.

Éramos felices, aunque probablemente no lo supiéramos.

Sólo ahora, después de tantos años, caigo en la cuenta que acaso nunca he sido tan feliz.

Éramos un grupo de cuatro amigos. Lito, Alex, Willy y yo. Todos muy altos y buenos mozos. El más alto era Lito que se empinaba por el metro 80. Tal vez el más buen mozo, Alex, con sus cabellos castaños y ondeados y su metro 78. Yo era el más moreno, con mi pelo negro azaba­che y mi metro 76; Willy era rubio, de ojos verdes y el más bajo de los cuatro con su metro 72. La estatura era un tema que nos obsesionaba por aquel entonces.

Y la natación, claro.

Éramos verdaderos peces en el agua.

Nuestra rutina era simple. Llegábamos temprano en la mañana, tirábamos nuestras toallas, nos quitábamos la polera y corríamos al agua. Ninguno de nosotros era de aquellos que arru­gaba al sentir la temperatura del H2O. Aquello hubiera sido una mariconada imperdonable. Así que ni pensarlo. Una vez que corrías al agua sabías que terminarías con una larga zambullida y continuarías nadando, estilo libre o “braceado”, hasta alcanzar las balizas. En nuestro exclusivo club también habían estilos proscritos: nadar de pecho o “a lo perrito” hubiera sido considerado por cualquiera de nosotros algo indigno. Aquellos estilos sólo iban bien con una chica y, por su­puesto, con el susodicho animalito.

Pero, hay un verano que recuerdo con especial nostalgia.

Todos teníamos catorce años y tengo la impresión que todos éramos vírgenes. Sin perjuicio de lo cual, cada uno de nosotros era capaz de referir con lujo y abundancia de detalles, una canti­dad indeterminada de apasionados encuentros con minas que siempre resultaban ser mayores e increíblemente atractivas. En mi caso, los detalles procedían de las aventuras de mi hermano Juan Luís, quien siempre me tomaba por confidente de sus más obscenas proezas amatorias. Este gran bastardo siempre iniciaba sus confidencias con la misma incómoda pregunta: “¿y?... ¿ya le conociste el ojo a la papa?”… Yo creo que todos sabíamos que mentíamos, pero nadie se hubiera atrevido a cuestionar a nadie. Ello hubiera implicado una suerte de suicidio colectivo ya que parte de nuestra identidad se sostenía precariamente en aquel tinglado de mentiras mutuamente consentidas.

Por otra parte, nuestra secreta aspiración era convertirnos, algún día, ojalá no muy lejano, en salvavidas de aquella maravillosa playa.

Y entonces ser como Atilio.

Un individuo que nos despreciaba olímpicamente, ya sea que se encontrara apostado en su alta torre, vigilando el atestado transcurrir de la playa o bien, sobre las ardientes arenas, cal­zando sus primorosas hawaianas importadas, exhalando el exquisito aroma de su bronceador mien­tras ajustaba las lentes de sus binoculares sobre el culo de alguna muchacha.

(Hay quie­nes sostienen que aquella era la inconfesable causa de que siempre se ahogara algún gil du­rante la estación.)

Nos acercábamos a Atilio. Le metíamos parlé. Lo adulábamos, incluso. Hasta que de tanto en tanto, condescendía a contestarnos con algún monosílabo. Pero siempre se las arreglaba para humillarnos; siempre encontraba la oportunidad para cagarnos.

¡Aquel tano conchesumadre!

Ya por la tarde cuando sacudíamos la arena de nuestras toallas para marcharnos, lo veíamos engrupiendo a alguna mina rezagada. Moviéndole la culebra. Conven­ciéndola de entrar en su citroneta color caca de donde –lo anticipábamos- no saldría viva.

Todo este tipo de huevadas contribuían a darnos una imagen distorsionada de la realidad. Nos imaginábamos infelices. No calzando hawaianas importadas ni enfocando poderosos binocula­res zenith sobre culos estatuarios, ni usando bronceadores de acentos ferinos. Careciendo de nombres y apellidos italianos, y sobre todo, no siendo propietarios de una citroneta color caca, la playa se nos atojaba poco menos que un valle de lágrimas.

¡Dios mío, si pudiera volver tan sólo fuera un segundo para tocar el hombro de aquel mucha­chito, guiñarle un ojo, convencerlo, desde el distante futuro, de que andaba desparramando nada menos que en el paraíso¡

Sin duda, aquel verano pasaron muchas cosas, pero esta noche sólo quiero insistir en dos.

Una de aquellas cosas se llamaba Katia, la otra, Manuela.

Ocurrió que aquel verano pololeé -o al menos eso creí- con ambas. No podría decir cuál de las dos era más bella, puesto que ambas lo eran en demasía. Ambas me volvieron loco; ambas me hicieron sufrir. Y si todavía me acuerdo de ellas es porque me besaron de tal manera que aún después de treinta años puedo sentir aquella dulzura incomparable. Por último, existía otra co­incidencia entre ellas, ambas mentían con total desparpajo. Katia tenía más de 17 años, pero fingía tener solo 15, Manuela no tenía más de 10, pero aseguraba tener 13.

Por otra parte, am­bas se odiaron a muerte.

Otra cosa: si Lito, Willy o Alex contaran esta historia, mentirían diciendo que ellos fueron los pololos de Manuela y Katia. La verdad es que ellas flirteaban con ellos, pero sólo a mí me ama­ron.

La primera vez que vimos a Katia fue una mañana al emerger de nuestro segundo baño. Era ya cerca del mediodía. Nos encontrábamos secándonos al sol cuando entre la mucha gente que venía arribando, apareció una chica de pelo castaño, vistiendo jeans y una polera que decía algo en francés. Acompañaba a un anciano calvo y flaco que se despla­zaba apoyado en un bastón. Al llegar cerca nuestro, plantó la gran sombrilla que traía al hombro y desplegó una pequeña silla de lona para el viejo. Luego de estirar su gran toalla y de quitarse los jeans, se sentó y comenzó a aplicarse crema bronceadora en los brazos, las piernas y el rostro. Al cabo de un rato, pasó rauda a nuestro lado y se zambulló sin titubear en las aguas.

Nadaba mejor que cualquiera de nosotros.

Y eso fue lo que nos subyugó a todos. La vimos llegar en unos pocos segundos hasta la mitad del río, bastante más allá de las balizas anaranjadas, donde se mantuvo luchando contra la co­rriente que, en ese punto, bien lo sabíamos, era muy poderosa. Pero, la corriente no la movió ni un centímetro. Luego de un cuarto de hora regresó, nadando con elegancia, a grandes braza­das, en un estilo crowl magnífico.

Cuando por fin emergió de las aguas y enfiló hacia nosotros, ya no era la misma. El agua que corría por su cuerpo resplandeciente la dotaba de una suerte de aureola cristalina y casi mística.

¡Una diosa, huevón! –comentó arrobado el Lito.

Nos apresuramos a encontrarla ofreciéndole nuestras toallas, lo cual rechazó con una gentil sonrisa.

Nos presentamos. Quisimos saber dónde y cómo había aprendido a nadar así. Pero, aparte de decirnos su nombre, declinó amablemente entrar en más detalles. Se excusó pretextando vol­ver a atender a su abuelo.

La vimos caminar aquellos pocos metros que la separaban del anciano dejando el rastro de sus hawaianas y de dos o tres prístinas gotas de agua en la arena. Y por supuesto, le miramos el poto que era una obra de arte sublime.

Después del almuerzo que consistía siempre en sándwiches y coca-colas, encendimos cigarri­llos. En aquel lejano entonces, grandes atletas como nosotros, no consideraban incompatible el uso del tabaco con la práctica del deporte.

Mientras sopesábamos diversas estrategias para conseguir un poco más de atención de aquella fantástica nadadora, fue que apareció Manuela. Guiaba una bicicleta muy cerca de las aguas, allí donde la arena era más firme y húmeda. Creo recordar que aquella bicicleta era muy grande, de un color verde oscuro y con la pintura un tanto desconchada. En ella la ciclista parecía más pequeña de lo que en realidad era, pedaleando de pie, subiendo y bajando rítmicamente, siguiendo un rumbo un tanto errático. Iba a volver la vista cuando de pronto, un niño que salió hacia la orilla persiguiendo su enorme pelota de playa obligó a la ciclista a hacer un brusco movimiento para no atropellarlo, maniobra que terminó con ella en el suelo arenoso y húmedo.

Salí corriendo en su auxilio. Cuando llegué a ella, ya se estaba incorporando. Le tendí la mano mientras el chiquillo causante del pequeño accidente nos miraba con su planetaria pelota en brazos.

“Estoy bien, estoy bien”, repetía. Pero yo no estaba seguro. Levanté el armatoste que conducía y comprobé que pesaba bastante. Al dar unos pasos, la chica, emitió un grito de dolor y se sentó en la arena. “Creo que me torcí el tobillo” se quejó.

Mis amigos habían llegado a la novedad. También Katia. Mas, luego de comprobar que no había gran cosa que hacer, se alejaron por la orilla charlando amigablemente; los cuatro. La oportunidad que buscábamos. Por un momento pensé en unírmeles, pero al volver la vista hacia la accidentada y ver lágrimas en sus hermosos ojos, opté por sentarme a su lado.

-“Me llamo David”- le dije.

-“Soy Manuela”- dijo, pasándome la mano. Una mano delgada y cálida que retuve un momento en la mía. Sentí como una punzada en algún lugar del pecho o del estómago. Algo raro.

-“Es un lindo nombre” – Comenté.

Me miró sin decir nada, directamente a los ojos. Y me pareció la chica más bella que había visto en toda mi vida. Era alta y bien flaca, el pelo oscuro, no negro, más bien un castaño muy oscuro. Tenía una pequeña cicatriz cerca de su ojo izquierdo, en la sien. Sus labios eran grandes y húmedos y cómo que no le iban a su rostro de rasgos delicados. Su nariz era perfecta. Quiero decir, per-fec-ta. Como aquellas que aparecían en los manuales del curso de dibujo de la Modern School que había seguido Juan Luís por correspondencia.

¿Te duele?- Le indiqué el tobillo.

Si, un poquito.

-Déjame ver –le pedí, y ella extendió su pierna hacia mí. Le quité la zapatilla y el calcetín y tomé entre mis manos su tobillo. Apreté ligeramente y se quejó. Pensé que quizás necesitaba un médico.

-Creo que se está hinchando- dije. ¿Andas sola?

- Siempre vengo a la playa sola.

Se me ocurrió la idea de llevarla a su casa. La senté en su vieja bici y para que no tuviese que pedalear, me fui caminando a un costado, llevándola. Era una bici de mujer, hubiera sido más fácil con una de hombre, pero yo ni siquiera pensaba en eso. Antes de partir les avisé a mis amigos quienes todavía conversaban con Katia quien me miró de una forma extraña y me sonrío al despedirnos.

