Tuesday, April 10, 2007

PÁJAROS EN UN CIELO DE ENERO

Mi corazón es
una casa solitaria
en un camino derruido
y un rostro en la ventana
mirándome pasar.

Estoy embrujado.
No espero que me crean, por supuesto, pero la verdad es que estoy embrujado.
Embrujado escribo, tal vez para desembrujarme, tal vez para que alguien me ayude.
Sin embargo, no es tarea fácil y tiene, además, un costo muy alto. Es probable que mi liberación cueste el embrujamiento de cientos de inocentes lectores. Y eso no es justo, lo sé. Pero se me ha dicho que una de las pocas maneras de debilitar el ensalmo es que éste pase a algún alma desprevenida, de preferencia a una incrédula. Es más valioso y, por lo tanto, más efectivo.
Comencé a darme cuenta del embrujo hace mucho tiempo. Hará ya sus treinta años.
Fue cuando me di cuenta de que "algo" me impedía abandonar mi barrio. Quiero decir que desde entonces, nunca he sido capaz de ir más allá del perímetro designado en los mapas con el inspirado nombre de "Villa Alessandri". Ya sea que camine o tome el autobús, nunca he podido traspasar sus límites. Límites que se encuentran claramente demarcados por la Avenida General McKenna por el norte, la humilde calle Los Queltehues hacia el poniente, Avenida San Martín hacia el oriente y Donald Canter por el sur y que, antiguamente, era también el límite de la ciudad.
Es curioso constatar que si tomo el autobús hacia el centro, éste nunca llega a salir de General McKenna para tomar Avenida Picarte, que es la arteria principal de la ciudad. A veces el autobús queda en pane, otras se encuentra con una manifestación en contra del General Pinochet bloqueándole el paso, o ocurre que de pronto todos los pasajeros descienden, dejándome solo. En este caso, invariablemente, el chofer comienza a dirigirme miradas hostiles y a hacer tiempo, negándose a poner el vehículo en movimiento, obligándome finalmente a bajar. Lo más raro, sin embargo, ha ocurrido cuando el chofer justo al llegar a la intersección entre McKenna y te, y sin que nadie, excepto yo, parezca notarlo, ha dado una vuelta en "u" y ha emprendido el regreso como si en realidad viniese del centro.
Por otra parte, cuando he emprendido la marcha a pie no he tenido mejor suerte. A veces me encuentro con la calle tomada por alguna organización que hasta ese momento desconocía. A veces, son los bomberos los que han puesto una barrera impidiendo el paso, clavando además, ambiguas señales que desvían el tránsito hacia calles alternativas que se pierden en infinitos meandros y pasajes, los cuales terminan, invariablemente, en escenarios rurales donde pastan caballos y vacas y donde mujeres, altas, demacradas y huesudas cuelgan ropa en cordeles, mientras sostienen plañideros bebés contra sus flacas caderas. Por último, tampoco escasean las veces en que son los propios Carabineros quienes bloquean el acceso a Picarte. Y, ya se sabe, con los Carabineros no se juega.
Aún así, estos obstáculos tienen cierta lógica en un país como el nuestro. Lo peor ocurre cuando dirigiéndome hacia el centro, ya sea en vehículo o caminando, y sin que yo pueda percatarme y evitarlo, me encuentro de improviso desembocando en algún tenebroso callejón que me conduce nuevamente a alguna plaza asaltada por escuálidas palomas y por niños que me miran como si viniera descendiendo de un platillo volador.
En consecuencia, hacen treinta años que no he visitado el centro. Es decir, hace treinta años que no he visto una buena película ya que, lamentablemente, en mi barrio no hay salas de cine. La última película que vi, hace seis años, fue una proyección al aire libre organizada por la Iglesia de Los Santos De Los Últimos Días.
Naturalmente, perdí mi trabajo y también a mi novia quien vive, o vivía, en el Barrio Estación. Alguien me dijo hace tiempo, que ahora este barrio se encuentra lleno de casas de putas. Recuerdo que al cabo de un mes de inasistencia involuntaria a mi trabajo en las oficinas de Ferrocarriles del Estado, recibí una carta notificándome de mi despido. La misma persona que me informó lo de las casas de puta me dijo que ya no corrían trenes y que la hermosa y moderna estación se encontraba totalmente abandonada. Pero yo no sé si creerle.
