09 noviembre 2006

¡Al campo!

¡Campo! ¡Ese horrible lugar donde los pollos corren vestidos con plumas”

Julio Cortázar

Para Cecilia

En noviembre de 1975, siendo el subscrito, Jefe de Plaza de la po­pulosa ciudad de Santa María La Blanca, ubicada en el extremo meri­dional de la Repú­blica de Chile y, habiendo conocido el desprecio a la naturaleza manifestado en reiteradas oportunidades por la vecina que más abajo se individualiza, de­creté el siguiente bando:

BANDO Nº 37

1º Sométase a relegamiento y a trabajos forzados en la isla de Cahuach, Archipié­lago de Chiloé, Xª Re­gión, a la ciudadana que a continuación se indica:

Doña María Josefina Venturini Bahl, Cédula de Identi­dad Nº 8.163. 017-2

2º La extensión del periodo de relegamiento se man­tendrá hasta com­probar que la ciuda­dana relegada haya desarrollado un amor in­condi­cional por el campo y por la vida ru­ral, habiendo aprendido en el trans­curso de la pena, las habilidades necesarias para adaptarse a dicho me­dio y de esta manera se encuentre apta para alcanzar la felicidad.

Decretado en Santa María a 10 días del mes de Noviem­bre del año 1975.

Notifíquese y cúmplase

Firmado

Arturo Rodas Siegenthal (G.D.)
Jefe de Plaza
IV División
Ejército de Chile


Como creo anticipar que a muchos lectores extrañará esta medida, a primera vista desproporcionada, en contra de una ciudadana aparen­temente in­ofen­siva, intentaré un relato que dé cuenta, lo más objetiva y exacta­mente posible, las circunstan­cias que dieron origen a la misma, así como el desarrollo y pos­terior desenlace de los acontecimientos.
En tiempos en que proliferan los juicios persecutorios en contra de quienes servimos amorosamente a la Patria y quienes no titubeamos a la hora de usar enérgicamente la autoridad que, por otra parte, sólo confiere Dios, Nuestro Señor, un relato como éste, ayudará a compren­der los alcances y el verdadero sentido de la acción militar durante aquellos gloriosos días que la historia se obstina en recordar como “dictadura”.

He aquí los hechos:

Creo que fue a poco de haberme instalado en mis oficinas, en el último piso del edifico de la IV División de Ejército, que recibí la visita de una distinguida dama de aquella ciudad. El propósito: Invitarme personalmente a un “Vino de Honor” para festejar mi reciente llegada y para que tuviera la oportunidad de conocer a lo más granado de la so­ciedad local. Se trataba pues, de una oferta imposible de declinar. Mani­festé mi complacencia y prometí acudir puntualmente el día y la hora estipulados en la primorosa tarjeta que la señora había puesto en mis manos.

Concurrí pues a la ceremonia. Allí tuve ocasión de departir ama­blemente con la mayoría de los nobles patriotas que habían colaborado en derrocar el detestable régimen del Doctor Allende. Ciudadanos que había arriesgado la piel durante las oscuras horas de la pesadilla marxista y que se mostraron muy complacidos de mi presencia en la ciudad.

Allí fue también donde vi por primera vez a la señorita Venturini de quien, preciso es confesarlo, me enamoré en el acto. Ciertamente aquello fue motivo de mucho dolor, siendo yo un hombre felizmente casado. Sin embargo, ya sabéis lo caprichoso e irracional que suele ser el sentimiento amoroso. En incontables ocasiones este sentimiento hubo de doblegar la férrea voluntad de este viejo soldado, tornando su vida poco menos que en miserable. Lo cierto es que aquella vez volví a casa con la amarga sensación de haber sido derrotado sin haber tenido la más mínima oportunidad de defenderme. Traspasado y fulminado por los adorables ojos de la señorita Venturini. Esa es la verdad y de nada serviría ocultarla.
Sin casi proponérmelo me encontré ordenando a mis subordina­dos inquirir todo tipo de detalles sobre la vida de aquella orgullosa jo­ven. Así fue como me enteré de que pertenecía a una de las más pode­rosas familias de la zona. Su abuelo, un inmigrante italiano, había hecho fortuna poniendo una cristalería que pronto se había hecho famosa en todo el sur y aún en la propia capital. Por parte de la madre, entroncaba con una distinguida familia de la próspera comunidad alemana de la zona.
María Josefina era alta, más alta que yo, que no soy precisamente bajo. Su aire elegante, al tiempo que su natural vivacidad y desplante, la volvían siempre el centro de la atención. Cultísima, terminaba sub­yugando siempre a quienquiera fuese su interlocutor. Sabía debatir con una agudeza digna del mejor abogado. Y es precisamente en este rasgo de su personalidad donde había algo sospechoso. Sin embargo, en un principio, ofuscado por mis sentimientos, no reparé en ello.
En contra de todos mis principios y creencias, comencé a corte­jarla. Aunque lo correcto sería decir que intenté cortejarla.
Cierta tarde, durante el transcurso de una de aquellas reuniones sociales, que, huelga decirlo, se habían hecho habituales, la invité a dar un paseo en mi lancha deportiva. Aceptó de inmediato.
Volví a casa flotando en el aire. Por supuesto, en mi ingenuidad, producto de mi poco trato con mujeres, tomé aquello como una muestra indesmentible de su simpatía hacia mí y, eventualmente, de atracción.
Aunque no soy un hombre feo, no me atrevería a afirmar que soy especialmente atractivo. Cuestión que, por lo demás, y hasta ese mo­mento, me había tenido absolutamente sin cuidado.
Aquella tarde, sin embargo, me asomé al espejo y sometí mi rostro a una minuciosa inspección. Me encontré viejo.
Llamé a mi esposa y le pregunté que me sugeriría para mejorar mi aspecto. Mientras la buena señora se reía y se divertía a mi costa, fue sugiriéndome que eliminara el bigote, podara mis frondosas cejas y re­cortara los pelos que asomaban por mis fosas nasales. Lo hice.
Cuando hube terminado, ella me contempló admirada y me dijo con voz ronca: “te sacaste de encima por lo menos unos diez años”. Después quiso tirar. Pretecté un súbito dolor de cabeza y abandoné raudamente la habitación. Desde mi despacho la sentí llorar y arrojar algunos objetos contra los muros.
El paseo en lancha fue maravilloso. Hacia media tarde atracamos en una pequeña isla en medio del río. Ella me explicó que se llamaba “Isla Sofía” y que cuando era chiquilla, ella y sus amigos, solían venir con frecuencia.
Hicimos pic-nic.
Conversamos, comimos y bebimos alegremente.
No estábamos de acuerdo en casi nada, pero yo ocultaba mis pen­samientos mientras me decía que entre un hombre y una mujer, no estar de acuerdo no significa nada cuando hay atracción. Así que yo la escu­chaba hablar, haciendo esporádicos comentarios, más bien irónicos, como cuando se escuchan las delirantes historias de los niños.
Una vez que fuera mía, pensaba, ¿qué importancia tendrían aque­llos pensamientos contradictorios, aquellas inquietudes adolescentes con que se devanaba los sesos? Pensamientos inmaduros, propios de una señorita mimada que no conoce la realidad.
En aquel momento se me antojaba que la realidad era yo.
En algún momento estuve tentado de realizar algún avance pero lo pensé mejor y decidí que no era todavía oportuno. Quería enamo­rarla. Que madurase como una jugosa fruta en lo alto de la rama. En el momento preciso caería dulcemente en la palma de mi mano.
Y sonreía feliz.
Mientras volvíamos, nuestra poderosa embarcación iba dejando una estela tras nosotros. Comandando aquella lancha sentía que con­trolaba mi propio destino. Sentía que las gaviotas me saludaban; que el sol de aquella tarde brillaba sólo para mi. Miraba los rubios cabellos de María José Venturini flotando en el viento e imaginaba, me convencía, que pronto sentiría su perfume derramado sobre mi pecho. Y sentía un impulso irresistible de abrazarla.
Ya en el muelle, casi al despedirnos, se me quedó mirando y me dijo: “Tienes algo raro… ¿qué es?...”-vaciló un momento- “¡Ah, te cor­taste el bigote!”Y luego de otra pausa agregó: “¡vaya, te echaste en­cima por lo menos unos diez años!”
Me quedé helado. Sin atreverme a pronunciar una palabra más le di la mano y me marché.

