31 marzo 2007

Debería reir

Debería reir
ante la boca del lobo;
pelar los dientes
en señal de confianza
y descender a las entrañas
del miedo.
Husmear tu nombre
tan largamente perdido,
aflojar el lazo del cuello,
quitarme los negros zapatos
y sentir la frescura de la piedra
acariciándome la piel.
¿Qué es pues el miedo
cuando ya el veneno hizo su efecto?
Y la lámpara disminuye su voltaje
mientras zumba como un inecto.
Debería por lo menos sonreir
para comprobar mi existencia.
Enviar algunas cartas
expresando mis más nobles sentimientos,
aquellos que tuve alguna vez
en otra vida.
Pero si el azogue no se empaña
con mi aliento,
debería aprender a levitar
y a no sentir
este agudo amor
en alguna parte
de lo que ha sido el alma.
Este amor que me fulmina
como un rayo
dispersándome
en millones de partículas
de felicidad.
(Junio 11, 2005. River Road, OR)

28 marzo 2007

Mar


oleaje que me precipita
hacia un estrépito pasado,
ímpetu de sal que atraviesa mi cuerpo
hasta los abandonados arrecifes
del otro que soy
y que ignoro.
Mar espeso
donde sufren las palabras
que no he dicho,
la substancia
de un hábito tan antiguo
que temo recordarlo,
la raíz de una emoción
cuya faz huidiza
se me escapa entre tu multitud.
Mar, vengo a tus escombros
en busca del secreto
la inútil carta de los dioses
Y siempre olvido
que entre las cosas que arrojas a la playa
no hay respuestas
sino espuma,
blanca espuma que sabe
a un único olvido
que besa mis pies.

