11 noviembre 2007

Después de leer a Pound

después de leer a Pound
me refugié durante un año
en la biblioteca municipal
con la esperanza de leer a los clásicos
pero tuve que conformarme
con el reader´s digest
y con las inquietantes noticias
del periódico local.
se esperaba un nuevo ataque de michimalonco
y el editor se preguntaba alarmado
si la ciudad se encontraba preparada
para un nuevo incendio masivo.
desde mi sillón en la sala de lectura
podían verse los cerros circundantes
azotados perpetuamente por la lluvia y el viento.
entonces descubrí que mi mente
mostraba una peligrosa propensión
a quedarse en blanco
mientras en el centro de aquella blancura
se mostraban a intervalos irregulares
las dos eles de mi nombre.
esto es algo en lo que el maestro Pound no pensó –me dije
debo anotarlo
pero no tuve el valor de coger la pluma.
en tanto, la señorita Gerda Von Appen
con su amabilidad característica
me trae una tacita de café de cebada
y me pregunta si no me interesaría leer
algo en alemán
algo como qué -le pregunto-
oh, un libro impresionante que acabo de terminar -responde ella-
se llama mein kampf.
agradezco su gentileza y me vuelvo a sumergir
en la tinta del periódico
el editor llama a los vecinos a formar
el primer cuerpo de voluntarios de la ciudad
mientras un remalazo de lluvia golpéa el ventanal
vagamente comprendo que se trata de una pesadilla
por eso no puedo levantarme
y mi mente se pierde en una página vacía
en cuyo centro deslumbrante
el viejo rostro de Pound parece sonreir.

06 noviembre 2007

Soneto IV

En que se describe la crueldad de los poetas
ante las naturales y simples bondades del mundo.


Del vano aire que surge de la nada
tendríamos compuesta la cabeza
y la parte del pecho develada
mostraría la llama fiera que no besa

sino llaga y al final todo destruye
hasta el legítimo deseo de otra vida
más pródiga en afectos y virtudes
hasta con moros y cristianos compartida.

En el ínfimo paréntesis que vivimos
destruimos la casa que habitamos
la gracia de cantar no nos permitan

intolerancia contra quienes maldecimos
el ámbito sagrado en que cenamos
pues las tinieblas, no la lumbre, nos excitan.

04 noviembre 2007

Estábamos en 1975...

estábamos en 1975…
me ponía sentimental
y bajaba al sótano
al principio sin saber lo que hacía.
las ratas despejaban el área
y empleaban sus agudos sentidos a fondo
para escapar del peligro
pero yo no tenía intención de matarlas.
yo solamente buscaba algo
que al parecer se encontraba en aquellas profundidades.
pero en realidad no sabía lo que era.
por eso me sentaba allí
sentimental
entre los trastos viejos
entre latas de pintura resecas
entre cajas y baúles
respirando los rancios olores del pasado
que parecían actuar como un veneno.
recordaba entonces viejas canciones de Los Gatos
de Los Iracundos
de los Blue Splendor
sintiendo una vaga tristeza
a la que se mezclaba
como un polvillo un tanto pegajoso
la felicidad de otra época
en la que no me preocupaba de escribir
y era considerablemente menos tonto
en la que tenía menos ropa
y no me gustaban mis zapatos.
me acojonaba pensar que quizás
no era lo suficientemente europeo
como para dedicarme al cultivo de la poesía
o de las ciencias.
allí
tendido entre los cadáveres desmembrados
de los maniquíes
yo solía dejar que la melancolía
hiciera estragos en mi corazón.
quizás entonces me estaba convirtiendo en poeta
e incapaz de darme cuenta del peligro
no me fue posible detener aquel proceso.
un extraño impulso me hacía estar allí
en las tinieblas
como si supiera que algo muy jodido
terminaría por pasar.
entre tanto las ratas decidían qué hacer conmigo
porque para ellas la situación era confusa.
en ese momento sin embargo
haciendo un gran esfuerzo
yo me recogía
procediendo a subir los escalones
que conducían a la superficie
a algún lugar entre el salón y la cocina
desde donde reptaba hasta mi sillón favorito
en espera de las noticias de teletarde.
desde diversos angulos
hubiera podido verse mi figura sentimental
a través de las altas ventanas de aquella casa solariega
donde la enfermiza luz del atardecer
terminaba siempre por desgarrarme las entrañas.
papá y mamá, sin embargo, lo tenían todo claro
para ellos
simplemente se trataba de salir a la calle
y pelear.