31 octubre 2006

ne oublier jamais.


Resulta que antes, hace como treinta años atrás, existía una gran playa en el barrio de Las Ánimas. Se extendía uno, tal vez dos, kilómetros, comenzando justo a partir del puente Calle-Calle.

Yo habitaba allí casi todos los veranos.

Era una hermosa playa de río y se encontraba bastante bien habilitada y mejor cuidada por el municipio. Lo curioso es que, aunque siempre había salvavidas en sus atalayas de vigilancia, cada verano tenía que ahogarse alguien. Casi siempre algún imprudente que se alejaba de la línea demarcada por las boyas anaranjadas o que se internaba en las traicioneras aguas del extremo norte de la playa, zona reconocidamente peligrosa por la presencia de algas y su fondo fan­goso.

Sin embargo, estas muertes, eran apenas una nubecilla en el panorama amplio y luminoso del verano.

Éramos felices, aunque probablemente no lo supiéramos.

Sólo ahora, después de tantos años, caigo en la cuenta que acaso nunca he sido tan feliz.

Éramos un grupo de cuatro amigos. Lito, Alex, Willy y yo. Todos muy altos y buenos mozos. El más alto era Lito que se empinaba por el metro 80. Tal vez el más buen mozo, Alex, con sus cabellos castaños y ondeados y su metro 78. Yo era el más moreno, con mi pelo negro azaba­che y mi metro 76; Willy era rubio, de ojos verdes y el más bajo de los cuatro con su metro 72. La estatura era un tema que nos obsesionaba por aquel entonces.

Y la natación, claro.

Éramos verdaderos peces en el agua.

Nuestra rutina era simple. Llegábamos temprano en la mañana, tirábamos nuestras toallas, nos quitábamos la polera y corríamos al agua. Ninguno de nosotros era de aquellos que arru­gaba al sentir la temperatura del H2O. Aquello hubiera sido una mariconada imperdonable. Así que ni pensarlo. Una vez que corrías al agua sabías que terminarías con una larga zambullida y continuarías nadando, estilo libre o “braceado”, hasta alcanzar las balizas. En nuestro exclusivo club también habían estilos proscritos: nadar de pecho o “a lo perrito” hubiera sido considerado por cualquiera de nosotros algo indigno. Aquellos estilos sólo iban bien con una chica y, por su­puesto, con el susodicho animalito.

Pero, hay un verano que recuerdo con especial nostalgia.

Todos teníamos catorce años y tengo la impresión que todos éramos vírgenes. Sin perjuicio de lo cual, cada uno de nosotros era capaz de referir con lujo y abundancia de detalles, una canti­dad indeterminada de apasionados encuentros con minas que siempre resultaban ser mayores e increíblemente atractivas. En mi caso, los detalles procedían de las aventuras de mi hermano Juan Luís, quien siempre me tomaba por confidente de sus más obscenas proezas amatorias. Este gran bastardo siempre iniciaba sus confidencias con la misma incómoda pregunta: “¿y?... ¿ya le conociste el ojo a la papa?”… Yo creo que todos sabíamos que mentíamos, pero nadie se hubiera atrevido a cuestionar a nadie. Ello hubiera implicado una suerte de suicidio colectivo ya que parte de nuestra identidad se sostenía precariamente en aquel tinglado de mentiras mutuamente consentidas.

Por otra parte, nuestra secreta aspiración era convertirnos, algún día, ojalá no muy lejano, en salvavidas de aquella maravillosa playa.

Y entonces ser como Atilio.

Un individuo que nos despreciaba olímpicamente, ya sea que se encontrara apostado en su alta torre, vigilando el atestado transcurrir de la playa o bien, sobre las ardientes arenas, cal­zando sus primorosas hawaianas importadas, exhalando el exquisito aroma de su bronceador mien­tras ajustaba las lentes de sus binoculares sobre el culo de alguna muchacha.

(Hay quie­nes sostienen que aquella era la inconfesable causa de que siempre se ahogara algún gil du­rante la estación.)

Nos acercábamos a Atilio. Le metíamos parlé. Lo adulábamos, incluso. Hasta que de tanto en tanto, condescendía a contestarnos con algún monosílabo. Pero siempre se las arreglaba para humillarnos; siempre encontraba la oportunidad para cagarnos.

¡Aquel tano conchesumadre!

Ya por la tarde cuando sacudíamos la arena de nuestras toallas para marcharnos, lo veíamos engrupiendo a alguna mina rezagada. Moviéndole la culebra. Conven­ciéndola de entrar en su citroneta color caca de donde –lo anticipábamos- no saldría viva.