Manuela vivía bastante lejos de allí, en la calle Carlos Andwanter, en una casa enorme de madera que olía a jengibre y a café de grano. La ayudé a subir las escaleras hasta su cuarto. Detrás nuestro subió la tía Ana y tras examinar la lesión, declaró que no le parecía nada serio, pero sólo por precaución iba a llamar al Doctor Martínez.

-¿Y este jovencito quién es?- preguntó después, como si recién me hubiera visto.

- Es David- me presentó Manuela. Es mi nuevo amigo- recalcó.

La tía Ana bajó las escaleras y al cabo de un rato volvió con galletas de jengibre y un par de tazas de té. Después nos dejó a solas.

Manuela se quitó la blusa y se quedó en camiseta. Era una camiseta calada y se le podían ver los sostenes bajo ella. De todas maneras sus pechos parecían tan pequeñitos que era como si nada. Noté que en su antebrazo izquierdo tenía una gran cicatriz.

-¿Qué te pasó ahí? Le toqué la cicatriz con un dedo.

-Ah, no. Me hice una herida una vez, respondió, no dándole importancia.

-Yo tengo un motón de cicatrices- se río- parece como si hubiera ido a la guerra.

-¿Tú no tenís?...

Pensé en mis propias cicatrices. Cada una tenía su historia. Algunas vergonzosas.

-Sí, claro que tengo.

-A ver, muéstrame una. Me exigió.

Incliné la cabeza ante ella. Pero, no entendió.

- Ya pues, me urgió.

-Pero si te estoy mostrando una- le dije, inclinando un poco más la cabeza.

-Ah, tenís una en la cabeza?... A ver… y hurgó con sus hermosas manos en la maraña de mis cabellos.

-Ah, es cierto- exclamó de pronto- aquí está, tiene la forma de un siete.

- ¿Te pusieron puntos? ¿Qué te pasó? ¿Te caíste?...

- No, no me pusieron puntos. Estaba en el campo cuando pasó. Me cayó un hierro muy grande en plena cabeza.

-¡Ay que mala suerte! ¿Y te desmayaste?

-Estuve inconciente como tres días. Cuando desperté no sabía ni quien era.

Se llevó las manos a la boca haciendo un gesto de sorpresa y conmiseración al tiempo que abría los ojos.

-¡Ay, pobre! Y me abrazó.

-Yo creo que mis viejos pensaron que me iba a morir o que no iba a despertar más. Estábamos en el campo de mi abuelo, en plena montaña, a miles de kilómetros de la civilización. No hubieran llegado conmigo a Valdivia ni en dos días. Así que no les quedó otra que rezar. El problema era que no sabían rezar.

-Tiempo después, la hija de los inquilinos, Fresia, me contó que su madre había ido a buscar una bruja y que en realidad ella fue quien me salvó.

-¡Una bruja!

-Sí, una bruja. O sea, eso es lo que me dijo la Fresia.

-¿Y tu mamá que te dijo?

-Mi mamá me dijo que después del golpe en la cabeza había quedado más inteligente.

Y cuando dije esto estábamos tan cerca que nos quedamos mirando fijamente a los ojos y después soltamos la carcajada. Nos reímos como media hora. Es decir, no podíamos parar de reír. Tratábamos, pero no podíamos.

Hasta que llegó el Dr. Martínez, seguido de la tía Ana.

-A ver… ¿dónde está la muerta?- preguntó. Al escucharlo, Manuela y yo nos quedamos mirando y estallamos nuevamente en carcajadas, aún más fuertes que antes.

El Dr. Martínez nos miraba asombrado.

-Sabía que era gracioso, pero nunca tanto- comentó. Con lo cual desató otra ola de carcajadas.

Pero la tía Ana estaba seria.

-¡Por Dios, esta niñita! A ver, ¡muéstrale tu pie al Dr.! ¿No era que tenías un esguince?

El pie de Manuela estaba moderadamente hinchado, así que el Doc lo friccionó con una crema, puso una venda elástica y dijo:

-Descansa el pie un par de días. No lo fuerces, ¿me entiendes?. Manuela asintió con la cabeza.

-¿Alguna pregunta?...

-Sí, ¿no tiene una crema que no sea tan hedionda?

- ¡Por Dios, la niñita pretenciosa!- Se escandalizó la tía Ana.

El Dr. Martínez cerró su maletín, movió la cabeza y dijo:

- Hay otra crema, pero está es la que huele mejor. Tienes suerte que haya traído ésta.

Manuela arrugó su hermosa nariz “modern school” y se despidió del Doc.

-Creo que yo también me debería ir- dije.

Ella no dijo nada. Sin embargo, creí advertir en sus ojos profundos y expresivos un tenue relámpago de decepción.

- ¿Vendrás a verme?

-¿Puedo?

- Ahora somos amigos, ¿no?

- Entonces vendré mañana.

Cuando nos despedimos me abrazó reteniéndome un momento y me besó muy cerca de la boca.

Mientras caminaba de regreso a casa, pensaba que en todo esto había algo raro. Y lo raro era que a pesar de conocerla hacía apenas algunas horas, sentía como si la hubiera conocido desde siempre. Como si la hubiera vuelto a encontrar después de una larga temporada en el limbo.

En casa seguí pensando en ella. Durante la cena seguí pensando en ella. Y luego, mientras escuchaba el radio en mi refugio del fondo del patio, seguí pensando en ella. No me la podía quitar de la mente. Y tampoco quería. Y era como una tristeza; una sensación de angustia y desolación, pero al mismo tiempo una sensación de felicidad húmeda que me desgarraba el hígado.

De semejante estado de delicuescencia vino a rescatarme Pete, El Negro, que era un tipo de modales muy refinados. Primero tocó la puerta con la cola para después asomar su delicado hocico, excusándose por molestar. Lo invité a pasar, agasajándolo con un par de galletas, las que devoró minuciosamente. Luego de cerciorarse de no haber desperdiciado ni la más diminuta migaja, procedió a agradecerme con un lengüetazo en plena cara. Luego se me quedó mirando.Tras su antifaz de caco ardían dos llamitas que me interrogaban, como si dijeran “¿qué te pasa, huevón?”

Por aquellos años, yo era un gran lector y siempre tenía a mano algún libro magnífico. Mi pasión era leer ciencia ficción, así que normalmente tenía algún tomo de la colección Nebulae o Minotauro. Esta pasión era clandestina, puesto que mis padres temían que la lectura de libros como Las arenas de marte o El planeta errante me “sorbieran el seso” o sea, que terminara más loco de lo que ellos sospechaban que ya era. He ahí una de las poderosas razones para mi huida al fondo del patio y la construcción allí de mi “bunker”. Mi padre dio su autorización con la secreta esperanza de que ello fuera un capricho momentáneo o que yo desistiera del propósito al enfrentarme con las dificultades de transformar aquella leñera en desuso en mi “espacio”. Se equivocó, por supuesto. En parte porque no compartíamos los mismos conceptos estéticos, en parte porque nuestra idea de la “comodidad” tampoco coincidía. Lo que es mi madre nunca se aventuró a entrar en lo que ella llamaba mi “covacha” y mi padre, cuando comprobó que yo había evacuado todas mis bienes del dormitorio que compartía con Juan Luis, sólo comentó: “ Te vas a cagar del frío”.

De manera que allí, en mi covacha yo leía, dormía y soñaba. Aparte de realizar mis tareas y estudiar un poco.

Probablemente eran ya como las nueve mientras trataba de retomar la lectura de una revista en la que no podía concentrarme porque, ya saben, se interponía el rostro de Manuela y me acordaba de todo lo que nos habíamos reido aquella tarde. Probablemente eran las nueve y hacía calor y todavía estaba claro. O quizás era más tarde cuando comenzó a parpadear la lamparita de 12 volt que tenía junto a la cama. Era el timbre silencioso que yo había instalado y de cuya existencia sólo sabían mis amigos. Así que supe de inmediato que afuera en la calle estaba el Alex, o el Willy o Lito o cualquier combinación de ellos. Y, mediante otro sofisticado mecanismo de mi invención, desactivé a distancia el pestillo del portón.

Apareció Alex.

Sunday, October 29, 2006

Sueños

Tuve un sueño
y en el sueño estabas tú.
Claro que tú no eras tú.
En el sueño eras hermosa,
con esa hermosura perfecta de las pesadillas
de las que duele despertar
y que nos dejan mal parados en la realidad.
Es cierto que tú eres hermosa;
no se puede decir lo contrario,
pero tu hermosura es real
y, por lo tanto, no más que una pobre convención humana.
Eres humana
y por eso sé que nuestro amor
no es eterno.
Tampoco yo estoy a la altura de tus sueños,
en los cuales siempre poseo atributos exorbitantes.
En el reparto figuro nada menos que como tu alma gemela.
Es decir, algo francamente monstruoso.
Pero en mi sueño de algún modo estabas tú.
Y todo lo que hacías me placía locamente
porque te amaba como nunca he amado en esta vida;
como nunca seré capaz de amar.
Porque en el reducto inconmensurable del sueño
vivíamos en una libertad vertiginosa
donde todo era posible
y todo, perfecto.
Aquella pasión no sería posible en la vigilia;
aquella ternura nos haría explotar como animales en el espacio sideral.
Así que ingrávidos en el sueño, vagábamos
ajenos a toda responsabilidad.
Presos de una peligrosa tendencia al asesinato.
Tu me ahogabas con una ternura infinita
arrasándome como un magma ígneo
en tanto mis cenizas oscurecían el cielo.
Yo te abrazaba hasta que no eras más que la cola dorada de un cometa
o el aire perfumado de un amanecer en el jurásico.
Nos disolvíamos sin dejar huellas
en aquel crimen perfecto que era nuestro amor.

Thursday, August 31, 2006

Como el ritmo del tren

Esta es una traducción del poema "Like the train´s beat" de Philip Larkin que me ha dado considerable trabajo. Sin duda, se cumple aquí el fatal designio del propio Larkin quien juzgaba imposible la traducción de un poema. Pero yo soy esencialmente porfiado y, me acojo, por último, a la idea de que una traducción es, mal que bien, una versión, una interpretación, un ejercicio creativo. El poema pertenece al primer libro de Larkin The North Ship que ya casi he terminado de trasladar al castellano.
Sería muy estimulante leer sus opiniones


Como el ritmo del tren
El rápido lenguaje agita los labios
De la aeromoza polaca en el asiento del rincón
El parpadeante sol
Enciende sus pestañas,
Recorta la definida vivacidad de sus huesos.
El pelo salvaje y controlado, cayéndole hacia atrás.
El gesticular de su charla extranjera,
Como los robles ingleses
Que pasan veloces por la ventana,

El tren rueda por zonas baldías
De ciudades. Aún las millas superadas
Se diversifican detrás de su rostro.
Y todo humano interés
Cae ante su belleza angulosa,
Como las arremolinadas notas que se aprietan
En la garganta de un pájaro, emitiendo sinsentidos
a través de los cielos escritos; una voz
regando un sitio de piedra.