16 marzo 2007

Puntos de vista

La señorita Zoila llora mientras se entera de que las poesías que ha es­crito con tanta emo­ción y esfuerzo carecen de valor. Ella las ha pa­sado en limpio, primoro­samente, con su letra clara y redonda de buena estu­diante. Acaso su cua­derno huela a ella y despliegue un perfume a flores campestres; a prímulas y fuc­sias. Quién sabe sus lágri­mas huelan también a margaritas y a calas.
Pero la es­cena es repugnante.
La señorita Zoila es una idiota, no porque escriba poesías –arte que El Caba­llero ha con­denado públicamente-, sino por haber tenido la desdi­chada ocurrencia de desnudar su lírica ante el crí­tico. Por eso me parece justo que se la es­tén cu­leando.
Pero la escena me en­ferma.
El crítico es feo y viejo y, como dicen ciertos libros de frenología, posee “un perfil aqui­lino". Ejerce además, el antiguo oficio de cura o timador corpora­tivo.
Ha comenzado aclarando que lamenta herir los sentimien­tos de la seño­rita, pero que imbuido del respeto y el amor que siente por la lite­ratura, es su deber (¿dijo "sagrado"?) separar la paja del trigo; decir "la verdad", por muy dolorosa que esta sea. Acusa a la tonta de Zoila de osar practicar un arte ex­celso sin conocer sus "rudi­mentos". Apostaría que la mitad de las so­berbias palabras del anciano caen en el vacío. Pero Zoila sabe que son hos­tiles. Llora porque ha cometido el pecado de sacrilegio. Se siente torpe, fea, úl­tima. El crí­tico la con­suela magnánimo, satisfecho de su poder. La idiota de Zoila le da increí­blemente las gracias por vomitar en su cursi cuaderno.
Ambos constituyen la eterna imagen de la cultura: El lobo versus la oveja.
De todos los presentes en la sala, soy, tal vez, el único que ha leído los dos volúme­nes de poesía escritos por el crítico. Gesta del sol, publicado en 1934 por Zig-Zag y Poesía Selecta de 1959 por Edi­torial Universitaria.
Su lectura fue pe­nosa.
El pri­mer volumen constituye el desfachatado in­tento de conciliar un len­guaje nerudeano, espeso, sobresaturado de imágenes, exagerada­mente telú­rico, con una te­má­tica seudo mística. El resultado, obvia­mente, es una mierda presuntuosa y rimbombante. Sin embargo, posee el im­pensado mérito de comprobar que el co­nocimiento de la poesía de moda no es suficiente para encubrir la falta de talento, de imaginación y de experiencia vital. Este primer libro abusa de la enumeración caótica, de una prolija yuxtapo­sición de imáge­nes surrealistas, de rebuscadas metáforas de segundo grado, etc., etc.
El segundo volumen es claramente supe­rior, sin dejar de evidenciar la falta de verdadero talento, de genuina emoción y de sensi­bilidad. El au­tor ha esca­pado a la influencia de la poderosa len­gua neru­deana y ha recalado en una escritura me­nos verbosa; un tanto más clásica, casi ascética. Las metáforas se encuentran cuidadosa­mente construi­das. Seguramente demandaron lar­gas noches de insomnio; tal vez semanas enteras de intenso es­fuerzo. Todos los poemas que lo consti­tuyen fueron publicados a través de los años en di­versas revistas o libros colectivos.
No obstante, ningún poema memo­rable que rescatar.
Es cierto que Zoila no sabe escribir. Sus poemas ingenuos no hacen sino refle­jar su mente amueblada de lugares comunes; su ramplonería, su cursile­ría, su espíritu kitch.
Y el crítico se ceba en ella. Sonríe dichoso mientras pronuncia las frases más des­calificadoras con dulzura paternal.
Hasta ahora no me había dado cuenta de lo hermosa que es Zoila. Escar­ne­cida por la jaculatoria del crítico, su rostro arrebolado resplandece y sus ojos brillan a través de las lágrimas. Sus pupilas se encuentran dilatadas y adivino un leve jadeo en su respiración. Apostaría a que su lengua está helada y su concha ardiente. Como un animalito acorralado a punto de mearse.
De pronto siento unos celos irracionales.
Aunque nunca ha habido nada entre ella y yo, siento celos.
Y es que soy, lejos, mucho peor que el crítico.
Decido entonces entrar en acción.
Y cuando un roto como yo entra en acción, no lo hace sin aplicar la pri­mera re­gla de la super­vivencia callejera, la cual sabiamente sentencia que “siem­pre gana el que pega el primer aletazo”. Así que pego mi primer aletazo.
-Disculpe que lo interrumpa, padre… El anciano me busca entre la concu­rren­cia sin lograr enfocar sus sucios espejuelos en mí.
Todo lo que usted dice puede ser cierto –continúo sin darle tiempo a identifi­carme- pero hay una pregunta que seguro se harían todos los aquí presen­tes, si se hubieran molestado en leer las poe­sías de usted. Y la pregunta es muy simple: ¿cómo al­guien que sabe tanto sobre el tema ha escrito una poe­sía tan re mala?
El cura mira sobresaltado en mi dirección mientras intenta limpiar sus ga­fas con un pañuelo.
Y la segunda pregunta, por supuesto es ¿no es usted la prueba viviente de que el sólo hecho de saber bien el catecismo no garantiza ser un buen cris­tiano?
Las carcajadas llenaron la sala.
Como era de esperar, el patriarca que no es un recién llegado en estos lan­ces y conserva la calma. Parece vacilar. Puedo prever que su mente ágil y entre­nada busca las ideas y las palabras más afiladas para contrarrestar mi acome­tida.
¿Y se puede saber cuáles son sus pergaminos para que los aquí presen­tes confíen en su juicio, señor…?
-Digamos que soy un roto ilustrado al que no le pasan gatos por lie­bres-
-La categoría de “roto” que usted se adjudica supongo que explica su im­pertinencia y su grosería, pero todavía falta ver lo de “ilustrado”
Pongámoslo así: si uno ha leído a Ercilla, a Pezóa Véliz, a Gabriela Mis­tral, a Vicente Huidobro, a Pablo Neruda, a Pablo de Rokha, a Nicanor Parra, a En­rique Lihn y a Jorge Teillier. O sea, a lo mejor de la poesía chilena. Después de eso, no hay que ser un experto para darse cuenta que sus dos libros, compara­dos con aquellos, son sencillamente mediocres.
-Todo depende del punto de vista desde el que se lo juzgue, mi amigo…
- Todo depende desde el punto de vista, cierto, pero desde el punto de vista al que me refiero es muy claro que su poesía está lejos de alcanzar un nivel aceptable. Si verdaderamente sabe de lo que habla, reconózcalo.
- Mi poesía está perfectamente construida y formalmente es irreprocha­ble.
-pero eso no la convierte en buena poesía.
-para usted…
No. Para mí y para cualquiera que sea un lector educado, su poesía ca­rece de valor. Y por eso no entiendo con que derecho usted se atreve a criticar a otros, cuando es evidente que no ha podido lograr lo que predica.
A estas alturas de la discusión yo sentía los ojos de Zoila clavados en mí. También me percaté que mi interlocutor se inclinaba a ambos costados y parecía dar indicaciones a los doctores que lo escoltaban en la mesa. Uno de ellos se levantó sigilosamente y supe que no podía sino haber ido a llamar a los guardias.
- Mire, mi tiempo y mi paciencia se agotan y la verdad es que no sé que hago discutiendo con un pobre diablo como usted.
- Me alegro de que por fin muestre la hilacha y descubra toda su arrogan­cia de cura facistoide. Espero que le quede claro que no nos va a venir a engrupir tan fácilmente. Y, por último, antes de que lleguen los gorilas que mandó a buscar para que me saquen, le quiero decir que estoy seguro de que cualquiera prefería leer el cuaderno de la compañera que usted humillaba, antes que una sola página de uno de sus libros.
Sentí que los guardias estaban ya en la puerta así que sin pensarlo dos ve­ces tomé el paquete de panfletos y los lancé al aire.
No se engañen: yo no era uno de aquellos héroes que lucharon contra la ti­ranía. Tampoco un anarquista.
Sólo lo hice para sembrar el desconcierto.
De manera que pude salir tranquilamente por la puerta mientras los guar­dias, desconcertados, intentaban detener a los muchachos que recogían los panfle­tos.
De inmediato se corrió la voz de que estaban en clave. Sólo yo sabía que no era cierto. No eran más que un montón de papeles de diario en que la imaginación creía ver mensajes libertarios, consignas patrióticas o arengas que incitaban a las masas. Semanas después, el cuartel de inteligencia todavía se quebraba la cabeza tratando de encontrar las supuestas claves. Y se dice que finalmente las encontra­ron.
Mientras yo me conformaba con descifrar las claves del dulce corazón de Zoila.