Todo este tipo de huevadas contribuían a darnos una imagen distorsionada de la realidad. Nos imaginábamos infelices. No calzando hawaianas importadas ni enfocando poderosos binocula­res zenith sobre culos estatuarios, ni usando bronceadores de acentos ferinos. Careciendo de nombres y apellidos italianos, y sobre todo, no siendo propietarios de una citroneta color caca, la playa se nos atojaba poco menos que un valle de lágrimas.

¡Dios mío, si pudiera volver tan sólo fuera un segundo para tocar el hombro de aquel mucha­chito, guiñarle un ojo, convencerlo, desde el distante futuro, de que andaba desparramando nada menos que en el paraíso¡

Sin duda, aquel verano pasaron muchas cosas, pero esta noche sólo quiero insistir en dos.

Una de aquellas cosas se llamaba Katia, la otra, Manuela.

Ocurrió que aquel verano pololeé -o al menos eso creí- con ambas. No podría decir cuál de las dos era más bella, puesto que ambas lo eran en demasía. Ambas me volvieron loco; ambas me hicieron sufrir. Y si todavía me acuerdo de ellas es porque me besaron de tal manera que aún después de treinta años puedo sentir aquella dulzura incomparable. Por último, existía otra co­incidencia entre ellas, ambas mentían con total desparpajo. Katia tenía más de 17 años, pero fingía tener solo 15, Manuela no tenía más de 10, pero aseguraba tener 13.

Por otra parte, am­bas se odiaron a muerte.

Otra cosa: si Lito, Willy o Alex contaran esta historia, mentirían diciendo que ellos fueron los pololos de Manuela y Katia. La verdad es que ellas flirteaban con ellos, pero sólo a mí me ama­ron.

La primera vez que vimos a Katia fue una mañana al emerger de nuestro segundo baño. Era ya cerca del mediodía. Nos encontrábamos secándonos al sol cuando entre la mucha gente que venía arribando, apareció una chica de pelo castaño, vistiendo jeans y una polera que decía algo en francés. Acompañaba a un anciano calvo y flaco que se despla­zaba apoyado en un bastón. Al llegar cerca nuestro, plantó la gran sombrilla que traía al hombro y desplegó una pequeña silla de lona para el viejo. Luego de estirar su gran toalla y de quitarse los jeans, se sentó y comenzó a aplicarse crema bronceadora en los brazos, las piernas y el rostro. Al cabo de un rato, pasó rauda a nuestro lado y se zambulló sin titubear en las aguas.

Nadaba mejor que cualquiera de nosotros.

Y eso fue lo que nos subyugó a todos. La vimos llegar en unos pocos segundos hasta la mitad del río, bastante más allá de las balizas anaranjadas, donde se mantuvo luchando contra la co­rriente que, en ese punto, bien lo sabíamos, era muy poderosa. Pero, la corriente no la movió ni un centímetro. Luego de un cuarto de hora regresó, nadando con elegancia, a grandes braza­das, en un estilo crowl magnífico.

Cuando por fin emergió de las aguas y enfiló hacia nosotros, ya no era la misma. El agua que corría por su cuerpo resplandeciente la dotaba de una suerte de aureola cristalina y casi mística.

¡Una diosa, huevón! –comentó arrobado el Lito.

Nos apresuramos a encontrarla ofreciéndole nuestras toallas, lo cual rechazó con una gentil sonrisa.

Nos presentamos. Quisimos saber dónde y cómo había aprendido a nadar así. Pero, aparte de decirnos su nombre, declinó amablemente entrar en más detalles. Se excusó pretextando vol­ver a atender a su abuelo.

La vimos caminar aquellos pocos metros que la separaban del anciano dejando el rastro de sus hawaianas y de dos o tres prístinas gotas de agua en la arena. Y por supuesto, le miramos el poto que era una obra de arte sublime.

Después del almuerzo que consistía siempre en sándwiches y coca-colas, encendimos cigarri­llos. En aquel lejano entonces, grandes atletas como nosotros, no consideraban incompatible el uso del tabaco con la práctica del deporte.

Mientras sopesábamos diversas estrategias para conseguir un poco más de atención de aquella fantástica nadadora, fue que apareció Manuela. Guiaba una bicicleta muy cerca de las aguas, allí donde la arena era más firme y húmeda. Creo recordar que aquella bicicleta era muy grande, de un color verde oscuro y con la pintura un tanto desconchada. En ella la ciclista parecía más pequeña de lo que en realidad era, pedaleando de pie, subiendo y bajando rítmicamente, siguiendo un rumbo un tanto errático. Iba a volver la vista cuando de pronto, un niño que salió hacia la orilla persiguiendo su enorme pelota de playa obligó a la ciclista a hacer un brusco movimiento para no atropellarlo, maniobra que terminó con ella en el suelo arenoso y húmedo.

Salí corriendo en su auxilio. Cuando llegué a ella, ya se estaba incorporando. Le tendí la mano mientras el chiquillo causante del pequeño accidente nos miraba con su planetaria pelota en brazos.

“Estoy bien, estoy bien”, repetía. Pero yo no estaba seguro. Levanté el armatoste que conducía y comprobé que pesaba bastante. Al dar unos pasos, la chica, emitió un grito de dolor y se sentó en la arena. “Creo que me torcí el tobillo” se quejó.

Mis amigos habían llegado a la novedad. También Katia. Mas, luego de comprobar que no había gran cosa que hacer, se alejaron por la orilla charlando amigablemente; los cuatro. La oportunidad que buscábamos. Por un momento pensé en unírmeles, pero al volver la vista hacia la accidentada y ver lágrimas en sus hermosos ojos, opté por sentarme a su lado.

-“Me llamo David”- le dije.

-“Soy Manuela”- dijo, pasándome la mano. Una mano delgada y cálida que retuve un momento en la mía. Sentí como una punzada en algún lugar del pecho o del estómago. Algo raro.

-“Es un lindo nombre” – Comenté.

Me miró sin decir nada, directamente a los ojos. Y me pareció la chica más bella que había visto en toda mi vida. Era alta y bien flaca, el pelo oscuro, no negro, más bien un castaño muy oscuro. Tenía una pequeña cicatriz cerca de su ojo izquierdo, en la sien. Sus labios eran grandes y húmedos y cómo que no le iban a su rostro de rasgos delicados. Su nariz era perfecta. Quiero decir, per-fec-ta. Como aquellas que aparecían en los manuales del curso de dibujo de la Modern School que había seguido Juan Luís por correspondencia.

¿Te duele?- Le indiqué el tobillo.

Si, un poquito.