Monday, August 21, 2006

Magallanes

“Mucho me temo que ya no podré hablar seriamente de nada. Mi alma cree en algo que mi razón se ve obligada a negar”

Yo, Otro
Imre Kértész



Alrededor de las 10 PM del 7 de Abril de 1978, el teniente Abelardo Martínez Pesutic se encontraba cumpliendo funciones como comandante de una patrulla de vigilancia motorizada perteneciente al regimiento Coraceros, en la austral ciudad de Santa María. Todo había resultado normal hasta ese momento, y nada presagiaba un cambio en la paz con que se había desarrollado su trabajo. Sin embargo, sintió hambre y cansancio mientras circulaba por las húmedas calles de la ciudad. Pronto entregaría la guardia y eso lo consolaba. Uno de los conscriptos le pidió un cigarrillo y mientras sacaba uno para sí y le alargaba el paquete, comenzó a sentirse vagamente triste. Mas tarde, mientras el vehículo rodaba lentamente por avenida Picarte, mirando sin ver los escaparates iluminados con sus fantasmales luces de neón, fue que lo acometió un impulso irresistible de llorar. Sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas y que estas comenzaban a rodar por sus mejillas. El cabo que conducía el jeep lo miraba por el rabillo del ojo de modo que se volvió hacia la ventanilla y vio sus rostro reflejado contra la noche. Aspiró profundamente el humo de su “advance” al tiempo que buscaba algunos pañuelos desechables en la guantera. Se sonó las narices y enjugó las abundantes lágrimas. En ese momento el conductor le preguntó si se sentía bien. Contestó que sí. El humo se le había metido en los ojos, mintió.
-¿Qué está quemando, mi teniente? – bromeó el cabo.
-“Advances”- dijo y sintió como un nudo en la garganta.
-pero esos son suavecitos, ¿no?-
- Sí, bajos índices. No soy bueno para el tabaco- se defendió, mientras sentía que iba a estallar en llanto como si acabara de hacer una penosa confesión.
-¿Sigo por la costanera, mi teniente?
-Sí, sí- se escuchó musitar.
El soldado tomó la amplia avenida que bordeaba el río. Algunas parejas de enamorados permanecían abrazados en los bancos de piedra; otros caminaban lentamente tomados de la mano. Una lancha surcaba las oscuras aguas entre la neblina que ya comenzaba a borrar la orilla opuesta.
El teniente Martínez se sentía cada vez más triste y asustado. Y por más que se esforzaba, no lograba comprender la razón de aquella súbita tristeza. No era hombre dado a las depresiones, sino más bien de un talante equilibrado; hasta jovial a veces. De hecho, no recordaba haber llorado desde el fusilamiento de su hermana Claudia, y de ello hacía ya cinco años. Aquella vez sí se le escaparon un par de lágrimas en el momento en que reconoció el cadáver lacerado en la morgue del Instituto Médico Legal.
Debía tratar de sobreponerse. Esto era completamente absurdo.
Haciendo un esfuerzo enorme forzó una sonrisa y dijo a sus hombres:
“Muy bien, soldados, vamos a dar una caminata por la costanera.”
El conductor detuvo el jeep y los soldados descendieron con cierta reticencia. Se quedaron mirando a Martínez en espera de sus órdenes.
Pero Martínez había perdido el don de mando. De hecho, parecía otra persona. Sus ojos anegados en lágrimas miraban ya sin la acostumbrada dureza, mientras que un temblor sacudía su barbilla y sus manos.
¿Está enfermo mi teniente? ¿Quiere que lo llevemos a la enfermería? –preguntó uno de los soldados.
No, no, soldados. Déjenme solo. ¡No sé que mierda me pasa!
-Pero mi teniente, usted se ve muy mal –protestó el conductor- déjenos llevarlo para ver si le dan un calmante o algo.
-No, muchachos, no- dijo todavía débilmente Martínez.
-Regresen ustedes. Déjenme aquí.
-No podemos, mi teniente. ¿Cómo cree que vamos a explicar esto?
-¡Les ordeno que se marchen!- gritó Martínez, mientras una gran convulsión lo sacudía.
-No, pues, mi teniente- protestaron todavía los jóvenes- no podemos ni queremos dejarlo aquí.
Entonces Martínez se llevó la mano a la cartuchera y extrajo su pistola de servicio. Mientras les apuntaba con mano temblorosa gritó, más bien rogó, dolorosamente:
¡Obedezcan, mierda!
Los soldados retrocedieron mientras miraban incrédulos cómo lo sacudían los sollozos. Uno a uno fueron trepando al vehículo y al cabo de un momento se pusieron en marcha.
Martínez dejó caer su arma sobre la hierba y se permaneció allí un momento como desorientado. Luego se encaminó tambaleante hacia un pequeño muelle al que se encontraba atado un bote. Se sentó en los últimos peldaños, casi al borde de las aguas y dejó que sus lágrimas lo desgarraran. Un par de cuervos marinos pasaron sobre él graznando soñolientos. Una densa nube pareció estacionarse en lo alto cubriendo la gran luna de Abril. A esa hora, los amantes se recogían a su casas. Las ratas asomaban sus ojos brillantes en los ductos. La marea crecía. Un ligero viento adormecía los árboles cercanos.
Y Martínez lloraba.
Nadie sabe cuanto tiempo permaneció así. Y al momento de reconstituir las acciones, hay quienes plantean que ello es irrelevante. Se cree, sin embargo, que al recuperar un poco la calma y levantar la vista, Martínez se encontró con que alguien más se encontraba en aquel lugar.
Se encontraba sentada en el bote. Era una chica. Vestía unos jeans gastados y un pulóver muy grande. Era hermosa y lo miraba aparentando cierta inquietud.
¿Qué haces usted ahí?- preguntó sobresaltado el teniente.
Nada. Es mi bote.
¿Sí? Y qué mira?
Pensé que te ibas a tirar al río.

¿No lo harás?
Es posible que sostuvieran este diálogo, quizás no exactamente así, pero algo por el estilo, o quizás no hablaron y nada más se entendieron mirándose.
Porque es, precisamenete aquí donde la historia se desperfila, perdiéndose en un final que, de cualquier modo no es feliz. Las versiones difieren y todo se vuelve muy confuso. Ciertos testigos afirman haber visto a Martínez abordando una embarcación. Otros, aseveran que Martínez simplemente se tiró a las aguas desde algún punto de la extensa costanera. Hay quienes lo vieron saltar desde el puente. Sin mencionar a aquellos que aseguran haberlo visto en compañía de una hermosa joven en una de las tabernas del puerto. Sin embargo, lo único cierto es que aquella noche se pierde su pista y que inmediatamente fue ordenada su búsqueda tanto a la policía como al propio ejército. Tiempo después se abriría un juicio al cual comparecieron en calidad de primeros sospechosos sus atribulados hombres. No obstante, se estableció que no mentían y en consecuencia, la imposibilidad de que ellos fueran los responsables de su desaparición.
Pero yo, antes y mejor que nadie, lo sabía, y ello, no porque me encuentre dotado del inverosímil don de la omnisciencia, sino porque ha llegado hasta mí un documento irrefutable. La historia de su hallazgo, sin embargo, atenta gravemente contra el terso desarrollo de los acontecimientos, de modo que, apelando a la benevolencia y a la confianza del lector, la pasaré por alto.
La verdad es que en algún momento Martínez aborda la embarcación de la muchacha. El llanto ha cesado casi por completo y comienza a invadirle una sensación de paz. La compañía silenciosa de la chica que rema con gran habilidad, le produce una emoción hasta entonces olvidada. Se siente protegido y sereno. La quietud de la noche y el suave vaivén de las aguas lo adormecen, meciéndole dulcemente. Martínez vuelve a ser un niño remontando las aguas del Nilo. Vuelve a soñarse inocente y sagrado. Vuelve a sentirse parte de la noche y del universo. Siente el olvido de quien ha sido; siente su humanidad formando parte del agua y del aire nocturno y, siente, de pronto que ama a Dios y a todas las criaturas vivientes: celestes o terrenales. Siente, en fin, que es la materia viva de un milagro.
Mientras tanto una densa niebla ha terminado por abarcarlo todo. El bote avanza entre densos girones blancos y húmedos, mientras a la distancia, una difusa aureola establece los límites de la urbe.
De pronto, una sombra se abate sobre ellos y tras un nervioso aleteo, termina posándose sobre la proa. El ave nocturna le mira y a Martínez le parece que aquellos ojos tienen algo de humano. Acaso en ese momento piense también que quizás se esté volviendo loco. Entonces se echa sobre el fondo del bote y ayudándose con una pequeña linterna a pilas escribe una carta o un poema o ambas cosas. El destinatario es ambiguo. A veces ocupa este lugar una mujer, Lina o Rina -la escritura es temblorosa-; a veces son sus compañeros de armas o de colegio; a veces el propio general Pinochet. Cuando cree haberla terminado el bote ha encallado en un pequeño islote. O quizás se ve obligado a terminarla precisamente por el brusco golpe del bote al encallar. No lo sabremos nunca. En cualquier caso, la última palabra que alcanzó a escribir es: “Magallanes”.
Al principio, los detectives que hallaron su cuerpo guardaron silencio obligados por la investigación en curso. Más tarde, sin embargo, el inspector Belarmino Pedrotti me confesó que entre los misterios no resueltos se encontraba el hecho de que en realidad se hallaron dos cuerpos, el del infortunado teniente y el de una mujer joven cuya data de muerte era imprecisa. Difícil de explicar también de qué manera Martínez pudo llegar hasta el lugar donde fue encontrado sin el concurso de alguna embarcación, puesto que lo único que fue hallado en la ribera fueron los restos podridos de un bote a remos. Pedrotti me señaló que se descartaba por imposible el hecho de que Martínez se halla desplazado hasta allí en aquel bote. La madera para podrirse necesita un largo período de tiempo. De acuerdo a nuestros peritajes, afirmó Pedrotti, no tenemos dudas de que la mujer pueda haber llegado en dicha embarcación, pero no el teniente. Otra pista que estamos siguiendo es el de unas llamadas hechas por el occiso el día anterior a su desaparición. “Mire”. Pedrotti me alargó una hoja mecanografiada con una lista de nombres y sus respectivos teléfonos.
Hay algo que el diligente inspector todavía no sabía o prefirió ignorar. Y es que, a pesar de que no figuraba mi verdadero nombre, él último de aquellos teléfonos era el mío.
Tal vez él único que contestó aquellas llamadas.
¿Cuánto tardará el buen inspector en hacerme preguntas que no sabré cómo responder?