19 noviembre 2006

"Los Malos Pasos" Selección de Poemas

De Los Malos Pasos (1990)

EL AMOR QUE RESPLANDECE

La noche nos reduce en esta plaza
y es nuestro el amor que resplandece
más allá de las torres asediadas;
de las malas palabras que cerramos
y que ahora ceden
bajo el peso de los cuerpos.
El viento entra en la ciudad
rendida a nuestros pies
que ignoran el camino de regreso
hacia la madrugada.
Lo demás podría no existir
en esta hora
en que volvemos a vencernos.


EL ÁRBOL SIN NOMBRE


Hace mucho tiempo
tú y yo adorábamos el sol
hasta que en el fondo del patio creció un oscuro árbol
que ni tú ni yo reconocimos.
Y pasó aquel tiempo;
la época en que éramos felices.
Vino el día en que olvidamos nuestros nombres
y la niebla disolvió nuestra costumbre de miramos.
Mas de pronto una tarde te vi en el fondo del patio
bajo la sombra del árbol sin nombre
en brazos de un desconocido
que hundía sus manos en la oscuridad de tus cabellos.
Entonces corrí hacia ti y te llamé.
Pero tú escondistes la cara entre las sombras;
reclinando tu cabeza dulcemente
en mi desdicha.

EXTRAÑO COMPORTAMIENTO DE LAS AVES

Creo que hay pájaros cerca del mar;
pájaros en la playa inmóviles.
El cielo se haya despejado y yo libre de emociones.
Los pájaros permanecen en silencio,
tal vez heridos o amarrados.
Hay otros pájaros rodeándolos.
El mar está tranquilo;
pequeñas olas se arriesgan en la orilla.
Hay una repentina conmoción.
Algunos pájaros huyen
sin conseguir levantar el vuelo.
Quizás no sean pájaros.
La brisa del mar me trae los rumores.
Creo escuchar una voz, algunos gritos.
¡Acábenlos! ... ¡acábenlos! ...
parece decir una voz de mando.
Pero podría ser el eco en los acantilados
deformando los graznidos.
Creo que algunos pájaros yacen abatidos
cerca del oleaje.
Los otros se retiran en fila india.
Una espesa niebla comienza a levantarse desde el mar.
Los pájaros desaparecen.
La playa desaparece
y debo retirarme.

EN UN OSCURO PRINCIPIO

En un oscuro principio
el verbo tal vez se retorcía.
Amenazaban con castrarlo
con las primeras luces del alba.
Pero el verbo consiguió reproducirse.
Tomó las caras incomprensibles de un remoto futuro.
Renovó sus fuerzas
estrellándose cada tanto consigo mismo.
Negando tenazmente su pasado.
Extrañándose de sí mismo.
Repartiéndose en miles de pedazos enemigos entre sí.
Escapando de su muerte
con pequeños sorbos de veneno.
Abrazando finalmente 1os repugnantes íconos de otro dios.
Quizás fue lo que pasó.
Quizás fue de otra manera.
Pero el verbo me sopla estas palabras:
"no tiene importancia".





LOS MALOS PASOS

Todavía irás esperando otro destino:
el último vapor que no se detendrá en el puerto clausurado.
No te habrás resignado a la fuerza de las olas
cuya ciega resaca ha borrado tus huellas de la playa
y de mi corazón.
Es como si nada quedará de esos días
excepto un signo indescifrable
y yaciéramos en el fondo de la lluvia
más allá de toda exactitud.
Es como si hubieran asaltado nuestra historia
robándonos las palabras que guardábamos
para una época feliz.
y es como si el viento alejara nuestros pasos
más allá de los destinos dorados.

POR ALLÍ MI PADRE SIN MEDIDA

Por allí también rodó mi padre a su blancura
luego de vagar por calles y por plazas perdidas en la niebla
golpeando puertas que desaparecían
en un futuro inalcanzable.
Por allí todavía la sonrisa de mi padre
andaba despidiéndose
doblando la cerviz bajo la nube
que lo llovía sin cansancio.
Por allí rodó mi padre sin medida
su corazón atravesado por los pájaros.