-Déjame ver –le pedí, y ella extendió su pierna hacia mí. Le quité la zapatilla y el calcetín y tomé entre mis manos su tobillo. Apreté ligeramente y se quejó. Pensé que quizás necesitaba un médico.

-Creo que se está hinchando- dije. ¿Andas sola?

- Siempre vengo a la playa sola.

Se me ocurrió la idea de llevarla a su casa. La senté en su vieja bici y para que no tuviese que pedalear, me fui caminando a un costado, llevándola. Era una bici de mujer, hubiera sido más fácil con una de hombre, pero yo ni siquiera pensaba en eso. Antes de partir les avisé a mis amigos quienes todavía conversaban con Katia quien me miró de una forma extraña y me sonrío al despedirnos.

Manuela vivía bastante lejos de allí, en la calle Carlos Andwanter, en una casa enorme de madera que olía a jengibre y a café de grano. La ayudé a subir las escaleras hasta su cuarto. Detrás nuestro subió la tía Ana y tras examinar la lesión, declaró que no le parecía nada serio, pero sólo por precaución iba a llamar al Doctor Martínez.

-¿Y este jovencito quién es?- preguntó después, como si recién me hubiera visto.

- Es David- me presentó Manuela. Es mi nuevo amigo- recalcó.

La tía Ana bajó las escaleras y al cabo de un rato volvió con galletas de jengibre y un par de tazas de té. Después nos dejó a solas.

Manuela se quitó la blusa y se quedó en camiseta. Era una camiseta calada y se le podían ver los sostenes bajo ella. De todas maneras sus pechos parecían tan pequeñitos que era como si nada. Noté que en su antebrazo izquierdo tenía una gran cicatriz.

-¿Qué te pasó ahí? Le toqué la cicatriz con un dedo.

-Ah, no. Me hice una herida una vez, respondió, no dándole importancia.

-Yo tengo un motón de cicatrices- se río- parece como si hubiera ido a la guerra.

-¿Tú no tenís?...

Pensé en mis propias cicatrices. Cada una tenía su historia. Algunas vergonzosas.

-Sí, claro que tengo.

-A ver, muéstrame una. Me exigió.

Incliné la cabeza ante ella. Pero, no entendió.

- Ya pues, me urgió.

-Pero si te estoy mostrando una- le dije, inclinando un poco más la cabeza.

-Ah, tenís una en la cabeza?... A ver… y hurgó con sus hermosas manos en la maraña de mis cabellos.

-Ah, es cierto- exclamó de pronto- aquí está, tiene la forma de un siete.

- ¿Te pusieron puntos? ¿Qué te pasó? ¿Te caíste?...

- No, no me pusieron puntos. Estaba en el campo cuando pasó. Me cayó un hierro muy grande en plena cabeza.

-¡Ay que mala suerte! ¿Y te desmayaste?

-Estuve inconciente como tres días. Cuando desperté no sabía ni quien era.

Se llevó las manos a la boca haciendo un gesto de sorpresa y conmiseración al tiempo que abría los ojos.

-¡Ay, pobre! Y me abrazó.

-Yo creo que mis viejos pensaron que me iba a morir o que no iba a despertar más. Estábamos en el campo de mi abuelo, en plena montaña, a miles de kilómetros de la civilización. No hubieran llegado conmigo a Valdivia ni en dos días. Así que no les quedó otra que rezar. El problema era que no sabían rezar.

-Tiempo después, la hija de los inquilinos, Fresia, me contó que su madre había ido a buscar una bruja y que en realidad ella fue quien me salvó.

-¡Una bruja!

-Sí, una bruja. O sea, eso es lo que me dijo la Fresia.

-¿Y tu mamá que te dijo?

-Mi mamá me dijo que después del golpe en la cabeza había quedado más inteligente.

Y cuando dije esto estábamos tan cerca que nos quedamos mirando fijamente a los ojos y después soltamos la carcajada. Nos reímos como media hora. Es decir, no podíamos parar de reír. Tratábamos, pero no podíamos.

Hasta que llegó el Dr. Martínez, seguido de la tía Ana.

-A ver… ¿dónde está la muerta?- preguntó. Al escucharlo, Manuela y yo nos quedamos mirando y estallamos nuevamente en carcajadas, aún más fuertes que antes.

El Dr. Martínez nos miraba asombrado.

-Sabía que era gracioso, pero nunca tanto- comentó. Con lo cual desató otra ola de carcajadas.

Pero la tía Ana estaba seria.

-¡Por Dios, esta niñita! A ver, ¡muéstrale tu pie al Dr.! ¿No era que tenías un esguince?

El pie de Manuela estaba moderadamente hinchado, así que el Doc lo friccionó con una crema, puso una venda elástica y dijo:

-Descansa el pie un par de días. No lo fuerces, ¿me entiendes?. Manuela asintió con la cabeza.

-¿Alguna pregunta?...

-Sí, ¿no tiene una crema que no sea tan hedionda?

- ¡Por Dios, la niñita pretenciosa!- Se escandalizó la tía Ana.

El Dr. Martínez cerró su maletín, movió la cabeza y dijo:

- Hay otra crema, pero está es la que huele mejor. Tienes suerte que haya traído ésta.

Manuela arrugó su hermosa nariz “modern school” y se despidió del Doc.

-Creo que yo también me debería ir- dije.

Ella no dijo nada. Sin embargo, creí advertir en sus ojos profundos y expresivos un tenue relámpago de decepción.

- ¿Vendrás a verme?

-¿Puedo?

- Ahora somos amigos, ¿no?

- Entonces vendré mañana.

Cuando nos despedimos me abrazó reteniéndome un momento y me besó muy cerca de la boca.

Mientras caminaba de regreso a casa, pensaba que en todo esto había algo raro. Y lo raro era que a pesar de conocerla hacía apenas algunas horas, sentía como si la hubiera conocido desde siempre. Como si la hubiera vuelto a encontrar después de una larga temporada en el limbo.

En casa seguí pensando en ella. Durante la cena seguí pensando en ella. Y luego, mientras escuchaba el radio en mi refugio del fondo del patio, seguí pensando en ella. No me la podía quitar de la mente. Y tampoco quería. Y era como una tristeza; una sensación de angustia y desolación, pero al mismo tiempo una sensación de felicidad húmeda que me desgarraba el hígado.