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Saturday, August 19, 2006

Crónicas de la segunda muerte

Este conjunto obtuvo el Primer Premio del Concurso de Poesía Universitaria "Apollinaire" organizado por el Grupo Palas y la Universidad Federico Santa María de Valparaíso en el año 1984. Nunca fue publicado como tal. Los poemas que figuran en ZONA TRANSITIVA fueron escritos basándose en éstos y, en rigor, constituyen textos distintos. Sin embargo, con Pedro Jara, el editor de Caballo de Proa, creímos oportuno, publicar este último conjunto como los poemas ganadores del concurso, lo que, de una forma muy mediata, es cierto.

_____________________________________________________
CRÓNICAS DE LA SEGUNDA MUERTE
_____________________________________________________
1979 – 1984

David Miralles




“Timidis autem, et incredulis,
Et execratis, et homicides, et
Fornicatoribus, et veneficis,
Et idolatris, et omnibus
Mendacibus, pars illorum erit
In stagno ardenti igne, et
Sulphure: quod est mors secunda.”

Apocalypsis de San Juan.
Versículo 8, Capítulo XXI.



Para Juan Luis
En su segunda muerte



1

ULTIMA PÁGINA



Fogatas sobre la tierra aniquilada.
Después de un siglo la luz de los campamentos permanece
Y en el riesgo se descubren gestos todavía hermosos.
Humedad sin límites.
Mientras aplican la ley de la gravitación universal.

Solíamos vagar en la frescura de aquel parque.
Guardo las imágenes:
La luz entre las hojas a punto de caer.
La luz consumiendo ese momento.

Hace un siglo se promulgaron leyes contra ti.
Leyes naturales:
Frío durable.
Pero nos fabricamos un rostro de cartón:
Una máscara de guerra.
El miedo nos cambiaba.
-in god we've trust, but god was gringo-
Y seguíamos allí,
golpeados por el agua salada,
arrojados a la costa por las olas del pacífico.
-Podría recordar todos los detalles con una regresión-
Nombres famosos envueltos en el cielo agonizante,
Manos sangrientas desfalleciendo cerca de tus rododendros.
Odio suficiente para vencer la gravedad.


PARAÍSO PERDIDO

Las paredes destruídas de nuestro paraíso:
El bronce, el hierro, el oro viejo.
Angeles y policías:
Seres absolutos contra imágenes de barro.
Nuestra metamorfosis:
Primero, nos arrastraron sobre el polvo
hasta el borde de las aguas donde terminaba el mundo.
Estas aguas eran rojas y extensas y el espíritu sobrevolaba sobre ellas.
Luego, la prohibición de nuestro calendario.

Las escenas pudieron transcurrir
en las instalaciones de un campo deportivo
o en la dudosa intimidad de un baño público.
Reflectores, electroshocks, circuitos cerrados.
Protagonistas, los hijos del Gran Khan.
Antagonistas, los hombres del Mesías.
Que los pensamientos caigan.
Que los pájaros desde Tierra del Fuego
traigan sus mensajes.
Otro amanecer menos intenso.
Todo marcha bien, leémos.

Los campos anegados. Los campos rojos
El sueño sobresaltado de las masas.
Alguien sin facciones se arrastra hasta el banquillo
donde los jueces excrutan la verdad;
donde administran mortales fantasías.

Roto lo inefable, lo profundo del bosque, el canto,
la tierra flota indefensa
en el espacio perverso, sin extremos norte o sur.

Caminando en círculos,
linternas en las manos.
El viento enrojecido por los arenales pasa
y tiembla el corazón de acero y plexiglass.
Se desgasta el mecanismo del viento
Las siluetas en los parques no se hablan.
Sombras en los muros de cartón.
sobre la tierra envilecida.
El bronce, el hierro
de los guardias en los prados de la ciudad
El polvo que oculta los miembros,
las raíces que tampoco explican nada.
Alguien llora entre las grietas,
pero aún se duda de las almas.


3.

MEDITACION EN FUGA.

Me despido de las nubes
que dormitan sobre la ciudad caída,
reflejadas contra el vientre
de los charcos abiertos por la lluvia.

Un odio antiguo se alza desde el sueño.

Mis recuerdos:
las bestiales escenas de un amor de juventud.
El tono bronceado de tu piel.
Las manos abiertas para el hierro del verdugo.

Pienso en líquenes.
En formas imprecisas,
indicios de un naufragio
que olvidábamos.
En unas flores agonizantes sobre la mesa.
En esa fotografía en que aparecemos seguros,
trasfondo de cielos abiertos,
abrazados a esa nada.
Exhalando un anacrónico aspecto de felicidad.

4

COMEDIA PARA UNOS

Ancianos inmóviles en la plaza
Bajo el follaje chamuscado
por los 200 watts de la lámpara solar.
Han desaparecido los muchachos;
las chicas del colegio cercano.
Los pájaros trepan hacia las altas ramas
hacia la claridad artificial del paraíso
donde habría que cantar.

Pero es la estampa de la muerte.

Hundidos en nuestras habitaciones
como elegantes cadáveres
esperando el cambio de estación.
Sin probar bocado.
Sin levantar el teléfono.
Sin extrañarnos del silencio.

Quizás el agua habría purificado vuestro cuerpo.
El más bello del mercado.
Sin embargo, tras un grito de agonía,
surgías de nuevo en las pantallas
mientras el miedo se apoderaba de nosotros,
protegiéndonos.
Imaginábamos ventanas que daban al futuro,
pero sólo era el cansancio o la locura.

“Nos hemos salvado” – explicabas-
Pero cerca de la frontera de nuestra habitación
Se extendía el caos.
Todavía los ojos alertas sobre la plaza
donde los ancianos terminaban con la luz.


5

GRAFITTI

Escribir una palabra
i soportar el peso de las sombras.
La inscripción de sol
Sobre las piedras húmedas.
Sufrir una débil palabra esperanza
Flotando en el foso entre las hojas muertas.
Fluir en la corriente temblorosa
De unos ojos inútilmente abiertos.
Escribir la palabra imposible
En noche oscura.
Arrancar una certeza
Desde la tierra envilecida
Por los pasos enemigos.
Escribir una última palabra
En las murallas.
Estos versos de piedra
En el granito
Entre las sombras de basalto
Para avergonzarlos.


6

RETRATO VENCIDO

Escuché tus pasos abandonar el universo.
Querías desnudarte en la cama natal.
Abandonar las calles.
El cansancio de caer un poco más
cada mañana.
Te lo negaron.

Escuché las trompetas de tu juicio.
El viento en Nueva York,
El viento ardiente
o el viento congelado
arrastrando partículas de odio.
Tus palabras desnudas
que no pudieron llegar
hasta sus puertos de papel,
te condenaban.

Afuera está lloviendo hace años
y en el aire fluyen pestilencias
mientras suenan las sirenas de los barcos
como en alguna fantasía.
Como sonaba ya tu hora y estabas lejos,
oscurecíendo otras páginas,
pero nunca lejos del dolor.

Ahora la lluvia te toma por los hombros
y te confunde con el barro.
La muerte puede ser esa paloma que abre los brazos
bajo el estrecho cielo de las torres de la quinta avenida.
Mientras, la fiebre dorada te estremece
fingiendo que te ama.
Y tú le crees.
Tú, como siempre, le crees.

7

DE PERFIL

“Con la frente en el vidrio
Velamos el nuevo dolor”

Odiseo Elytis

Un vendaval de pájaros oscurece nuestra historia.

Vestías una blusa azul
y llevabas tu desconsuelo gris.
También la mañana con su roñosa luz
al salir
sin mirar atrás.

El día que te fuiste,
tus pasos se perdieron en el frío y en la bruma
en las calles de otra vida de la que nada supe.
Tu cuerpo despertó de pronto en el autobús,
entre los tuyos.
Se dirigía por calles desgarradas,
avanzando entre el dolor de un nuevo día.
Y la emoción, el presentimiento
de algo nuevo y definitivo.
Tal vez un encuentro con Dios en los suburbios.
En cambio, en el sitio del suceso
encontraste tu cara
en una vitrina de calle Concepción.
Estabas desnuda y dolías
apoyando tu frente en el vidrio helado que te exhibía.
Y llorabas.
Mientras yo soñaba con acercarme
con las manos vacías.

Friday, August 18, 2006

Ventana trasera


Este poema lo escribí probablemente a principios de los ochenta. Nunca lo leí en recital alguno, a pesar que en ese tiempo hacíamos muchos. (Este fue el período de mayor actividad del grupo Indice). ¿Por qué?… Tal vez porque se me antojaba demasiado íntimo y sentía pudor. Ahora, sin embargo, es el poema de otro… y cometo la impudicia de develarlo, primero ante mí y, luego, ante los demás.




Quizás nuestra locura nos hizo sobrevivir a ratos.
Tras el muro que contenía nuestra niñez
Y ocultaba nuestro juego inocente con cuentas de colores
esa perversidad innata nos llevó derecho
A las flores más vivaces y fragantes.
Aquellas que cortaste para mí
Mientras pasaba el último tren en el atardecer
En el fondo del patio.
Aquellas flores que cortaste para mí
Y que yo ahora recuerdo en esta desteñida hoja de bitácora.
Quisiera oler una vez más la profundidad de tus cabellos
En ese secreto triangulo del patio
En que desapareció nuestra inocencia.
Tanto amor verdadero
Perdido a tan temprana edad.
Las mejores emociones despilfarradas
Al paso de las primeras estaciones.
Estoy de nuevo en esta ventana
Que sólo tú y yo recordaremos
Mirando las colinas
Por las que solíamos vagar
Mientras pensábamos en el futuro.
No éste sin duda, sino otro
Más venturoso y mágico
Que el que hicimos separados.


Ahora somos mayores
Y tú sabes que es cruel.

Poemas antiguos

Estos poemas fueron escritos en algún momento de la primavera del año 1976 del siglo pasado, siendo yo un muchacho de 17 años. Son, ciertamente mis primeros poemas. Con este conjunto, que aquí no está completo, al año siguiente saqué una mención, junto a Clemente Riedemann, en el Concurso de la Semana Valdiviana. El primer premio lo obtuvo un estudiante de Castellano de apellido Báez con un trabajo llamado "Material de demolición". Se dice que algunos de estos textos fueron posteriormente publicados en el suplemento literario del El Mercurio. Si alguna vez tuviese el tiempo y la paciencia, supongo que debría ir a la Biblioteca Nacional de Chile para comprobarlo. Mi tío Francisco, que vive en el Paraguay desde antes del golpe, me aseguró una vez haberlos leído en un ejemplar de Artes y Letras en la legación chilena en Asunción.
Le creo.



GESTO EN SOL MAYOR
1

Estoy en los suburbios de mi mente
Tal vez porque visto la penumbra
Que ayer me regalaste.
Miro la mierda en las cornizas
Y en la destrucción que ofrezco a los turistas
Pongo un soplo de belleza inenarrable.
Tomo el cuchillo
Lo hundo en el pudor de la mantequilla
Lo esparzo con rudeza sobre el pan
(un pan desacostumbradamente huraño)
Y lo deposito con dulzura
Entre el viril ejército de mis dientes.
Ya satisfecho
Desaparezco
Con una carcajada.