Recuerdo también que al cabo de dos meses de no poder ver a Olga, mi novia, ésta se apareció por mi casa portando un atado con mis cartas y una caja de zapatos con todos mis regalos y, sin querer escuchar explicaciones puso término definitivo a nuestra relación. ¿Me creerían si les digo que el temor al ridículo me impidió decirle la verdad? ¿Acaso creen que Olga me hubiera creído si le hubiera explicado que una fuerza misteriosa me impedía salir del barrio?
Cuando Olga se marchó aquella lejana tarde, una tormenta se dejó caer sobre nosotros, los humildes habitantes de Villa Alessandri, y un trueno resonó a lo lejos como una monstruosa carcajada del cielo. No recuerdo que haya llorado. Probablemente no. Tal vez nunca estuve muy enamorado de Olga. La verdad es que no lo recuerdo. Sólo me acuerdo de que ella tenía un lunar en la mejilla izquierda (o tal vez fuera en la derecha) del cual hacía ostentación como si aquél fuera la marca indiscutible de su belleza. Pero la verdad es que, ya en aquel lejano entonces, los lunares estaban pasados de moda.
Hace poco la vi. Es cierto que por poco no la reconozco, pero justamente aquel inconfundible lunar me sirvió para comprobar que se trataba de Olga. Y me quedé pensando que tal vez lo único bueno de la maldición que pesa sobre mí, ha sido que impidió aquel matrimonio. Tal era la fealdad que había desarrollado con los años.
Volví a casa y tomé aquellas cartas que todavía conservaba y las arrojé al hornillo como si me deshiciera de las pruebas de un crimen atroz.
Después de aquello me sentí aliviado y hasta creo que por primera vez en tantos años sonreí. Aquellas cartas ardieron muy bien y su rápida combustión contribuyó a que la tetera silbara alegremente anunciando que el agua estaba hervida. Mientras cebaba el mate no podía dejar de pensar en aquel asqueroso lunar que la concejala Olga Ruminot lucía aquella tarde sin el más mínimo pudor.
Por otra parte, el mate sabía bastante bien. Sobretodo porque mataba el hambre y la lujuria.
Después de tanto tiempo he terminado por ir aceptando las graves limitaciones que el embrujo al que he sido sometido me imponen. Hasta he llegado a considerar que acaso no sean peores que los destinos sufridos por mis demás congéneres.
Al principio cuando perdí mi empleo estuve mal. Muy deprimido. Me negaba a hablar con la gente y creo que pasé un par de meses encerrado y casi sin comer.
Pero reaccioné. Un día me levanté, rasuré mi barba, planché una camisa y salí a la calle.
Lo intenté de nuevo y de nuevo fracasé. Sin embargo, esta vez hubo una diferencia. Yo había cambiado. De ser un hombre sensible y bueno había pasado a ser un ente frío e insensible. No me desmoralicé pues, por aquel nuevo fracaso. Conservé la calma. Pensé. Traté de pensar en cómo burlar el efecto de aquel nefasto sortilegio. Sin duda se trataba de un hechizo muy poderoso, eso estaba claro. Su origen, por lo tanto, debía provenir de algún enemigo/a dueño/a de una inteligencia superior. Quizás encontrándolo/a y eliminándolo/a podría liberarme de su maligno influjo. No obstante, debía ser extremadamente cauto para evitar consecuencias indeseables.
Esta conclusión tenía una sola limitación y ésta era que si el originador del mal se hallaba más allá de las lindes de nuestra villa, su destrucción sería imposible o, al menos, mucho más difícil.