De semejante estado de delicuescencia vino a rescatarme Pete, El Negro, que era un tipo de modales muy refinados. Primero tocó la puerta con la cola para después asomar su delicado hocico, excusándose por molestar. Lo invité a pasar, agasajándolo con un par de galletas, las que devoró minuciosamente. Luego de cerciorarse de no haber desperdiciado ni la más diminuta migaja, procedió a agradecerme con un lengüetazo en plena cara. Luego se me quedó mirando.Tras su antifaz de caco ardían dos llamitas que me interrogaban, como si dijeran “¿qué te pasa, huevón?”

Por aquellos años, yo era un gran lector y siempre tenía a mano algún libro magnífico. Mi pasión era leer ciencia ficción, así que normalmente tenía algún tomo de la colección Nebulae o Minotauro. Esta pasión era clandestina, puesto que mis padres temían que la lectura de libros como Las arenas de marte o El planeta errante me “sorbieran el seso” o sea, que terminara más loco de lo que ellos sospechaban que ya era. He ahí una de las poderosas razones para mi huida al fondo del patio y la construcción allí de mi “bunker”. Mi padre dio su autorización con la secreta esperanza de que ello fuera un capricho momentáneo o que yo desistiera del propósito al enfrentarme con las dificultades de transformar aquella leñera en desuso en mi “espacio”. Se equivocó, por supuesto. En parte porque no compartíamos los mismos conceptos estéticos, en parte porque nuestra idea de la “comodidad” tampoco coincidía. Lo que es mi madre nunca se aventuró a entrar en lo que ella llamaba mi “covacha” y mi padre, cuando comprobó que yo había evacuado todas mis bienes del dormitorio que compartía con Juan Luis, sólo comentó: “ Te vas a cagar del frío”.

De manera que allí, en mi covacha yo leía, dormía y soñaba. Aparte de realizar mis tareas y estudiar un poco.

Probablemente eran ya como las nueve mientras trataba de retomar la lectura de una revista en la que no podía concentrarme porque, ya saben, se interponía el rostro de Manuela y me acordaba de todo lo que nos habíamos reido aquella tarde. Probablemente eran las nueve y hacía calor y todavía estaba claro. O quizás era más tarde cuando comenzó a parpadear la lamparita de 12 volt que tenía junto a la cama. Era el timbre silencioso que yo había instalado y de cuya existencia sólo sabían mis amigos. Así que supe de inmediato que afuera en la calle estaba el Alex, o el Willy o Lito o cualquier combinación de ellos. Y, mediante otro sofisticado mecanismo de mi invención, desactivé a distancia el pestillo del portón.

Apareció Alex.

29 octubre 2006

Sueños

Tuve un sueño
y en el sueño estabas tú.
Claro que tú no eras tú.
En el sueño eras hermosa,
con esa hermosura perfecta de las pesadillas
de las que duele despertar
y que nos dejan mal parados en la realidad.
Es cierto que tú eres hermosa;
no se puede decir lo contrario,
pero tu hermosura es real
y, por lo tanto, no más que una pobre convención humana.
Eres humana
y por eso sé que nuestro amor
no es eterno.
Tampoco yo estoy a la altura de tus sueños,
en los cuales siempre poseo atributos exorbitantes.
En el reparto figuro nada menos que como tu alma gemela.
Es decir, algo francamente monstruoso.
Pero en mi sueño de algún modo estabas tú.
Y todo lo que hacías me placía locamente
porque te amaba como nunca he amado en esta vida;
como nunca seré capaz de amar.
Porque en el reducto inconmensurable del sueño
vivíamos en una libertad vertiginosa
donde todo era posible
y todo, perfecto.
Aquella pasión no sería posible en la vigilia;
aquella ternura nos haría explotar como animales en el espacio sideral.
Así que ingrávidos en el sueño, vagábamos
ajenos a toda responsabilidad.
Presos de una peligrosa tendencia al asesinato.
Tu me ahogabas con una ternura infinita
arrasándome como un magma ígneo
en tanto mis cenizas oscurecían el cielo.
Yo te abrazaba hasta que no eras más que la cola dorada de un cometa
o el aire perfumado de un amanecer en el jurásico.
Nos disolvíamos sin dejar huellas
en aquel crimen perfecto que era nuestro amor.

31 agosto 2006

Como el ritmo del tren

Esta es una traducción del poema "Like the train´s beat" de Philip Larkin que me ha dado considerable trabajo. Sin duda, se cumple aquí el fatal designio del propio Larkin quien juzgaba imposible la traducción de un poema. Pero yo soy esencialmente porfiado y, me acojo, por último, a la idea de que una traducción es, mal que bien, una versión, una interpretación, un ejercicio creativo. El poema pertenece al primer libro de Larkin The North Ship que ya casi he terminado de trasladar al castellano.
Sería muy estimulante leer sus opiniones


Como el ritmo del tren
El rápido lenguaje agita los labios
De la aeromoza polaca en el asiento del rincón
El parpadeante sol
Enciende sus pestañas,
Recorta la definida vivacidad de sus huesos.
El pelo salvaje y controlado, cayéndole hacia atrás.
El gesticular de su charla extranjera,
Como los robles ingleses
Que pasan veloces por la ventana,

El tren rueda por zonas baldías
De ciudades. Aún las millas superadas
Se diversifican detrás de su rostro.
Y todo humano interés
Cae ante su belleza angulosa,
Como las arremolinadas notas que se aprietan
En la garganta de un pájaro, emitiendo sinsentidos
a través de los cielos escritos; una voz
regando un sitio de piedra.

21 agosto 2006

Magallanes

“Mucho me temo que ya no podré hablar seriamente de nada. Mi alma cree en algo que mi razón se ve obligada a negar”