2

Flor que vives de noche
Flor que sufres por mí
Flor apetecible
Flor monopeduncular
¡Llora!
Así tendrás hojas de un lujo exótico
Crearás algo tremendamente bello:
Una lágrima.
No todos son capaces
De hacer un poema tan perfecto,
Tan poderoso e inhumano.
A nosotros se nos prohibe llorar…


3

Yo soy yo
El mismo que me presentaron
Cierta tarde bajo una estrella en bancarrota
Yo soy yo
Y no ansío ser un gusano más pequeño
Ni quiero ver más soles de los que pueda digerir
Ni deseo acostarme con nadie que no sea yo
Yo soy él
Semejante al que dormía bajo el aire
Aquella tarde añeja
Vacía de estertores
Yo soy él
De quien hablaban
En el antiguo y futuro testamento
Bebí junto a Yavéh durante aquellas tardes
Perfectamente vácuas
Alrededor de 100 botellas de cocacola
Y engullí sin amedrentarme
Más de 30 hot dogs
Dejándolo asombrado
Yo soy yo
Efluvio incontenible
Yo soy yo
Indefinible
Yo
Mi
Él.

4.

Deambulo en el abismo
Y miro con fiereza
La huelga de los astros
Todo está yerto, invisible y yerto
Mis manos se han autoatado
A mis espaldas.
He quedado abandonado en la inmortalidad
He persistido a las estrellas
Tan intraducible como el silencio
Sólo yo conservo la luz, la tierra
Y la fórmula del hombre
En alguna caverna abstrusa de mi alma
Sólo yo que he tragado el universo
Soy responsable de este todo
Que es nada.

Sunday, August 13, 2006

Mustang


"A Amado Lascar, compañero en una encrucijada de la vida y a quien temo haber herido una vez sin saber que era a mí a quien hería"

Literatura. Eso era lo que hacíamos. Aunque no lo supiéramos y ni siquiera lo sospecháramos. Tardaríamos largos años en darnos cuenta que abandonando los límites del papel impreso en que pugnaban por encerrarnos nuestros queridos maestros, seríamos más libres y volveríamos a aquella indocumentada experiencia que fue la nuestra. Com­prenderíamos que todo partió desde allí, porque ese allí, contra toda evidencia, era lu­mi­noso.

Tanto que nos cegaba.

Allí era lo concreto, lo básico, lo animal que nos habitara y habitáramos.

Pero descender a la más prosaica realidad no es tarea fácil. A no ser que se tenga la costumbre, creada y fomentada por la escuela pública, de confundir la realidad con las rústicas pinturas que de ella nos presentan los maestros.

La siguiente memoria se apega estrechamente a los hechos y, sin embargo, su realismo resulta chocante y aún perverso.

Recuerdo que volvíamos de cenar en casa de Lula Pastorino y, por alguna extraña razón, mi organismo se encontraba en un estado que, a falta de un mejor nombre, po­dríamos denominar “Alpha”. Me sentía raro. Miraba la silueta fina y estilizada de Yumika y una emoción poderosa y tierna in­vadía mi extraño cerebro. Era deseo, pero era algo más. Al­go que florecía en mi interior exacerbando mis instintos; situándolos en la superficie de mi ser. Algo que al mismo tiempo me llenaba de felicidad y de temor. Una energía que brotaba a raudales desde el mero centro de mi cuerpo.

Le pedí a Yumika que detuviera el coche.

Era noche cerrada. El viento deambulaba por las calles de la ciudad agitando pesados letreros o encumbrando alguna sucia hoja de periódico. A la distancia, la sirena de la policía y los ruidos cansados de un tren de carga.

No, no había estrellas.

En cambio un zumbido eléctrico emanaba desde las profundidades urbanas.

Ella me miraba con inocente pasión, con una dulzura grave y directa.

Me estremecí.

Cualquier palabra lo hubiera arruinado todo.

Atraje su cuerpo trémulo hacia mí y nos abrazamos. Sentía una emoción que ex­cedía los límites de mi cuerpo y parecía querer conectarme con el frescor de la ma­dru­gada, disol­viéndome en el viento, en finas partículas de felicidad.

Lloraba. Sin comprenderlo, lloraba a mares. Como no era un héroe, lloraba. Como era un simple mortal, no estaba pre­pa­rado para la felicidad. Y ella en perfecta sincronía, lloraba conmigo.

Allí en la perfecta soledad de una calle de las afueras de Jonesville, en el interior de un viejo Ford Mustang, nos amamos hasta bien entrada la madrugada.

Con las primeras luces del alba, sin embargo, el efecto pareció desvanecerse y volví a ser el mismo gran hijodeputa de siempre. Frío, calculador y egoísta. Rasgos que se me an­toja­ban virtudes antes que defectos.

Ocupé mi lugar tras el volante y encendí el poderoso V8 de mi Mustang. De reojo contemplé a Yumika que trataba de alisar su breve vestido de seda negro. Su cabello oscuro y lacio estaba húmedo y le caía desordenado sobre el rostro. Parecía fatigada tras el esfuerzo desplegado luego de una noche de amor desenfrenado.

Era una hermosa japonesa de unos 26 años. Hablaba perfectamente el inglés y el español. Lenguas que dominaba mejor que su lengua nativa, según propia confesión.

Sin duda exageraba.

Prendí un cigarrillo y me dirigí hacia la carretera 126. El aire de la mañana era es­pléndido. Frío y tonificante. El cielo estaba nublado y un tanto tormentoso. Lo que ver­daderamente me complacía.

De pronto Yumika me tocó amorosamente el brazo.

- Si no te importa, quisiera volver a mi casa-me dijo.

Sin mirarla detuve el coche y me incliné sobre ella para abrirle la portezuela.

- No hay problema- le dije. Eres libre.

Se quedó sentada sin mover un músculo lo que, me imagino, era su insignificante manera de demostrar enfado. La miraba de reojo y, cada vez más, comenzaba a recordarme a Ma­hatma Gandhi.

-Es un día perfecto para ir a la costa- le dije.

-…

-Es un día perfecto para ir a la costa- repetí.

-…

Como al parecer había decido ignorarme, tuve que cambiar de estrategia.

-Cariño-le dije- ¿puedes pasarme la pistola que está en la guantera?

-…

-Es que estoy planeando pegarle un tiro a alguien, ¿sabes?

La vi abrir la guantera y tras comprobar que efectivamente allí dormía plácida­mente una magnun, la cerró de golpe como si en su lugar hubiese habido una serpiente.

-Supongo que tampoco quieres darme la pistola, ¿verdad, mi amor?

-…

-Si no quieres dármela está bien, la tomaré yo mismo. Diciendo lo cual me incliné hacia su costado y abrí nuevamente la guantera sacando la magnum. Pero en ese mo­mento Yumika realizó una absurda y desesperada maniobra intentando coger el volante. El brusco movimiento me sacó del asfalto y tras derrapar algunos metros por una pen­diente el coche fue a chocar contra un árbol.

Creo que perdí los sentidos un breve instante. Al recuperarme, comprobé que el árbol crecía al borde de una profunda quebrada. El coche se balanceaba peligrosamente en el vacío. Una de las ramas se había incrustado en el costado derecho de la carrocería. Yumika yacía inconsciente o muerta.

Fue cuando intentaba incorporarme que perdí nuevamente la conciencia.

Lo anterior lo recuerdo como un sueño, es cierto. Como una pesadilla que se re­cuerda sin estar del todo seguro de que haya sido tal. Por mi parte, yo creo que todo fue real. Muchas personas, sin embargo, se han encargado de mostrarme y demostrarme que todo ha sido producto de mi febril imaginación.

Cuando por fin recuperé la conciencia estaba sólo, tendido en el terreno un tanto ríspido de aquella ladera. El mustang había desaparecido y no había seña alguna de Yu­mika. Era un mediodía soleado y ventoso. Me dolía terriblemente un brazo y me sentía mareado. Me incorporé y me acerqué al borde de la quebrada. Nada pude distinguir. Si el coche había caído era probable que se encontrara en el fondo del precipicio. Allá abajo, sin embargo, sólo se veía una densa capa de vegetación.

¿O había venido alguien en nuestro auxilio llevándose el coche y a Yumika? Ello parecía probable, puesto que yo mismo me encontraba tendido sobre el suelo a varios metros del accidente. Sin embargo, ¿por que se decidió dejarme allí y no rescatarme?

Algo más: el árbol que detuvo al mustang había desaparecido. Por más que exa­miné el terreno buscando las huellas de donde supuestamente estuvieron sus raíces, no pude encontrar nada. El terreno simplemente no parecía haber sido removido nunca.

– Nunca tuviste un mustang- me aseguró tiempo después David.

– Y que yo sepa, nunca estuviste en Jonesville.

Sentí terror de preguntarle por Yumika.



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Friday, July 28, 2006

El doctor cierra los ojos

El doctor cierra los ojos.
Sabe que atraviesa por un campo minado.
Se da cuenta que los demonios que enfrenta son poderosos.
Honestamente
no hay nada más ridículo
que este señor que cierra los ojos
y cruza las manos
buscando inspiración
como un sacerdote en denim y mocasines.
Cuando por fin habla,
su voz ya no es su voz
y su cara resplandece
con la más falsa de las sonrisas.
“Muy bien” – dice mientras levanta el fono
y aprieta el botón
que abre las compuertas del limbo.

Dos ángeles te esperan
y no te sonríen.


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Desaprender los códigos

Desaprender los códigos
y yacer en las arenas
perfeccionando falsos gestos de alegría
para entrar en muchedumbres
vacío y sediento.
Temor de que se note
la mirada desolada de mi estirpe.
No convencido de nada
ni entregado a nada
yacer entre la maleza
sintiendo el aroma despreciado del espino.
Desconocer mi nombre
y olvidar mis huellas
que en cualquier caso
la memoria falsearía.
Esto que nos pasa
es horrible
pero estamos contentos.
Si despertara en vos,
ciudadana en la corniza,
los labios fríos
como el agua de un pozo.
Si temblaramos a punto de ser identificados
y entonces nos durmiéramos en piedra
como dos signos calcinados en el basalto
que los sabios del futuro no sabrán interpretar;
que los salvajes del futuro contemplarán asombrados.

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Ya que he decidido ignorar

Ya que he decidido ignorar
las siniestras huellas del destino
quisiera recuperar al menos
el don de las lágrimas.
Y mientras espero el autobus
que ha de internarme por barrios
y plazoletas delirantes,
sentir el dolor fluyendo
como una esperma cristalina e infecunda.
Todavía hay aire suficiente
entre el narcotizante hedor de la gasolina
y las partículas de plomo
suspendidas -sabrá el demonio cómo-
en la atmósfera.
La atmósfera de esta pasión
que es también un veneno
en que flotamos amoratados,
abiertos los ojos inútiles,
por el sólo capricho de estar vivos;
dolientes y orgullosos
como un cardo entre las vías
del tren expreso a la nostalgia.