"ME ATRAVIESA UN RÍO SIN NOMBRE"

"Me atraviesa un río sin nombre".
Frase que podría corresponder a alguna carta perdida
o a la carta que ahora escribo falseando su argumento
como si fuese un antiguo Capitán del Rey
hundido en la lluvia del territorio sur.
Mis hombres han hecho una fogata
y asan un cerdo junto al río
en cuyas aguas tiembla mi rostro antes de los nombres
que han de brotar sobre los mapas del nuevo territorio.
Lo cierto es que no me atrevo a reconocer que no soy el Capitán
y que mis hombres son fantasmas que orinan en mi esfinge
en un pequeño parque abandonado.


COMPAÑERO

Compañero
sobre ti nadie ha puesto la verdad.
Nadie se atreve a meterse en tu camisa
a hundir las manos en la tierrra
en pos de tu osamenta
de tu cédula de identidad o del botón
para mostrar el torturado amor a tu bandera
o simplemente para soñar
la palidez de tu cara deshaciéndose
con un vago resplandor en la corriente
que trato tal vez de remontar.

ABANDONO


Resignado a no subir la colina
en la que todos aspiran a salvarse
abres tus ojos en un sueño clausurado.
Te condenas.
Pero tú viste la trampa montada en esa cumbre
a la que todos reptan.
Sin duda no es un momento muy feliz.
Es el instante en que rompes todo vínculo
y pliegas tu bandera
para caer en la renuncia.
Te sientas serenamente a meditar tu suerte.
Tu falta de solidaridad...
lo que te convierte en un asqueroso cerdo
ante los jóvenes puros y morales
que marchan con tu consigna hacia la cumbre
que procuras olvidar.



ME LEO A MÍ MISMO

Me leo a mí mismo
y no puedo celebrarme
tras comprobar que toda ficción
se reproduce a sí misma
ante los propios ojos del fabulador
quien toma por suyo
aquello que encuentra abandonado
en los campos vacíos de su imaginación.

Me leo y me obligo
a este acto sacrí1ego.

SE LEE MIRALLES A SÍ MISMO


Se lee Miralles a sí mismo
imaginando su lectura
una pantalla que lo salva
de los sueños del tirano.
Pero olvida esta cerradura
por la que atisba el ojo de un perro
que agita su cola, delatándole.

09 noviembre 2006

¡Al campo!

¡Campo! ¡Ese horrible lugar donde los pollos corren vestidos con plumas”

Julio Cortázar

Para Cecilia

En noviembre de 1975, siendo el subscrito, Jefe de Plaza de la po­pulosa ciudad de Santa María La Blanca, ubicada en el extremo meri­dional de la Repú­blica de Chile y, habiendo conocido el desprecio a la naturaleza manifestado en reiteradas oportunidades por la vecina que más abajo se individualiza, de­creté el siguiente bando:

BANDO Nº 37

1º Sométase a relegamiento y a trabajos forzados en la isla de Cahuach, Archipié­lago de Chiloé, Xª Re­gión, a la ciudadana que a continuación se indica:

Doña María Josefina Venturini Bahl, Cédula de Identi­dad Nº 8.163. 017-2

2º La extensión del periodo de relegamiento se man­tendrá hasta com­probar que la ciuda­dana relegada haya desarrollado un amor in­condi­cional por el campo y por la vida ru­ral, habiendo aprendido en el trans­curso de la pena, las habilidades necesarias para adaptarse a dicho me­dio y de esta manera se encuentre apta para alcanzar la felicidad.

Decretado en Santa María a 10 días del mes de Noviem­bre del año 1975.

Notifíquese y cúmplase

Firmado

Arturo Rodas Siegenthal (G.D.)
Jefe de Plaza
IV División
Ejército de Chile


Como creo anticipar que a muchos lectores extrañará esta medida, a primera vista desproporcionada, en contra de una ciudadana aparen­temente in­ofen­siva, intentaré un relato que dé cuenta, lo más objetiva y exacta­mente posible, las circunstan­cias que dieron origen a la misma, así como el desarrollo y pos­terior desenlace de los acontecimientos.
En tiempos en que proliferan los juicios persecutorios en contra de quienes servimos amorosamente a la Patria y quienes no titubeamos a la hora de usar enérgicamente la autoridad que, por otra parte, sólo confiere Dios, Nuestro Señor, un relato como éste, ayudará a compren­der los alcances y el verdadero sentido de la acción militar durante aquellos gloriosos días que la historia se obstina en recordar como “dictadura”.

He aquí los hechos:

Creo que fue a poco de haberme instalado en mis oficinas, en el último piso del edifico de la IV División de Ejército, que recibí la visita de una distinguida dama de aquella ciudad. El propósito: Invitarme personalmente a un “Vino de Honor” para festejar mi reciente llegada y para que tuviera la oportunidad de conocer a lo más granado de la so­ciedad local. Se trataba pues, de una oferta imposible de declinar. Mani­festé mi complacencia y prometí acudir puntualmente el día y la hora estipulados en la primorosa tarjeta que la señora había puesto en mis manos.