Yo, Otro
Imre Kértész



Alrededor de las 10 PM del 7 de Abril de 1978, el teniente Abelardo Martínez Pesutic se encontraba cumpliendo funciones como comandante de una patrulla de vigilancia motorizada perteneciente al regimiento Coraceros, en la austral ciudad de Santa María. Todo había resultado normal hasta ese momento, y nada presagiaba un cambio en la paz con que se había desarrollado su trabajo. Sin embargo, sintió hambre y cansancio mientras circulaba por las húmedas calles de la ciudad. Pronto entregaría la guardia y eso lo consolaba. Uno de los conscriptos le pidió un cigarrillo y mientras sacaba uno para sí y le alargaba el paquete, comenzó a sentirse vagamente triste. Mas tarde, mientras el vehículo rodaba lentamente por avenida Picarte, mirando sin ver los escaparates iluminados con sus fantasmales luces de neón, fue que lo acometió un impulso irresistible de llorar. Sintió que los ojos se le inundaban de lágrimas y que estas comenzaban a rodar por sus mejillas. El cabo que conducía el jeep lo miraba por el rabillo del ojo de modo que se volvió hacia la ventanilla y vio sus rostro reflejado contra la noche. Aspiró profundamente el humo de su “advance” al tiempo que buscaba algunos pañuelos desechables en la guantera. Se sonó las narices y enjugó las abundantes lágrimas. En ese momento el conductor le preguntó si se sentía bien. Contestó que sí. El humo se le había metido en los ojos, mintió.
-¿Qué está quemando, mi teniente? – bromeó el cabo.
-“Advances”- dijo y sintió como un nudo en la garganta.
-pero esos son suavecitos, ¿no?-
- Sí, bajos índices. No soy bueno para el tabaco- se defendió, mientras sentía que iba a estallar en llanto como si acabara de hacer una penosa confesión.
-¿Sigo por la costanera, mi teniente?
-Sí, sí- se escuchó musitar.
El soldado tomó la amplia avenida que bordeaba el río. Algunas parejas de enamorados permanecían abrazados en los bancos de piedra; otros caminaban lentamente tomados de la mano. Una lancha surcaba las oscuras aguas entre la neblina que ya comenzaba a borrar la orilla opuesta.
El teniente Martínez se sentía cada vez más triste y asustado. Y por más que se esforzaba, no lograba comprender la razón de aquella súbita tristeza. No era hombre dado a las depresiones, sino más bien de un talante equilibrado; hasta jovial a veces. De hecho, no recordaba haber llorado desde el fusilamiento de su hermana Claudia, y de ello hacía ya cinco años. Aquella vez sí se le escaparon un par de lágrimas en el momento en que reconoció el cadáver lacerado en la morgue del Instituto Médico Legal.
Debía tratar de sobreponerse. Esto era completamente absurdo.
Haciendo un esfuerzo enorme forzó una sonrisa y dijo a sus hombres:
“Muy bien, soldados, vamos a dar una caminata por la costanera.”
El conductor detuvo el jeep y los soldados descendieron con cierta reticencia. Se quedaron mirando a Martínez en espera de sus órdenes.
Pero Martínez había perdido el don de mando. De hecho, parecía otra persona. Sus ojos anegados en lágrimas miraban ya sin la acostumbrada dureza, mientras que un temblor sacudía su barbilla y sus manos.
¿Está enfermo mi teniente? ¿Quiere que lo llevemos a la enfermería? –preguntó uno de los soldados.
No, no, soldados. Déjenme solo. ¡No sé que mierda me pasa!
-Pero mi teniente, usted se ve muy mal –protestó el conductor- déjenos llevarlo para ver si le dan un calmante o algo.
-No, muchachos, no- dijo todavía débilmente Martínez.
-Regresen ustedes. Déjenme aquí.
-No podemos, mi teniente. ¿Cómo cree que vamos a explicar esto?
-¡Les ordeno que se marchen!- gritó Martínez, mientras una gran convulsión lo sacudía.
-No, pues, mi teniente- protestaron todavía los jóvenes- no podemos ni queremos dejarlo aquí.
Entonces Martínez se llevó la mano a la cartuchera y extrajo su pistola de servicio. Mientras les apuntaba con mano temblorosa gritó, más bien rogó, dolorosamente:
¡Obedezcan, mierda!
Los soldados retrocedieron mientras miraban incrédulos cómo lo sacudían los sollozos. Uno a uno fueron trepando al vehículo y al cabo de un momento se pusieron en marcha.
Martínez dejó caer su arma sobre la hierba y se permaneció allí un momento como desorientado. Luego se encaminó tambaleante hacia un pequeño muelle al que se encontraba atado un bote. Se sentó en los últimos peldaños, casi al borde de las aguas y dejó que sus lágrimas lo desgarraran. Un par de cuervos marinos pasaron sobre él graznando soñolientos. Una densa nube pareció estacionarse en lo alto cubriendo la gran luna de Abril. A esa hora, los amantes se recogían a su casas. Las ratas asomaban sus ojos brillantes en los ductos. La marea crecía. Un ligero viento adormecía los árboles cercanos.
Y Martínez lloraba.
Nadie sabe cuanto tiempo permaneció así. Y al momento de reconstituir las acciones, hay quienes plantean que ello es irrelevante. Se cree, sin embargo, que al recuperar un poco la calma y levantar la vista, Martínez se encontró con que alguien más se encontraba en aquel lugar.
Se encontraba sentada en el bote. Era una chica. Vestía unos jeans gastados y un pulóver muy grande. Era hermosa y lo miraba aparentando cierta inquietud.
¿Qué haces usted ahí?- preguntó sobresaltado el teniente.
Nada. Es mi bote.
¿Sí? Y qué mira?
Pensé que te ibas a tirar al río.