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Recuerdo aquella vez

Recuerdo aquella vez
en que, desesperado,
me trepaba por las paredes
pensando que nunca podría escapar
de aquella estación abandonada.
Recuerdo claramente la ninguna esperanza
y la respiración acesante de la nada
imaginando que tal vez así sería
el momento justo antes de la muerte
cuando todo fuera supremo
y la belleza de estar vivo
te quemara como un hierro las entrañas.
Te quemara como un hierro
y demasiado tarde
entendieras.

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Sunday, July 16, 2006

LORD BANANA



"Cuando se cuenta un cuento, debe haber alguien que lo escuche; y por poco que el cuento dure, es raro que quien lo cuenta no se vea inte­rrumpido algunas veces por su auditor. He aquí porqué he in­troducido en el relato que se va a leer, y que no es un cuento, o que es un mal cuento, por si tuvieran dudas, un personaje que juega el rol de audi­tor..."


ESTE NO ES CUENTO
Denis Diderot

Hay un concurso literario y la señorita Marabolí me pidió escribir “algo”. Le pregunté si cualquier cosa y ella respondió: “cualquier cosa que sea un cuento”. Todavía le pregunté: “¿un cuento real o un cuento fantástico?” Me miró un tanto desconcertada y sólo repitió: “un cuento”. Lo que yo interpreté como “un cuento real” que es éste que estoy escribiendo.
El personaje principal en este cuento es la propia señorita Marabolí. Ella es morenita, un poco más baja que yo y lo más lindo que tiene es su poto. Sus ojos son muy bonitos también, sus labios ídem, su cintura, casi perfecta, pero nada se compara con su poto: es precioso.
Hasta ahora, ella ignora que la he visto empelotas y ese es precisamente el motivo de este cuento.
Ya sé que no voy a ganar el concurso y la verdad es que me tiene sin cui­dado. Nadie escribe un cuento sólo para ganar un con­curso (salvo en el caso de que se trate de un verdadero pelotudo), sobre todo cuando se escribe un cuento real.
Pero la seño­rita Marabolí es feliz cuando yo gano un concurso (he ganado tres), porque ella es mi profe de Castellano. Se siente orgullosa porque cree que ella tiene algo que ver con el “cuento”. Por supuesto, se equivoca. Yo no le debo nada. Además, me saco los sietes sin querer; casi sin estudiar, porque la clase para mí es fácil. Si escribo bien, tal vez sea porque leo mucho. Sin embargo, nada me cuenta quedarme ca­llado y dejar que ella se sienta realizada creyéndose su propia pelí­cula.
Además, la quiero desesperadamente.
Y la deseo con locura.
En su clase estoy siempre como hipnotizado mirándole el culo. Especial­mente los días en que viene con ese vestido negro que le cae súper. Muchas veces le pido explicaciones sobre palabras raras y después que ella las repite le pido es­cribirlas en la pizarra, sólo para contemplar una vez más ese traste divino que tiene. Por otra parte, parece que ella sabe que se lo miro y seguro que le gusta porque no dice nada.
Pero lo que más me excita es saber que ella va a leer este cuento; al prin­cipio con asombro, luego con creciente ansiedad, para terminar llorando y rom­piendo las hojas en mil pedazos.
¿Me odiará después?
Quién sabe.
Pero yo no soy culpable de nada.

El otro personaje de este cuento es el Señor Maragaño. Un ser desprecia­ble a quien le deseo la muerte después de padecer horrorosos suplicios a manos de los huechurabas. Es el Inspector General. Casado, cinco hijos, dos perros, tres gatos y un número indeterminado de pulgas y chinches. Lo máximo que puedo decir del señor Maragaño es que siendo muy bruto, no suspende ni anda lla­mando a los apoderados por tonteras.
Sus métodos disciplinarios distan de ser ortodoxos. Estos van desde una simple reprimenda verbal (“Mira, mocoso, culeado…”) hasta los trabajos forza­dos en “Siberia”, pasando por los match de box o de “full contact” para resolver controversias entre compañeros. A su manera, el señor Ma­ragaño nos educa. Así por ejemplo, si sorprende a dos que empiezan a agarrarse a combos, detiene la pelea y, si son del mismo tamaño, se los lleva al subterráneo donde mantiene un tatami y guantes de box, los obliga a quitarse la camisa y los enfrenta, haciendo él mismo de árbitro. Los hace pelear unos cinco minutos y luego los obliga a darse la mano “como caballeros”. En cierto sentido él es, como muchos profes, un uto­pista cínico y sentimental. La “caballerosidad”, si es que alguna vez existió cosa semejante, tiene que haber sido algo muy re pe­ludo. Por lo demás, Maragaño sería el ejemplo perfecto. Es decir, el constituye la prueba viviente de que es posible ser un caballero y un chu­chesumadre al mismo tiempo. Es vox po­puli que llegó a la dignidad de Inspector General después de delatar a sus colegas simpati­zantes de Allende (porque en este colegio nunca hubieron verdaderos upelientos, como dice mi abuela).
Otra cosa extremadamente desagradable de Maragaño es que es alto y ru­bio. Los huechurabas tendrán algunas dificultades para reducirlo porque, además, es seco pa´ los cornetes.
Antes de continuar con este cuento viene una tanda comer­cial. (Pueden saltársela sin remordimientos)
Resulta que este concurso lo organiza Chilectra Metropolitana y la Coca-Cola y de acuerdo con lo que me dijo la señorita Marabolí en el cuento deben figu­rar las frases:

CHILECTRA TE ILUMINA
y
TODO VA MEJOR CON COCA-COLA

Para la Coca-Cola, claro.
Y con respecto a lo de Chilectra, no deja de ser una ironía que justo cuando lo escribí, se cortó la luz y casi me saqué la cresta yendo a la cocina por un par de velas “luminosas”. Parece que hubo un atentado a una torre de alta ten­sión, así que Chilectra, a mí, y calculo que a otros seis millones de emputecidas almas, no nos ilumina esta noche.
La señorita Chilectra apareció en calzones alumbrándose con una pequeña linterna a pilas. Se asomó a la ventana para echar una mirada a la ciudad chamus­cada y moribunda. “¡Terroristas, culeados!” –dijo con resignación. Luego proce­dió a robarme una de las velas al tiempo que bajándose los calzones me apagó la otra con un tremendo pedo.
¿Y qué reclaman? ¡¿No les dije a los huevones que se saltaran la propaganda?!
Y bueno, el otro personaje protagónico de este cuento soy yo. Alto, del­gado, moreno, de ojos verdes y una pichula de este porte. Buen mozo e inteli­gente. Tengo 13 y estoy en segundo. Me gusta el hueveo, pero igual soy serio. Tengo promedio 6,3.
Las acciones:
Cuando descubrí que Maragaño se quería tirar a la señorita Marabolí, supe de inmediato que lo lograría de no mediar la intervención de La Providencia. Por experiencia, nosotros sabíamos que Maragaño era rápido y eficientemente. Un verdadero perro de presa. Una vez que lograba atrapar a su víctima no la soltaba sino hasta haberla destruido. No era la primera vez; no sería la última. De manera que se trataba de una carrera contra el tiempo.
Entre La Providencia y el inspector comenzó entonces una lucha sorda y sin tregua…
Siendo la Providencia una fuerza abstracta, no es raro que se sirva de per­sonas humildes y hasta insignificantes tanto como de aquellos seres dotados de ex­cepcionales cualidades para cumplir con sus divinos propósitos. Me gusta pen­sar que yo me encuentro en esta última categoría mientras que Lord Ba­nana per­tenece, sin ninguna duda, a la primera. Y se ve que le gusta.
Los hechos se desarrollaron más o menos así:
Lord Banana se encuentra con la señorita Marabolí en el pasillo de la Sala de Profesores. Le mete conversa. Se nota preocupado y hasta triste. Un mechón de pelo rubio le tapa el ojo derecho, así que la profe, que va a su lado, no puede ver su alma rastrera y viciosa. Esta preocupado por un amigo -miente- Este amigo está escribiendo un cuento para un concurso y hay una parte que no le sale, pero como es un tipo tan orgulloso no quiere recurrir a lo obvio: pedir ayuda. La profe sonríe y pregunta si él sabe cuál es la dificultad. Claro que sabe. Se trata de una parte en que la protagonista escribe una carta de amor, dándole una cita a su amante en el gimnasio de un instituto donde ambos trabajan. Oye, dice la maestra, eso es fácil, hasta yo podría escribir esa parte.
Cayó redondita, me informa Lord Banana, mientras pienso que sus ojos azules aguachentos podrían ser los de un asesino en serie. ¡Hijodeputa! Le digo a modo de elogio. ¿Y cuándo? … ¡mañana!
La dulce señorita Marabolí nos achaca con literatura del siglo de oro. Nos obliga a leer ciertas comedias de enredos que son muy de su gusto y, para su es­trecha mente de vieja de castellano, del gusto universal. Inútil tratar de razonar con ella porque ella es la dueña de la verdad. ¿Acaso no es ella la profe?... Irre­futable. Lógico. Evidente. Nosotros ignorantes de mierda, ella sabia y culta. Y si nos les gusta, pueden ir pensando en irse a la chucha. Implacable con las notas, con cierta tendencia a cargarse al chancho con los rojos. Así es ella, y si no fuera por su inmensa belleza y simpatía, sería la profe más insufrible de todo nuestro noble establecimiento. Con todo, y a pesar de que soy lejos su mejor alumno, me puso sólo un 5, 8 en la prueba de la Dama Boba. Por cierto, no le di el gusto de reclamarle por la nota. Y se ve que le sorprendió. ¿Te explico? -me ofreció. No, no hace falta -le respondí- confío en usted. Se quedó un poco cortada y como que se sonrojó un poco. Sin embargo, hizo un gesto cómo de disgusto y sólo dijo “bien”. Imagino que debe haber pensado: “¡mocoso de mierda, soberbio!” Y sentí un ex­traño placer al imaginarlo.
Durante la clase jugué a mirarla fijamente a los ojos mientras imaginaba las cosas más indecentes.
(No, no me atrevo a escribirlas)
De pronto terminó la clase y me di cuenta que tenía una tremenda erección así que me dio vergüenza levantarme. Lo malo fue que ella fue directo hacia mí y me dijo que quería hablar conmigo. Vamos al patio –me ordenó.
Así que no tuve otra opción que levantarme con el tremendo bulto y tratar de disimular. Pero cuando llegamos afuera ella se volvió y lo notó. Soltó una risita histérica y dijo: “¡Dios mío!” Ambos nos sonrojamos. A pesar de todo sostuvi­mos el siguiente diálogo:
“-¿Terminaste el cuento que te pedí?
-Casi
-¿algún problema?
-no, no
-Un amigo tuyo me dijo que había una parte que no sabías cómo escri­bir…
-¿en serio?
-sí, la parte de la carta.
-¿qué carta?
-La carta que la mujer le escribe a su amante.
-No hay ninguna mujer que tenga un amante en mi cuento.
-¿no?
-No. Tiene que ser un error. Debe ser otra persona la que está escribiendo ese cuento. Yo estoy escribiendo un cuento real. Me baso en la realidad.
-Ah, ¿y no eres amigo de Matías Viel?
-Amigo, no. Lo conozco, pero en realidad no somos amigos.
- No sé por qué, pero no te creo.
- ¿Qué no me crees?
- Nada.
- Bueno. ¡Qué le vamos a hacer!”