03 noviembre 2007

Siempre me oculto para llorar

Siempre me oculto para llorar
en habitaciones privadas si es posible.
en el ropero entre los trajes de mis padres.
tras los rododendros y los rosales
de la quinta de mis abuelos.
cerca de la via ferrea después de saludar a los pasajeros del tren rápido.
herido entre las zarzamoras.
en medio de un bosque poblado de tarántulas y chucaos.
en el baño del colegio durante la clase de química.
encaramado en el guindo que hay en el patio de mi casa.
durante la primera guardia
mientras el soldado Mayorga, mi compañero, duerme plácidamente.
al manejar tarde a casa después del trabajo.
apoyando la cara contra la gélida ventanilla del bus
de vuelta a la ciudad en la que tú ya no vives.
en mi departamento vacío entre los vapores de la pintura fresca
justo antes de entregar las llaves porque me voy para siempre.
en mi oficina de Esslinger Hall a las tres de la mañana
mientras te escribo un email que nunca responderás.
mientras camino solo a medianoche por Sutton Square
hacia East End sin saber qué diablos hacer.
sin saber por qué para qué cuándo dónde.
lloro.
y escondo de otros animales
mis lágrimas indecentes.
inexplicables tal vez pero quemantes como brasas.
y sólo me gustaría saber
si ésto tiene alguna solución
o ya es muy tarde.

01 noviembre 2007

Der Tod ist gross

uno de mis primeros poemas
atacaba a la junta militar
posiblemente no era un poema político
sino simplemente un lamento
ante lo que se nos venía encima.
no se conocían entonces
más que los primeros crímenes
el peor de los cuales
era para mí
el toque de queda.
recuerdo vagamente
que mencionaba
cañones
pólvora
muerte
flores
primavera
y creo que el final era muy bueno
(los finales siempre han sido mi especialidad)
sin embargo nadie entendió nada
excepto que era “bonito”.
la densidad metafórica de aquel texto
hizo que aquellas nobles almas profesoriles
se enredaran en los sonidos y colores
hábilmente mezclados por mí
no para despistar
sino simplemente
porque provenían de un genuino despistado
que atribuía dones tan raros como la inteligencia
a todos sus mayores.
mi poema fue seleccionado
para leerse en la ceremonia del lunes
y yo – que por aquel entonces
ya solía entonar mis canciones ante públicos masivos
como los del festival de los paraguas-
temblaba como lo que era:
un tímido colegial.
leí pues como si cantara
ante mis compañeros
grandes y pequeños
marcialmente formados ante la gloriosa enseña nacional.
dos o tres estaban en el secreto
y esperaban verme arrestado
o por lo menos “suspendido”.
pero nada de eso ocurrió
el primero en darme la mano y felicitarme
fue el interventor militar del colegio
un capitán de carabineros
de quien todavía recuerdo el apellido
luego se apresuró a abrazarme la “vieja” de castellano
quien a sus veintisiete años me amaba sin ninguna esperanza.
me felicitó también el correctísimo señor Véliz
director de nuestra noble institución
insistiendo en que el poema debía publicarse en el diario mural
donde se mantuvo hasta que aquel papel no libre de ácido
se anduvo poniendo amarillento.
el poeta sin embargo se sintió decepcionado
y fuese a recluir a las ruinas de un colegio vecino
donde gran parte de la biblioteca había sido abandonada
y los volúmes empastados yacían desperdigados por el suelo.
allí entre los escombros de aquel edificio que parecía recien bombardeado
sentado sobre los peldaños de una escalera que conducía directamente
al cielo azul de la mañana
trataba de leer un poema en uno de aquellos libros abandonados.
Der Tod ist gross
wir sind die seinen,
lachenden munds
- decía -
wenn wir uns mitten im leben meinen
wagt er zu weinen
mitten in uns.
y tenía razón.