¿No lo harás?
Es posible que sostuvieran este diálogo, quizás no exactamente así, pero algo por el estilo, o quizás no hablaron y nada más se entendieron mirándose.
Porque es, precisamenete aquí donde la historia se desperfila, perdiéndose en un final que, de cualquier modo no es feliz. Las versiones difieren y todo se vuelve muy confuso. Ciertos testigos afirman haber visto a Martínez abordando una embarcación. Otros, aseveran que Martínez simplemente se tiró a las aguas desde algún punto de la extensa costanera. Hay quienes lo vieron saltar desde el puente. Sin mencionar a aquellos que aseguran haberlo visto en compañía de una hermosa joven en una de las tabernas del puerto. Sin embargo, lo único cierto es que aquella noche se pierde su pista y que inmediatamente fue ordenada su búsqueda tanto a la policía como al propio ejército. Tiempo después se abriría un juicio al cual comparecieron en calidad de primeros sospechosos sus atribulados hombres. No obstante, se estableció que no mentían y en consecuencia, la imposibilidad de que ellos fueran los responsables de su desaparición.
Pero yo, antes y mejor que nadie, lo sabía, y ello, no porque me encuentre dotado del inverosímil don de la omnisciencia, sino porque ha llegado hasta mí un documento irrefutable. La historia de su hallazgo, sin embargo, atenta gravemente contra el terso desarrollo de los acontecimientos, de modo que, apelando a la benevolencia y a la confianza del lector, la pasaré por alto.
La verdad es que en algún momento Martínez aborda la embarcación de la muchacha. El llanto ha cesado casi por completo y comienza a invadirle una sensación de paz. La compañía silenciosa de la chica que rema con gran habilidad, le produce una emoción hasta entonces olvidada. Se siente protegido y sereno. La quietud de la noche y el suave vaivén de las aguas lo adormecen, meciéndole dulcemente. Martínez vuelve a ser un niño remontando las aguas del Nilo. Vuelve a soñarse inocente y sagrado. Vuelve a sentirse parte de la noche y del universo. Siente el olvido de quien ha sido; siente su humanidad formando parte del agua y del aire nocturno y, siente, de pronto que ama a Dios y a todas las criaturas vivientes: celestes o terrenales. Siente, en fin, que es la materia viva de un milagro.
Mientras tanto una densa niebla ha terminado por abarcarlo todo. El bote avanza entre densos girones blancos y húmedos, mientras a la distancia, una difusa aureola establece los límites de la urbe.
De pronto, una sombra se abate sobre ellos y tras un nervioso aleteo, termina posándose sobre la proa. El ave nocturna le mira y a Martínez le parece que aquellos ojos tienen algo de humano. Acaso en ese momento piense también que quizás se esté volviendo loco. Entonces se echa sobre el fondo del bote y ayudándose con una pequeña linterna a pilas escribe una carta o un poema o ambas cosas. El destinatario es ambiguo. A veces ocupa este lugar una mujer, Lina o Rina -la escritura es temblorosa-; a veces son sus compañeros de armas o de colegio; a veces el propio general Pinochet. Cuando cree haberla terminado el bote ha encallado en un pequeño islote. O quizás se ve obligado a terminarla precisamente por el brusco golpe del bote al encallar. No lo sabremos nunca. En cualquier caso, la última palabra que alcanzó a escribir es: “Magallanes”.
Al principio, los detectives que hallaron su cuerpo guardaron silencio obligados por la investigación en curso. Más tarde, sin embargo, el inspector Belarmino Pedrotti me confesó que entre los misterios no resueltos se encontraba el hecho de que en realidad se hallaron dos cuerpos, el del infortunado teniente y el de una mujer joven cuya data de muerte era imprecisa. Difícil de explicar también de qué manera Martínez pudo llegar hasta el lugar donde fue encontrado sin el concurso de alguna embarcación, puesto que lo único que fue hallado en la ribera fueron los restos podridos de un bote a remos. Pedrotti me señaló que se descartaba por imposible el hecho de que Martínez se halla desplazado hasta allí en aquel bote. La madera para podrirse necesita un largo período de tiempo. De acuerdo a nuestros peritajes, afirmó Pedrotti, no tenemos dudas de que la mujer pueda haber llegado en dicha embarcación, pero no el teniente. Otra pista que estamos siguiendo es el de unas llamadas hechas por el occiso el día anterior a su desaparición. “Mire”. Pedrotti me alargó una hoja mecanografiada con una lista de nombres y sus respectivos teléfonos.
Hay algo que el diligente inspector todavía no sabía o prefirió ignorar. Y es que, a pesar de que no figuraba mi verdadero nombre, él último de aquellos teléfonos era el mío.
Tal vez él único que contestó aquellas llamadas.
¿Cuánto tardará el buen inspector en hacerme preguntas que no sabré cómo responder?



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19 agosto 2006

Crónicas de la segunda muerte

Este conjunto obtuvo el Primer Premio del Concurso de Poesía Universitaria "Apollinaire" organizado por el Grupo Palas y la Universidad Federico Santa María de Valparaíso en el año 1984. Nunca fue publicado como tal. Los poemas que figuran en ZONA TRANSITIVA fueron escritos basándose en éstos y, en rigor, constituyen textos distintos. Sin embargo, con Pedro Jara, el editor de Caballo de Proa, creímos oportuno, publicar este último conjunto como los poemas ganadores del concurso, lo que, de una forma muy mediata, es cierto.

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CRÓNICAS DE LA SEGUNDA MUERTE
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1979 – 1984

David Miralles




“Timidis autem, et incredulis,
Et execratis, et homicides, et
Fornicatoribus, et veneficis,
Et idolatris, et omnibus
Mendacibus, pars illorum erit
In stagno ardenti igne, et
Sulphure: quod est mors secunda.”

Apocalypsis de San Juan.
Versículo 8, Capítulo XXI.



Para Juan Luis
En su segunda muerte



1

ULTIMA PÁGINA



Fogatas sobre la tierra aniquilada.
Después de un siglo la luz de los campamentos permanece
Y en el riesgo se descubren gestos todavía hermosos.
Humedad sin límites.
Mientras aplican la ley de la gravitación universal.

Solíamos vagar en la frescura de aquel parque.
Guardo las imágenes:
La luz entre las hojas a punto de caer.
La luz consumiendo ese momento.

Hace un siglo se promulgaron leyes contra ti.
Leyes naturales:
Frío durable.
Pero nos fabricamos un rostro de cartón:
Una máscara de guerra.
El miedo nos cambiaba.
-in god we've trust, but god was gringo-
Y seguíamos allí,
golpeados por el agua salada,
arrojados a la costa por las olas del pacífico.
-Podría recordar todos los detalles con una regresión-
Nombres famosos envueltos en el cielo agonizante,
Manos sangrientas desfalleciendo cerca de tus rododendros.
Odio suficiente para vencer la gravedad.


PARAÍSO PERDIDO

Las paredes destruídas de nuestro paraíso:
El bronce, el hierro, el oro viejo.
Angeles y policías:
Seres absolutos contra imágenes de barro.
Nuestra metamorfosis:
Primero, nos arrastraron sobre el polvo
hasta el borde de las aguas donde terminaba el mundo.
Estas aguas eran rojas y extensas y el espíritu sobrevolaba sobre ellas.
Luego, la prohibición de nuestro calendario.

Las escenas pudieron transcurrir
en las instalaciones de un campo deportivo
o en la dudosa intimidad de un baño público.
Reflectores, electroshocks, circuitos cerrados.
Protagonistas, los hijos del Gran Khan.
Antagonistas, los hombres del Mesías.
Que los pensamientos caigan.
Que los pájaros desde Tierra del Fuego
traigan sus mensajes.
Otro amanecer menos intenso.
Todo marcha bien, leémos.

Los campos anegados. Los campos rojos
El sueño sobresaltado de las masas.
Alguien sin facciones se arrastra hasta el banquillo
donde los jueces excrutan la verdad;
donde administran mortales fantasías.

Roto lo inefable, lo profundo del bosque, el canto,
la tierra flota indefensa
en el espacio perverso, sin extremos norte o sur.