Concurrí pues a la ceremonia. Allí tuve ocasión de departir ama­blemente con la mayoría de los nobles patriotas que habían colaborado en derrocar el detestable régimen del Doctor Allende. Ciudadanos que había arriesgado la piel durante las oscuras horas de la pesadilla marxista y que se mostraron muy complacidos de mi presencia en la ciudad.

Allí fue también donde vi por primera vez a la señorita Venturini de quien, preciso es confesarlo, me enamoré en el acto. Ciertamente aquello fue motivo de mucho dolor, siendo yo un hombre felizmente casado. Sin embargo, ya sabéis lo caprichoso e irracional que suele ser el sentimiento amoroso. En incontables ocasiones este sentimiento hubo de doblegar la férrea voluntad de este viejo soldado, tornando su vida poco menos que en miserable. Lo cierto es que aquella vez volví a casa con la amarga sensación de haber sido derrotado sin haber tenido la más mínima oportunidad de defenderme. Traspasado y fulminado por los adorables ojos de la señorita Venturini. Esa es la verdad y de nada serviría ocultarla.
Sin casi proponérmelo me encontré ordenando a mis subordina­dos inquirir todo tipo de detalles sobre la vida de aquella orgullosa jo­ven. Así fue como me enteré de que pertenecía a una de las más pode­rosas familias de la zona. Su abuelo, un inmigrante italiano, había hecho fortuna poniendo una cristalería que pronto se había hecho famosa en todo el sur y aún en la propia capital. Por parte de la madre, entroncaba con una distinguida familia de la próspera comunidad alemana de la zona.
María Josefina era alta, más alta que yo, que no soy precisamente bajo. Su aire elegante, al tiempo que su natural vivacidad y desplante, la volvían siempre el centro de la atención. Cultísima, terminaba sub­yugando siempre a quienquiera fuese su interlocutor. Sabía debatir con una agudeza digna del mejor abogado. Y es precisamente en este rasgo de su personalidad donde había algo sospechoso. Sin embargo, en un principio, ofuscado por mis sentimientos, no reparé en ello.
En contra de todos mis principios y creencias, comencé a corte­jarla. Aunque lo correcto sería decir que intenté cortejarla.
Cierta tarde, durante el transcurso de una de aquellas reuniones sociales, que, huelga decirlo, se habían hecho habituales, la invité a dar un paseo en mi lancha deportiva. Aceptó de inmediato.
Volví a casa flotando en el aire. Por supuesto, en mi ingenuidad, producto de mi poco trato con mujeres, tomé aquello como una muestra indesmentible de su simpatía hacia mí y, eventualmente, de atracción.
Aunque no soy un hombre feo, no me atrevería a afirmar que soy especialmente atractivo. Cuestión que, por lo demás, y hasta ese mo­mento, me había tenido absolutamente sin cuidado.
Aquella tarde, sin embargo, me asomé al espejo y sometí mi rostro a una minuciosa inspección. Me encontré viejo.
Llamé a mi esposa y le pregunté que me sugeriría para mejorar mi aspecto. Mientras la buena señora se reía y se divertía a mi costa, fue sugiriéndome que eliminara el bigote, podara mis frondosas cejas y re­cortara los pelos que asomaban por mis fosas nasales. Lo hice.
Cuando hube terminado, ella me contempló admirada y me dijo con voz ronca: “te sacaste de encima por lo menos unos diez años”. Después quiso tirar. Pretecté un súbito dolor de cabeza y abandoné raudamente la habitación. Desde mi despacho la sentí llorar y arrojar algunos objetos contra los muros.
El paseo en lancha fue maravilloso. Hacia media tarde atracamos en una pequeña isla en medio del río. Ella me explicó que se llamaba “Isla Sofía” y que cuando era chiquilla, ella y sus amigos, solían venir con frecuencia.
Hicimos pic-nic.
Conversamos, comimos y bebimos alegremente.
No estábamos de acuerdo en casi nada, pero yo ocultaba mis pen­samientos mientras me decía que entre un hombre y una mujer, no estar de acuerdo no significa nada cuando hay atracción. Así que yo la escu­chaba hablar, haciendo esporádicos comentarios, más bien irónicos, como cuando se escuchan las delirantes historias de los niños.
Una vez que fuera mía, pensaba, ¿qué importancia tendrían aque­llos pensamientos contradictorios, aquellas inquietudes adolescentes con que se devanaba los sesos? Pensamientos inmaduros, propios de una señorita mimada que no conoce la realidad.
En aquel momento se me antojaba que la realidad era yo.
En algún momento estuve tentado de realizar algún avance pero lo pensé mejor y decidí que no era todavía oportuno. Quería enamo­rarla. Que madurase como una jugosa fruta en lo alto de la rama. En el momento preciso caería dulcemente en la palma de mi mano.
Y sonreía feliz.
Mientras volvíamos, nuestra poderosa embarcación iba dejando una estela tras nosotros. Comandando aquella lancha sentía que con­trolaba mi propio destino. Sentía que las gaviotas me saludaban; que el sol de aquella tarde brillaba sólo para mi. Miraba los rubios cabellos de María José Venturini flotando en el viento e imaginaba, me convencía, que pronto sentiría su perfume derramado sobre mi pecho. Y sentía un impulso irresistible de abrazarla.
Ya en el muelle, casi al despedirnos, se me quedó mirando y me dijo: “Tienes algo raro… ¿qué es?...”-vaciló un momento- “¡Ah, te cor­taste el bigote!”Y luego de otra pausa agregó: “¡vaya, te echaste en­cima por lo menos unos diez años!”
Me quedé helado. Sin atreverme a pronunciar una palabra más le di la mano y me marché.