Comencé pues, a observar a la gente. Concentrándome primero en la que me parecía más inteligente. Esta decisión me alegró y me llenó de optimismo, pues, como se sabe, la gente inteligente resulta extremadamente escasa. Al cabo de algunos meses de paciente observación había conseguido elaborar un catálogo bastante completo de los vecinos/as que calzaban dentro del perfil "inteligencia sobresaliente". Como era dable esperar, al principio no resultaron muchos. Sin embargo, con el propósito de profundizar aquella investigación, convencí a Etelvina, una chica a quien le dejaba coger tomates y hierbas medicinales del pequeño huerto que mantenía en el traspatio, para que me ayudase. El procedimiento era bastante simple y consistía básicamente de algunos acertijos que Etel debía preguntar a la gente en la calle. Quienes respondían correctamente pasaban a mi catálogo.
Todo hubiera marchado correctamente si no fuera porque un día me enteré casualmente de que Etel se había dejado sobornar en varias oportunidades, revelando las respuestas correctas a algunos de sus ociosos amigotes, quienes rápidamente establecieron un mercado negro vendiendo las claves a aquellas personas que, odiando ser tildadas de poco inteligentes y ambicionando figurar en el Diario Mural de la Junta de Vecinos bajo el rótulo de Quien Es El Más Inteligente -supuesto premio por responder acertadamente-, no trepidaron en pagar quinientos y hasta mil pesos por ellas.
He ahí la razón de que la curva en la variable "inteligencia" se haya disparado en los últimos meses. He ahí la explicación a las flamantes zapatillas "Bata" que Etel lucía con indisimulado orgullo durante aquellas últimas semanas.
Sin embargo, no fue eso lo que me llevó a abandonar aquella investigación.
La razón fue más bien una larga conversación con mi amigo el profesor Ulises Maloni. Este gran maestro solía enseñar en el Liceo Politécnico "Alonso Ovalle" que se ubica entre las calles República Argentina con Dr. Holzapfel, justo en los límites de nuestro barrio. Y fue, precisamente él quien me convenció de que la inteligencia tal como la concebimos no existe o, si existe, esta toma diversas y caprichosas formas en los seres humanos. "Lo que sucede en realidad" – me explicó Maloni- "es que nuestra cultura ha privilegiado uno de los tantos tipos de inteligencia, del mismo modo que se ha privilegiado la raza caucásica por sobre las demás". "Por eso"- concluyó el maestro- "su investigación es sesgada y no sería raro que los resultados no sean satisfactorios". "Solamente recuerde" –concluyó- "que uno de los rasgos de nuestro pueblo es justamente el de ‘hacerse el tonto’ con el fin de obtener sus propósitos".
Aquella conversación me dejó sumido en un gran desaliento. Desde el momento en que quien/es me ha/n condenado al ostracismo dentro de mi propio barrio podía/n adoptar cualquier forma humana, aún la más baja, las posibilidades de dar con el/lo/as se reducían en proporción inversa al universo poblacional.
Cuando nos despedimos, Maloni, sacudió su cabeza y me dijo: "Confíe en su intuición".
Pero Maloni no sabía la verdad. Nadie sabía la verdad. Excepto yo y aquel a quien busco.
Yo y mi enemigo.
Rápidamente me di cuenta de que mi estrategia de no hablar del tema, de no socializar mi problema y mi angustia, no debían gustarle. Para él/la el mal no estaría completo sin mi ruina social. Sin mi devaluación total como ser humano.
Al privarme del desplazamiento fuera de las humildes calles de nuestra villa, me privaba de los bienes que la modernidad otorgaba aunque fuera de manera oblicua a la mayoría de los habitantes de nuestra patria. Al confinarme al mísero cuadrante donde transcurría mi vida y reducirme con ello a la peor pobreza, el poderoso hechizo lograba casi completamente su efecto. Sin embargo, para su éxito total faltaba la condena social.
Y había algo que mi poderoso enemigo no pudo tener en cuenta.
Y aquello fue la gran crisis de los ochenta.
Resulta que de la noche a la mañana, todos, o casi todos, perdieron sus empleos y la pobreza en que ya vivíamos se transformó en franca miseria. Las calles se llenaron de desocupados y se implementó un plan de empleo mínimo (usar las mayúsculas aquí sería un contrasentido) que consistía en plantar arbolitos y ornamentar plazas, jardines, escuelas, etc. El sueldo; una caja de alimentos básicos cada quince días. Comenzó pues una febril reforestación de calles y plazoletas con lo cual se pretendía acaso ocultar la decadencia y el fracaso del nuevo régimen.