Me miró unos instantes, llena de desconfianza y luego se marchó. Cuando hubo caminado algunos pasos, antes de doblar la esquina de la Inspectoría General, se volvió y me gritó: “¡Ve a darte una ducha fría!”
La ducha estaba realmente fría.
Sin embargo, me masturbé pensando en ella.
Al día siguiente Lord Banana me entregó un disquete. Cuando abrí el único archivo que contenía, apareció el siguiente texto:

“Amor mío,
Las horas se hacen inmensamente largas sin ti. Añoro tus brazos, tus tier­nas caricias, tus besos, tan dulces. Quisiera sentir tu cuerpo junto al mío, sentir nuestros corazones latiendo al mismo compás. La pasión y el deseo me arrebatan y no sé esperar.
Esta noche te estaré aguardando en nuestro lugar secreto a la hora con­venida.
Te quiero con locura.
Firma.”

Instrucciones para Lord Banana:

1. Idealmente la carta debe estar escrita a mano. ¿Por qué?... por­que ese es uno de los problemas que tiene que resolver el escri­tor. Quiere conseguir realismo. Desea intercalar una fotocopia de un manuscrito en su narración, que es algo así como una cró­nica periodística.
2. La protagonista no es tan elegante. Evitar los adornos que sugie­ren una relación más bien romántica. Sólo acentuar lo erótico.
3. Debe ser más precisa con la cita. Nada de “lugar secreto” y nada de “a la misma hora”. Esta es la primera cita que ella le da para hacer el amor. Y LO MAS IMPORTANTE: ella se apresta a cumplir con una fantasía de su amante que es un ex deportista extremo y goza con la adrenalina.
4. ¿Cuál es la fantasía? Hacer el amor en el círculo central de la can­cha del gimnasio. Eso lo volverá loco.
5. La protagonista se llama Elizabeth Carballo, para que la firme. Pero como es una carta personal seguramente bastaría que pusiera su nombre.

Lord Banana asalta nuevamente a la señorita Elizabeth Marabolí a la sa­lida de la sala de profesores. Esta vez ella se detiene y puede observar a su gusto la depravada faz del rufián. Lo mira pues, largamente hasta que al fin dice: “Ne­cesito un café…¿Quieres uno?..”
En la cafetería Lord Banana comienza a explicarle los nuevos requerimientos del escritor. Sin embargo, Elizabeth, no parece querer escucharlo. Ha comenzado a trabajar en un alto de pruebas con una gran pluma con la que raya y corrige san­grientamente. De pronto lo interrumpe:

-¿Quién es?
-¿Qué?
-¿Que “quién es”?
- No le entiendo.
-Sí me entiendes. ¿Quién es el que está escribiendo eso?
-¡!Ah!! – Lord Banana trataba de ganar tiempo mientras evaluaba la posibilidad de cagarme o seguir con la treta.
-¿De verdad quiere saberlo?
-¡Sí, por supuesto!
-Pero primero tiene que prometerme que no le dirá que yo no se lo dije…
-Conforme.
-De todas maneras seguro que usted ya lo conoce. Es Gabriel García Mankhe.
-¡Noooo!! Elizabeth cerró su amenazante pluma con un enérgico clic – Primero, no puedo creer que tú seas amigo de Gabriel García Mankhe y, segundo, que él no sepa cómo inventar una carta de una amante.
- Bueno, eso es lo que trataba de explicarle. No es que no sepa. Sí sabe. Su pro­blema es que él quiere algo así como una carta manuscrita. Y además otra cosa. Él no me ha pedido nada. Sólo me contó el problema. Yo estoy tratando de congra­ciarme con él, haciendo esto. Y también, le recuerdo que fue idea suya escribirla. Yo no se lo pedí expresamente.
- Es cierto. Pero, ¿cómo es que tú lo conoces?
-Es una historia bien larga. ¿Quiere que se la cuente?...
-No, ahora no, tengo una clase en un par de minutos. Pero otro día.
-Bueno, yo le mostré la carta que usted escribió y me dijo que no servía.
-¿Por qué?
-Ya se lo dije. El quiere una especie de facsímile para insertar en el relato. Ade­más…
Y aquel solapado animal consiguió lo increíble: Explicarle, punto por punto, los requerimientos de la misiva. “Incluso saqué la hoja que tú me pasaste –me dijo celebrando su propia sangre fría- y ella quería intentarlo nuevamente. En realidad lo que dijo fue: “Ojalá que le guste a Don Gabriel, sería un tremendo honor”

- ¡Conchetumadre! –le dije lleno de sincera admiración- ¡No, es que eres muuuy carerraja!

Pero los días pasaron. Uno, dos, tres, quizás una semana. Y nada.
Mientras tanto el enemigo hacía considerables progresos. Comenzó a cortejarla durante los recreos y aunque no siempre ella le daba bola, en un par de ocasiones se tomaron un café y charlaron animadamente.
La situación era intolerable.
Tal vez por eso, cuando Lord Banana por fin me entregó la carta no tuve dudas.

Don Juvenal Barrera me saludó efusivamente y me invitó a sentarme en una de las picantes butacas de tevinil que amoblaban su despacho. Parecía como si me hubiera estado esperando.
“Y bien, joven, ¿qué se le ofrece?” . Sus ojos grisáceos e inquisitivos pare­cían enormes tras los pesados anteojos. “La secretaria me ha dicho que era algo importante”.
Estaba nervioso. Por un momento tuve la idea de arrepentirme. Sin em­bargo, ya era tarde para eso.
“¿Y bien?”
Extraje la carta escrita por la señorita Marabolí y se la extendí. Mi mano temblaba y me sentía pésimo. Vagamente comenzaba a comprender que las cosas que uno piensa adquieren una extraña dimensión cuando se convierten en acciones. Lo que estaba haciendo era una mariconada tremenda. Súbitamente sentí que debía expli­carlo todo. Arrepentirme. Pedir perdón. Llorar.
En cambio me mordí la lengua.
Barrera examinó la carta acomodándose los pesados lentes sobre su gran nariz. Una vez que la hubo leído se volvió hacia mí.
“Supongo que puede explicarme cómo llegó esta carta hasta usted…”
Mentí. Las palabras salían dificultosamente por mi garganta que se iba estrechando y secando. Cuando le expliqué que no quería verme involucrado creí que me iba a ahogar.
Barrera me dirigió una mirada en la que se mezclaban la compasión, la desconfianza y el desprecio.
“Toda mi vida he odiado a los gusanos como tú” –dijo- “pero nunca había tenido la mala suerte de tener uno frente a frente”
Sentí que me iba desmayar.
“Qué va a hacer?” – balbuceé.
“¿Qué se puede hacer con un maricón como tú?” “¡Habría que elimi­narte!” Los ojos de Barrera brillaron con una luz asesina tras los cristales.
“Sin embargo, no puedo hacer eso” – suspiró- “Así que haremos de cuenta de que aquí no ha pasado nada”
No me explico cómo todavía tuve el valor de preguntar:
“¿Qué va a hacer con la señorita Marabolí?”
“Nada” – contestó rotundo.
“¿Y no está ella haciendo algo malo?” –insistí.
“Por supuesto que no. Una mujer adulta tiene el derecho a prestarle el poto a quien se le antoje”
Diciendo lo cual Barrera me señaló la puerta.

A la mañana siguiente recibíamos con asombro la insólita noticia de que Maragaño había pedido su traslado al norte.
¿Qué había sucedido? Nunca lo sabremos con certeza. Es posible que, después de todo, Barrera haya reaccionado decidiéndose a intervenir. ¿Habrá sido él quién obligó a Maragaño a irse del colegio después de saber, por mí, que era el destinatario de aquella carta? Esta explicación era plausible, pero tenía el inconveniente de no concordar con la actitud demostrada por Barrera el día de nuestra entrevista. De ser así, no habría consistencia entre los dichos del director y su conducta posterior.
El alejamiento de Maragaño coincidió también con otro hecho extraño. La señorita Marabolí cambió.
Al principio no nos dimos cuenta. Sin embargo, gradualmente fue resultando evidente que algo extraño le acontecía. Sus clases, de ordinario vibrantes y apasionadas, se fueron tornando aburridas e insulsas. En ocasiones descendió incluso al dictado, práctica que ella misma había condenado terminantemente en más de una ocasión. Por otra parte, sus vestimenta hasta ese momento sencilla y de buen gusto, fue dando paso a atavíos de un lujo dudoso y de un sobrecargado erotismo. Notamos que si bien antes casi no usaba maquillaje, ahora se lo aplicaba en forma generosa y hasta grosera.
Contrariamente a lo que quizás ella esperaba, dicho cambio la fue convirtiendo gradualmente en un adefesio. Mirar aquellos labios no hace mucho tan bellos, convertidos ahora en un furioso marrasquino, era algo que sobrecogía el alma. Verla desplazarse equilibrándose sobre aquellos tacones que sólo un loco pudo haber diseñado, era algo que partía el corazón.
Entonces fue que comenzaron a reírse de ella.
Tal vez primero fueron las chicas las que empezaron a burlarse, imitando los gestos amanerados que había ido adoptando en consonancia con su nuevo look. Luego las burlas fueron acrecentándose y extendiéndose a la población masculina del colegio.
Frente a esto, la señorita Marabolí, respondía con gritos y rabietas que terminaban siempre con un estremecimiento y en sollozos.
¿Qué es lo que había ocurrido? ¿Cómo una mujer tan bella, dueña de una personalidad y un atractivo subyugantes había terminado transformándose en un manojo de nervios envuelto en brocatto y terciopelo? Y sobre todo ¿cómo es po­sible que ello haya ocurrido en tan escaso tiempo? ¿Estaba esto relacionado con el misterioso alejamiento del Sr. Maragaño? ¿Y si es así de qué manera?
Se comenzó a acrecentar el rumor de que la Srta. Marabolí había sido víc­tima de un mal. Es decir, que la habían “embrujado”; que posiblemente alguna rival despechada le había mandado a hacer un “trabajo”. De esta manera, los ru­mores fueron aumentando. Algunos la veían haciendo gestos robóticos en la calle; otros la escuchaban hablando sola. Una chica de segundo año contó que había in­tentado besarla a la fuerza. Un chico de cuarto aseguraba que a él le había pedido desnudarse frente a ella.
Pero a mí me ignoraba.
Hasta que un día la sorprendí mirándome con odio y comprendí, o creí com­prender, que sabía.
¿Pero qué sabía?
Entonces ocurrió algo que terminó por comprobarnos que había perdido definitivamente la chaveta. Aunque con ello, preciso es decirlo, terminó arras­trándonos a todos.
Teníamos clases con ella. Las dos últimas horas de un día miércoles. Era el mes de Julio, casi al final del primer semestre y como era invierno había anochecido muy temprano. Uno de los chicos protestó porque lo que estudiábamos era muy aburrido (y realmente lo era), luego todos estábamos reclamando y diciéndole que hiciéramos algo más entretenido. Ella nos miraba como si estuviera en otra dimensión. Y de pronto, en pleno apogeo de la protesta la vimos quitarse aquel sombrero que más bien parecía un macetero, darle un beso y lanzarlo contra uno de nosotros. “¿Así que quieren divertirse los huevones?” –gritó, dejándonos a todos paralizados. Nunca le habíamos escuchado decir una grosería. “Vamos a ver si nos divertimos” –siguió- “¡a sacarse la ropa todo el mundo!” Diciendo lo cual, se desabotonó la chaqueta y la arrojó lejos de sí. Luego se subió sobre su escritorio se quitó los zapatos de tacón y nos los arrojó con furia asesina. “¿No ven que son unos mocosos cagones?... ¿Por qué no se empelotan ustedes también, ah?… Y hablando de divertirse los hijitos de papito, ja, ja… Apuesto que ya están a punto de llorar los mariconcitos” Mientras esto decía se había quitado la primorosa blusa de seda y la ondeaba como si fuera un futbolista que acabara de anotar un gol. Al verla en sostenes vino la salvaje reacción de la turba. Vi, con asombro, que varias chicas se habían quitado el chaleco y se desabotonaban las blusas, imitándola. “¡Como siempre las mujeres adelante!, ¿no, chiquillas?” las comenzó a arengar ella a lo que las chicas respondieron con una gritería ensordecedora. Dicen que la locura es contagiosa y debe ser cierto, porque al cabo de unos minutos estábamos, si no todos, la mayoría, empelotándonos como si fuera lo último que hubiéramos de hacer en este mundo.
El hueveo era fenomenal.