31 octubre 2006

ne oublier jamais.


Resulta que antes, hace como treinta años atrás, existía una gran playa en el barrio de Las Ánimas. Se extendía uno, tal vez dos, kilómetros, comenzando justo a partir del puente Calle-Calle.

Yo habitaba allí casi todos los veranos.

Era una hermosa playa de río y se encontraba bastante bien habilitada y mejor cuidada por el municipio. Lo curioso es que, aunque siempre había salvavidas en sus atalayas de vigilancia, cada verano tenía que ahogarse alguien. Casi siempre algún imprudente que se alejaba de la línea demarcada por las boyas anaranjadas o que se internaba en las traicioneras aguas del extremo norte de la playa, zona reconocidamente peligrosa por la presencia de algas y su fondo fan­goso.

Sin embargo, estas muertes, eran apenas una nubecilla en el panorama amplio y luminoso del verano.

Éramos felices, aunque probablemente no lo supiéramos.

Sólo ahora, después de tantos años, caigo en la cuenta que acaso nunca he sido tan feliz.

Éramos un grupo de cuatro amigos. Lito, Alex, Willy y yo. Todos muy altos y buenos mozos. El más alto era Lito que se empinaba por el metro 80. Tal vez el más buen mozo, Alex, con sus cabellos castaños y ondeados y su metro 78. Yo era el más moreno, con mi pelo negro azaba­che y mi metro 76; Willy era rubio, de ojos verdes y el más bajo de los cuatro con su metro 72. La estatura era un tema que nos obsesionaba por aquel entonces.

Y la natación, claro.

Éramos verdaderos peces en el agua.

Nuestra rutina era simple. Llegábamos temprano en la mañana, tirábamos nuestras toallas, nos quitábamos la polera y corríamos al agua. Ninguno de nosotros era de aquellos que arru­gaba al sentir la temperatura del H2O. Aquello hubiera sido una mariconada imperdonable. Así que ni pensarlo. Una vez que corrías al agua sabías que terminarías con una larga zambullida y continuarías nadando, estilo libre o “braceado”, hasta alcanzar las balizas. En nuestro exclusivo club también habían estilos proscritos: nadar de pecho o “a lo perrito” hubiera sido considerado por cualquiera de nosotros algo indigno. Aquellos estilos sólo iban bien con una chica y, por su­puesto, con el susodicho animalito.

Pero, hay un verano que recuerdo con especial nostalgia.

Todos teníamos catorce años y tengo la impresión que todos éramos vírgenes. Sin perjuicio de lo cual, cada uno de nosotros era capaz de referir con lujo y abundancia de detalles, una canti­dad indeterminada de apasionados encuentros con minas que siempre resultaban ser mayores e increíblemente atractivas. En mi caso, los detalles procedían de las aventuras de mi hermano Juan Luís, quien siempre me tomaba por confidente de sus más obscenas proezas amatorias. Este gran bastardo siempre iniciaba sus confidencias con la misma incómoda pregunta: “¿y?... ¿ya le conociste el ojo a la papa?”… Yo creo que todos sabíamos que mentíamos, pero nadie se hubiera atrevido a cuestionar a nadie. Ello hubiera implicado una suerte de suicidio colectivo ya que parte de nuestra identidad se sostenía precariamente en aquel tinglado de mentiras mutuamente consentidas.

Por otra parte, nuestra secreta aspiración era convertirnos, algún día, ojalá no muy lejano, en salvavidas de aquella maravillosa playa.

Y entonces ser como Atilio.

Un individuo que nos despreciaba olímpicamente, ya sea que se encontrara apostado en su alta torre, vigilando el atestado transcurrir de la playa o bien, sobre las ardientes arenas, cal­zando sus primorosas hawaianas importadas, exhalando el exquisito aroma de su bronceador mien­tras ajustaba las lentes de sus binoculares sobre el culo de alguna muchacha.

(Hay quie­nes sostienen que aquella era la inconfesable causa de que siempre se ahogara algún gil du­rante la estación.)

Nos acercábamos a Atilio. Le metíamos parlé. Lo adulábamos, incluso. Hasta que de tanto en tanto, condescendía a contestarnos con algún monosílabo. Pero siempre se las arreglaba para humillarnos; siempre encontraba la oportunidad para cagarnos.

¡Aquel tano conchesumadre!