04 septiembre 2007

Elegía para Coco López

Ante la florecida tumba del mejor amigo de mi amigo
No puedo sino sentir el aliento de la muerte
Que mece delicadamente los yuyos y la menta.
Su eterno vacío me da en los ojos
Y en los girones del alma que me queda
En el corazón también, seguro
Aunque no sé exactamente donde su vacío duele más
Un pequeño hermano que ya no corre
Ni deambula, ni se expresa, ni exige su puesto a la hora de cenar
Tampoco experimenta celos ya más
Su sueño es más pesado que nunca
Y ya no para la oreja
Justo antes de que alguien golpée la puerta principal
Y entonces ya no puede dar sus bienvenidas
Sus saltos y su lenguaje que aprendimos
Y que nunca empleamos.
Su presencia tan vivaz nos obliga a imaginarlo
En otro patio, en otra cocina
Cerca de otra radio a transistores
Que le trae nuestras nuevas
Y una dulce canción que lo adormece
Y le dice que todo está bien
Que el tiempo ya no existe
Aunque exista el amor.

Ardmore, Septiembre 4 de 2007

06 mayo 2007

Michelle, ma belle

Michelle piensa que estoy de su lado.
¿Yo de su lado?… Ni cagando, ¿sabes? Antes quizás pude estar de su lado, pero antes Michelle no era ni parecida a la (corrijo: “a lo”) que es ahora. Porque Michele es del tipo de chicas que suelen sufrir esos procesos de trasformación acelerados que dan vértigo. O sea, del tipo de chica que conoces un verano queriendo tirar en cualquier parte; en la playa, en el auto, en la cocina, en el jardín, en el balcón, en el ropero… y que aparece al verano siguiente vestida de traje, con el pelo recogido en un tomate, no queriendo ni oír hablar del falo. O sea, ¿quien entiende nada? Metamorfosis, mutación, transmutación, regeneramiento, conversión… Tú ponle nombre. O, el caso inverso, la niña de papá que al comienzo del otoño caminaba todavía sobre nubes de rosado algodón y que de repente te la encuentras en una fiesta de fin de año mordiéndote una oreja y agarrándote la pija como si siempre hubiera sido una puta.
Para mí es un misterio. Aunque, a decir verdad, uno de aquellos misterios que te importan un comino.
Esos golpes de timón, esos cambios de piel, esas re-invenciones de sí mismas a los que algunas mujeres son adictas, y que comienzan siendo un patético truco para auto-engañarse, terminan por impornérsenos a todos. Cómo si fuera natural que con un nuevo peinado, un nuevo estilo y un nuevo ropero se produzca el milagro de una nueva persona. Sólo algunos mortales que las rodean parecen sorprenderse, la mayoría termina por resignarse ante lo absurdo.
Porque lo absurdo es la sustancia del mundo.
Ya lo decía mi venerable abuelo Sa'id Al Mirayah a quien Alá El Magnífico bendiga entre los suyos.
Michelle piensa que estoy de su lado. Pero no. No podría.
Esta Michelle que hoy ha venido a interpelarme ha sufrido severas transformaciones. Mutaciones de piel y de cerebro. Ha atravesado procesos cuya espantosa complejidad han borrado todo vestigio de lo amado. Su sonrisa pop, sus lentes rosados, su cabellera rubia hasta la cintura, la letra de Misery que no pudo recordar.
Pero, visto de otro modo, soy yo el que no madura. Soy yo el que espera que el tiempo no sea lo que es y que no se haya llevado, junto con los cabellos de Michelle, aquello que creí, que creo todavía, era incorruptible y eterno.
Michelle piensa que estoy de su lado. Pero Michelle ya no es Michelle.
Y yo todavía soy el mismo.
Es horrible.

A bordo de un viejo vapor

A  la memoria de Jorge Torres   Del pasado ascendía como niebla el alma del río   Gunnar  Ekelöf   C on   el p...