Sin embargo, aquello tuvo el efecto impensado de nivelar mi condición con la situación de la mayoría de mis vecinos.
Pero yo tenía una ventaja.
Como ya lo he mencionado, hacía ya un tiempo que para sobrevivir había aprendido a cultivar un pequeño huerto en el diminuto traspatio de mi casa. Junto con ello me había hecho vegetariano.
De manera que a la cruda luz de los acontecimientos yo me encontraba incluso en una situación de superioridad respecto a los demás.
Entonces fue que apareció el brujo.
Fue una mañana de Enero. Una mañana luminosa en que los pájaros alborotaban alegremente el cielo y se paraban a beber en la pequeña fuente que yo había dispuesto para ellos. Entonces fue que golpearon a la puerta.
Era un individuo bajo, de pelo negro ondeado que peinaba a la cachetada. Poseía unos ojos oscuros y una sonrisa burlona le hería el rostro. Buenos días –saludó- soy Eddy Vilches. Usaba una camisa color crema cuidadosamente planchada y unos pantalones de lino crudo. Tenía unos pies ridículamente pequeños los que calzaba en unos mocasines terracota.
Cuando lo invité a pasar noté también que usaba colonia. Una colonia dulzona y ácida que me recordó las flores marchitas de una tumba.
Nos sentamos cerca de la fuente de greda sobre unos cajones de manzanas que era todo el mobiliario que decoraba aquel proletario parterre. El individuo parecía tener prisa, de manera que no bien hubo acomodado sus posaderas sobre un periódico que desplegó previamente sobre el cajón, sacó lápiz y algunos formularios sobre los que pareció consultar información necesaria para interrogarme. Corroboró mi nombre completo, mi número de identidad, mi edad, estado civil y demás datos que la burocracia necesita para ejercer su poder unilateral sobre los mortales. Algo, además de aquella fúnebre colonia, me olía muy mal.
En honor a la verdad no recuerdo exactamente nuestro dialogo, pero en algún momento el funcionario declaró que aquella casa me iba a ser "enajenada", esa fue la palabra que usó. Mi deuda -dijo– era tal, que no se veía factible que la pudiera saldar en esta vida ni siquiera en una próxima. Considerando además mi falta de empleo y mis "malos antecedentes"…
Probablemente en ese punto fue que lo interrumpí exigiéndole que me explicara aquello de mis "malos antecedentes". Muéstreme -le dije– dónde dice que tengo "malos antecedentes". "No hay ningún papel que lo diga específicamente"-respondió-"pero usted abandonó su trabajo, no tiene previsión social, ni seguro médico…" Y mientras lo decía, aquella sonrisa torcida que le cruzaba la cara parecía ampliarse y recogerse en un espasmo nervioso. Y era como si el hijo de puta estuviera gozando aquel momento.
Finalmente, me exigió que firmara aquellos papeles para que quedara claro que yo había "tomado conocimiento" de la situación.
Fue en ese momento que lo invité a pasar al comedor.
Le firmaré todo -le dije– pero adentro. Tengo una buena mesa de pino allí. Quiso protestar, pero yo ya me había dirigido hacia la casa y no le quedó más remedio que seguirme.
Siéntese le dije. Vuelvo enseguida.
Cuando volví del dormitorio, todavía estaba allí, aguardándome, impaciente, sentado en el borde de una destartalada silla. Al verme con la mochila y vestido con otra ropa no pudo ocultar una risita histérica. "No, si no tiene que abandonar la casa al tiro"– alcanzó a decir– Y mientras le aplastaba el cráneo con aquel garrote imagino que le respondí: "tú tampoco"
Más tarde salí al patio. Me senté bajo aquel ciruelo que en otro tiempo yo y mi difunto padre habíamos plantado y comencé a escribir esta historia que nadie debería creer.
Mientras, los pájaros se disputaban ferozmente aquel cielo de Enero.




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