Caminando en círculos,
linternas en las manos.
El viento enrojecido por los arenales pasa
y tiembla el corazón de acero y plexiglass.
Se desgasta el mecanismo del viento
Las siluetas en los parques no se hablan.
Sombras en los muros de cartón.
sobre la tierra envilecida.
El bronce, el hierro
de los guardias en los prados de la ciudad
El polvo que oculta los miembros,
las raíces que tampoco explican nada.
Alguien llora entre las grietas,
pero aún se duda de las almas.


3.

MEDITACION EN FUGA.

Me despido de las nubes
que dormitan sobre la ciudad caída,
reflejadas contra el vientre
de los charcos abiertos por la lluvia.

Un odio antiguo se alza desde el sueño.

Mis recuerdos:
las bestiales escenas de un amor de juventud.
El tono bronceado de tu piel.
Las manos abiertas para el hierro del verdugo.

Pienso en líquenes.
En formas imprecisas,
indicios de un naufragio
que olvidábamos.
En unas flores agonizantes sobre la mesa.
En esa fotografía en que aparecemos seguros,
trasfondo de cielos abiertos,
abrazados a esa nada.
Exhalando un anacrónico aspecto de felicidad.

4

COMEDIA PARA UNOS

Ancianos inmóviles en la plaza
Bajo el follaje chamuscado
por los 200 watts de la lámpara solar.
Han desaparecido los muchachos;
las chicas del colegio cercano.
Los pájaros trepan hacia las altas ramas
hacia la claridad artificial del paraíso
donde habría que cantar.

Pero es la estampa de la muerte.

Hundidos en nuestras habitaciones
como elegantes cadáveres
esperando el cambio de estación.
Sin probar bocado.
Sin levantar el teléfono.
Sin extrañarnos del silencio.

Quizás el agua habría purificado vuestro cuerpo.
El más bello del mercado.
Sin embargo, tras un grito de agonía,
surgías de nuevo en las pantallas
mientras el miedo se apoderaba de nosotros,
protegiéndonos.
Imaginábamos ventanas que daban al futuro,
pero sólo era el cansancio o la locura.

“Nos hemos salvado” – explicabas-
Pero cerca de la frontera de nuestra habitación
Se extendía el caos.
Todavía los ojos alertas sobre la plaza
donde los ancianos terminaban con la luz.


5

GRAFITTI

Escribir una palabra
i soportar el peso de las sombras.
La inscripción de sol
Sobre las piedras húmedas.
Sufrir una débil palabra esperanza
Flotando en el foso entre las hojas muertas.
Fluir en la corriente temblorosa
De unos ojos inútilmente abiertos.
Escribir la palabra imposible
En noche oscura.
Arrancar una certeza
Desde la tierra envilecida
Por los pasos enemigos.
Escribir una última palabra
En las murallas.
Estos versos de piedra
En el granito
Entre las sombras de basalto
Para avergonzarlos.


6

RETRATO VENCIDO

Escuché tus pasos abandonar el universo.
Querías desnudarte en la cama natal.
Abandonar las calles.
El cansancio de caer un poco más
cada mañana.
Te lo negaron.

Escuché las trompetas de tu juicio.
El viento en Nueva York,
El viento ardiente
o el viento congelado
arrastrando partículas de odio.
Tus palabras desnudas
que no pudieron llegar
hasta sus puertos de papel,
te condenaban.

Afuera está lloviendo hace años
y en el aire fluyen pestilencias
mientras suenan las sirenas de los barcos
como en alguna fantasía.
Como sonaba ya tu hora y estabas lejos,
oscurecíendo otras páginas,
pero nunca lejos del dolor.

Ahora la lluvia te toma por los hombros
y te confunde con el barro.
La muerte puede ser esa paloma que abre los brazos
bajo el estrecho cielo de las torres de la quinta avenida.
Mientras, la fiebre dorada te estremece
fingiendo que te ama.
Y tú le crees.
Tú, como siempre, le crees.

7

DE PERFIL

“Con la frente en el vidrio
Velamos el nuevo dolor”

Odiseo Elytis

Un vendaval de pájaros oscurece nuestra historia.

Vestías una blusa azul
y llevabas tu desconsuelo gris.
También la mañana con su roñosa luz
al salir
sin mirar atrás.

El día que te fuiste,
tus pasos se perdieron en el frío y en la bruma
en las calles de otra vida de la que nada supe.
Tu cuerpo despertó de pronto en el autobús,
entre los tuyos.
Se dirigía por calles desgarradas,
avanzando entre el dolor de un nuevo día.
Y la emoción, el presentimiento
de algo nuevo y definitivo.
Tal vez un encuentro con Dios en los suburbios.
En cambio, en el sitio del suceso
encontraste tu cara
en una vitrina de calle Concepción.
Estabas desnuda y dolías
apoyando tu frente en el vidrio helado que te exhibía.
Y llorabas.
Mientras yo soñaba con acercarme
con las manos vacías.

18 agosto 2006

Ventana trasera


Este poema lo escribí probablemente a principios de los ochenta. Nunca lo leí en recital alguno, a pesar que en ese tiempo hacíamos muchos. (Este fue el período de mayor actividad del grupo Indice). ¿Por qué?… Tal vez porque se me antojaba demasiado íntimo y sentía pudor. Ahora, sin embargo, es el poema de otro… y cometo la impudicia de develarlo, primero ante mí y, luego, ante los demás.




Quizás nuestra locura nos hizo sobrevivir a ratos.
Tras el muro que contenía nuestra niñez
Y ocultaba nuestro juego inocente con cuentas de colores
esa perversidad innata nos llevó derecho
A las flores más vivaces y fragantes.
Aquellas que cortaste para mí
Mientras pasaba el último tren en el atardecer
En el fondo del patio.
Aquellas flores que cortaste para mí
Y que yo ahora recuerdo en esta desteñida hoja de bitácora.
Quisiera oler una vez más la profundidad de tus cabellos
En ese secreto triangulo del patio
En que desapareció nuestra inocencia.
Tanto amor verdadero
Perdido a tan temprana edad.
Las mejores emociones despilfarradas
Al paso de las primeras estaciones.
Estoy de nuevo en esta ventana
Que sólo tú y yo recordaremos
Mirando las colinas
Por las que solíamos vagar
Mientras pensábamos en el futuro.
No éste sin duda, sino otro
Más venturoso y mágico
Que el que hicimos separados.


Ahora somos mayores
Y tú sabes que es cruel.

A bordo de un viejo vapor

A  la memoria de Jorge Torres   Del pasado ascendía como niebla el alma del río   Gunnar  Ekelöf   C on   el p...