Ya por la tarde cuando sacudíamos la arena de nuestras toallas para marcharnos, lo veíamos engrupiendo a alguna mina rezagada. Moviéndole la culebra. Conven­ciéndola de entrar en su citroneta color caca de donde –lo anticipábamos- no saldría viva.

Todo este tipo de huevadas contribuían a darnos una imagen distorsionada de la realidad. Nos imaginábamos infelices. No calzando hawaianas importadas ni enfocando poderosos binocula­res zenith sobre culos estatuarios, ni usando bronceadores de acentos ferinos. Careciendo de nombres y apellidos italianos, y sobre todo, no siendo propietarios de una citroneta color caca, la playa se nos atojaba poco menos que un valle de lágrimas.

¡Dios mío, si pudiera volver tan sólo fuera un segundo para tocar el hombro de aquel mucha­chito, guiñarle un ojo, convencerlo, desde el distante futuro, de que andaba desparramando nada menos que en el paraíso¡

Sin duda, aquel verano pasaron muchas cosas, pero esta noche sólo quiero insistir en dos.

Una de aquellas cosas se llamaba Katia, la otra, Manuela.

Ocurrió que aquel verano pololeé -o al menos eso creí- con ambas. No podría decir cuál de las dos era más bella, puesto que ambas lo eran en demasía. Ambas me volvieron loco; ambas me hicieron sufrir. Y si todavía me acuerdo de ellas es porque me besaron de tal manera que aún después de treinta años puedo sentir aquella dulzura incomparable. Por último, existía otra co­incidencia entre ellas, ambas mentían con total desparpajo. Katia tenía más de 17 años, pero fingía tener solo 15, Manuela no tenía más de 10, pero aseguraba tener 13.

Por otra parte, am­bas se odiaron a muerte.

Otra cosa: si Lito, Willy o Alex contaran esta historia, mentirían diciendo que ellos fueron los pololos de Manuela y Katia. La verdad es que ellas flirteaban con ellos, pero sólo a mí me ama­ron.

La primera vez que vimos a Katia fue una mañana al emerger de nuestro segundo baño. Era ya cerca del mediodía. Nos encontrábamos secándonos al sol cuando entre la mucha gente que venía arribando, apareció una chica de pelo castaño, vistiendo jeans y una polera que decía algo en francés. Acompañaba a un anciano calvo y flaco que se despla­zaba apoyado en un bastón. Al llegar cerca nuestro, plantó la gran sombrilla que traía al hombro y desplegó una pequeña silla de lona para el viejo. Luego de estirar su gran toalla y de quitarse los jeans, se sentó y comenzó a aplicarse crema bronceadora en los brazos, las piernas y el rostro. Al cabo de un rato, pasó rauda a nuestro lado y se zambulló sin titubear en las aguas.

Nadaba mejor que cualquiera de nosotros.

Y eso fue lo que nos subyugó a todos. La vimos llegar en unos pocos segundos hasta la mitad del río, bastante más allá de las balizas anaranjadas, donde se mantuvo luchando contra la co­rriente que, en ese punto, bien lo sabíamos, era muy poderosa. Pero, la corriente no la movió ni un centímetro. Luego de un cuarto de hora regresó, nadando con elegancia, a grandes braza­das, en un estilo crowl magnífico.

Cuando por fin emergió de las aguas y enfiló hacia nosotros, ya no era la misma. El agua que corría por su cuerpo resplandeciente la dotaba de una suerte de aureola cristalina y casi mística.

¡Una diosa, huevón! –comentó arrobado el Lito.

Nos apresuramos a encontrarla ofreciéndole nuestras toallas, lo cual rechazó con una gentil sonrisa.

Nos presentamos. Quisimos saber dónde y cómo había aprendido a nadar así. Pero, aparte de decirnos su nombre, declinó amablemente entrar en más detalles. Se excusó pretextando vol­ver a atender a su abuelo.

La vimos caminar aquellos pocos metros que la separaban del anciano dejando el rastro de sus hawaianas y de dos o tres prístinas gotas de agua en la arena. Y por supuesto, le miramos el poto que era una obra de arte sublime.

Después del almuerzo que consistía siempre en sándwiches y coca-colas, encendimos cigarri­llos. En aquel lejano entonces, grandes atletas como nosotros, no consideraban incompatible el uso del tabaco con la práctica del deporte.

Mientras sopesábamos diversas estrategias para conseguir un poco más de atención de aquella fantástica nadadora, fue que apareció Manuela. Guiaba una bicicleta muy cerca de las aguas, allí donde la arena era más firme y húmeda. Creo recordar que aquella bicicleta era muy grande, de un color verde oscuro y con la pintura un tanto desconchada. En ella la ciclista parecía más pequeña de lo que en realidad era, pedaleando de pie, subiendo y bajando rítmicamente, siguiendo un rumbo un tanto errático. Iba a volver la vista cuando de pronto, un niño que salió hacia la orilla persiguiendo su enorme pelota de playa obligó a la ciclista a hacer un brusco movimiento para no atropellarlo, maniobra que terminó con ella en el suelo arenoso y húmedo.