La señorita Marabolí se despojaba de sus prendas descubriendo su cuerpo maravilloso y con ello parecía ir renaciendo. Volvía ser la antigua. La que todos admirábamos y queríamos.
Y deseábamos.
“¡Muéstranos tu poto, Elizabeth!”- le grité – “¡es maravilloso!”
Y ella se quitó los calzones y nos regaló con su incomparable culo.
No pude resistirlo. Avancé entre los muchachos semidesnudos y me abalancé hacia aquel poto soñado y lo cubrí de besos.
Creo que fue en ese momento que se abrió violentamente la puerta de la sala y entró Barrera con varios profesores y algunos apoderados. Miraban la escena con la boca abierta y los ojos desorbitados.
Sin embargo, el efecto de la magia era tal que algunas chicas siguieron besándose y corriéndose mano. Otros se masturbaban o comenzaron a tirarle las ropas y los zapatos a los intrusos.
Barrera estaba pálido y movía la cabeza como si quisiera despertar de una pesadilla. Sólo atinaba a mascullar: “¡Pero qué chucha esto!” Hasta que finalmente salió furioso.
Recuerdo que al cabo de un rato la sala se llenó de pacos. Y arrestaron a todos los que estábamos en pelotas. Es decir, casi a todo el curso.
Mi abuelo me fue a rescatar de la comisaría porque a mi mamá le había entrado una depresión feroz cuando le contaron.
Y es aquí donde la historia se vuelve confusa porque las declaraciones de un sector del curso no coincidían con las del otro. Había una versión que señalaba que la señorita Marabolí fue agredida y despojada de sus ropas por un grupo de estudiantes. La otra versión se atenía más o menos a lo que realmente había pasado.
¿“Lo que realmente había pasado”? pero, ¿qué es lo que realmente había pasado?
Era la pregunta que me hacía mi abuelo. ¿Y qué podía contestarle a mi viejo? Nada.
¡¿Cómo que nada?¡ ¡Huevón, te encontraron besándole el culo a la profesora¡ Además se dice que tú iniciaste todo y que con otros muchachos la empelotaste.
Eso es lo que yo declaré. Pero no fue así.
¿Y puedo saber por qué chuchas declaraste eso entonces?
Para que no la echen.
No, claro, que no la van a echar. Al único que van a echar va a ser a ti, por pelotudo.
Pero no echaron a nadie. Y sólo el serenísimo Señor Barrera sabía por qué.
Yo lo supe después. Quiero decir, varios años después.
Antes de que llegara a esta parte. No recuerdo exactamente en qué momento, fue interrumpido por Miss Chilectra, que como habrán adivinado es mi hermana mayor. O sea, en el momento que ocurría esta historia y que yo la narraba, era mi hermana mayor.
Ella leía todo lo que yo escribía. No importa que yo lo ocultara. Además me usaba para todos sus experimentos periodísticos, porque ocurre que era una estudiante de dicha fatídica carrera.
“La historia está entretenida, me dijo, pero no es verosímil.”
“Pero hay algo que me tiene intrigada –continuó- ¿qué pasó con la mina?, ¿le diste el cuento finalmente?”
Eres periodista, le respondí, averígualo tú misma.
¡¿O sea que lo hiciste?¡
Y como suele ocurrir con casi todos los periodistas, se dio por satisfecha con su propia respuesta y salió chancleteando en sus flip-flop horrorosamente plásticas; horrorosamente rosadas.
Y como decía, no hubo expulsiones, ni remociones de cargo. Se trabajó para que todo se olvidara con rapidez.
La señorita Marabolí volvió a ser la misma, como si tras aquel incidente hubiera exorcizado el maleficio que la agobiaba.
Un día llegué con un gran sobre amarillo y se lo entregué. El sobre por supuesto, contenía esta historia. Para ser más precisos, una de las tantas versiones de esta historia. Me miró un instante con cierta desilusión:
“Muy tarde –me dijo- el concurso ya pasó”
“Me da igual, de todas maneras se lo quiero dar”
“Muy bien.-contestó- Después lo leeré” –y sepultó el sobre en uno de los profundos cajones de su escritorio metálico, donde todavía descansa.

El tiempo, a cuyas magias borgeanas me he ido acostumbrando, quiso que una tarde, después de muchos años de lo anteriormente narrado, me encontrara con un individuo a quien en principio no reconocí. Nos hallábamos en el aeropuerto de Barajas. Ambos regresábamos a Chile, por coincidencia en el mismo vuelo de Lan. Se trataba de Matías Viel, Lord Banana en persona.
Durante el vuelo, y aprovechando que era temporada baja y el avión iba prácticamente vacío, nos cambiamos de asiento y charlamos hasta que nos dio hipo. En algún momento nos acordamos de la inefable señorita Marabolí.

¿Qué habrá sido de ella? –pregunté, no porque esperase una respuesta, sino más bien por nostalgia.
¿Pero, cómo, no sabes que terminó casada con Barrera? – se extraño Lord Banana.
¡¿Con ese viejo de mierda?¡ ¡No te creo!
Pues, créeme. Además no tiene nada de raro.
¿Y por qué no tiene nada de raro?
No pues, hombre, si el viejo la hizo su amante a poco de que ella llegara.
¡Me estás hueveando!
No, claro que no. Fue en aquella época en que tu creías que se la iba a tirar Maragaño, pero en realidad el que se la terminó tirando fue el viejo zorro. Acuérdate que él la obligaba a usar esas pintas de puta que le regalaba.
¡No huevées! ¿Y tú cómo sabís tanto?
Por mi viejo, si solían juntarse a jugar al cacho.
Oye, y dime una cosa maricón, ¿tú sabías todo esto en ese momento o te enteraste después?
No, después, después… y vi que Lord Banana se reía mientras el mechón de pelo rubio le tapaba el ojo derecho igual que hace un millón de años.
¡Viejo conchesumadre! –comenté cabizbajo.
Ahora entendía todo. Por eso Barrera nunca tomó ninguna acción punitiva en contra de la Señorita Marabolí. Y quien sabe si no fui yo el que inicié todo con aquella ridícula idea de llevarle la carta falsa.
¿Sabes qué es lo más gracioso? – Lord Banana me tocó las costillas con un codo. ¿Te acuerdas de esa carta que le hicimos escribir engañándola?... Lo que pasa es que el viejo creyó que era verdadera y la llamó a su despacho. Ella se defendió y alegó que todo era una confusión, que un estudiante… Pero el viejo maricón la amenazó con denunciarla y hacerle un sumario… A menos que…. ya te puedes imaginar el resto.
Me sentí mal. Por un instante deseé no haberme encontrado con Lord Banana; desee que se callara; desee estrangularlo. Sin embargo, seguí escuchando su relato.
Así que se convirtió en su amante y el viejo comenzó a perder el seso por ella. La obligaba a vestirse con unas huevadas que el creía eran sofisticadas. ¿No te acordai? La mina estaba asustada y le seguía el amén. Pero eso duró hasta el día en que se empelotó en tu curso. Después de eso, cuando esta mina se la juega para que la echen y así librarse del viejo, ocurrieron varias cosas. Él se dio cuenta de que estaba enamorado hasta las patas y que sencillamente era incapaz de echarla. Aparte de que habían dos versiones de lo ocurrido y en una, ella resultaba inocente. Entonces ella ganó terreno y equilibró las cosas. Aceptó quedarse siempre que pudiera ser ella misma. Ganó.
Mientras escuchaba a Lord Banana trataba de comprender cómo era posible que él hablara con tanta propiedad y tranquilidad de aquellos hechos. Cada cosa que decía a mi me afectaba y parecía remover algo en mi interior. Lo miré. Se veía próspero, elegante, lleno de confianza. Conservaba aquella inteligencia soterrada y capciosa de sus años del colegio.
Esta bien- dije- todo tiene sentido, pero lo que no entiendo es cómo es que finalmente se casan.
Se casan, claro.
Eso es lo que no entiendo, ¿ella lo terminó queriendo?
¿Cómo saberlo? –reflexionó- Lord Banana- lo que está muy claro es que el viejo tenía su pequeña fortuna. Una situación, ¿me entendís? Y sobre todo mucho pituto. Eso puede haber sido atractivo para una mina de su condición.
En ese momento el avión comenzó a ser sacudido por una turbulencia. Cerré los ojos y por un momento deseé que nos fuéramos todos a la chucha. Me imaginé cayendo sobre el atlántico convertido en mierda. También pensé en aquel magnífico culo que una vez tuve la dicha de besar.
Luego me dormí.

FIN


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© David Miralles (2008)
Copyrighted material. Este cuento forma parte del libro "Lord Banana Y Otros Cuentos" publicado por Editorial Kultrun.
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1-(610)-450-4039
Ardmore, Pennsylvania.
Domingo, 16 de Julio de 2006