Salí corriendo en su auxilio. Cuando llegué a ella, ya se estaba incorporando. Le tendí la mano mientras el chiquillo causante del pequeño accidente nos miraba con su planetaria pelota en brazos.

“Estoy bien, estoy bien”, repetía. Pero yo no estaba seguro. Levanté el armatoste que conducía y comprobé que pesaba bastante. Al dar unos pasos, la chica, emitió un grito de dolor y se sentó en la arena. “Creo que me torcí el tobillo” se quejó.

Mis amigos habían llegado a la novedad. También Katia. Mas, luego de comprobar que no había gran cosa que hacer, se alejaron por la orilla charlando amigablemente; los cuatro. La oportunidad que buscábamos. Por un momento pensé en unírmeles, pero al volver la vista hacia la accidentada y ver lágrimas en sus hermosos ojos, opté por sentarme a su lado.

-“Me llamo David”- le dije.

-“Soy Manuela”- dijo, pasándome la mano. Una mano delgada y cálida que retuve un momento en la mía. Sentí como una punzada en algún lugar del pecho o del estómago. Algo raro.

-“Es un lindo nombre” – Comenté.

Me miró sin decir nada, directamente a los ojos. Y me pareció la chica más bella que había visto en toda mi vida. Era alta y bien flaca, el pelo oscuro, no negro, más bien un castaño muy oscuro. Tenía una pequeña cicatriz cerca de su ojo izquierdo, en la sien. Sus labios eran grandes y húmedos y cómo que no le iban a su rostro de rasgos delicados. Su nariz era perfecta. Quiero decir, per-fec-ta. Como aquellas que aparecían en los manuales del curso de dibujo de la Modern School que había seguido Juan Luís por correspondencia.

¿Te duele?- Le indiqué el tobillo.

Si, un poquito.

-Déjame ver –le pedí, y ella extendió su pierna hacia mí. Le quité la zapatilla y el calcetín y tomé entre mis manos su tobillo. Apreté ligeramente y se quejó. Pensé que quizás necesitaba un médico.

-Creo que se está hinchando- dije. ¿Andas sola?

- Siempre vengo a la playa sola.

Se me ocurrió la idea de llevarla a su casa. La senté en su vieja bici y para que no tuviese que pedalear, me fui caminando a un costado, llevándola. Era una bici de mujer, hubiera sido más fácil con una de hombre, pero yo ni siquiera pensaba en eso. Antes de partir les avisé a mis amigos quienes todavía conversaban con Katia quien me miró de una forma extraña y me sonrío al despedirnos.

Manuela vivía bastante lejos de allí, en la calle Carlos Andwanter, en una casa enorme de madera que olía a jengibre y a café de grano. La ayudé a subir las escaleras hasta su cuarto. Detrás nuestro subió la tía Ana y tras examinar la lesión, declaró que no le parecía nada serio, pero sólo por precaución iba a llamar al Doctor Martínez.

-¿Y este jovencito quién es?- preguntó después, como si recién me hubiera visto.

- Es David- me presentó Manuela. Es mi nuevo amigo- recalcó.

La tía Ana bajó las escaleras y al cabo de un rato volvió con galletas de jengibre y un par de tazas de té. Después nos dejó a solas.

Manuela se quitó la blusa y se quedó en camiseta. Era una camiseta calada y se le podían ver los sostenes bajo ella. De todas maneras sus pechos parecían tan pequeñitos que era como si nada. Noté que en su antebrazo izquierdo tenía una gran cicatriz.

-¿Qué te pasó ahí? Le toqué la cicatriz con un dedo.

-Ah, no. Me hice una herida una vez, respondió, no dándole importancia.

-Yo tengo un motón de cicatrices- se río- parece como si hubiera ido a la guerra.

-¿Tú no tenís?...

Pensé en mis propias cicatrices. Cada una tenía su historia. Algunas vergonzosas.

-Sí, claro que tengo.

-A ver, muéstrame una. Me exigió.

Incliné la cabeza ante ella. Pero, no entendió.

- Ya pues, me urgió.

-Pero si te estoy mostrando una- le dije, inclinando un poco más la cabeza.

-Ah, tenís una en la cabeza?... A ver… y hurgó con sus hermosas manos en la maraña de mis cabellos.

-Ah, es cierto- exclamó de pronto- aquí está, tiene la forma de un siete.

- ¿Te pusieron puntos? ¿Qué te pasó? ¿Te caíste?...

- No, no me pusieron puntos. Estaba en el campo cuando pasó. Me cayó un hierro muy grande en plena cabeza.

-¡Ay que mala suerte! ¿Y te desmayaste?

-Estuve inconciente como tres días. Cuando desperté no sabía ni quien era.

Se llevó las manos a la boca haciendo un gesto de sorpresa y conmiseración al tiempo que abría los ojos.

-¡Ay, pobre! Y me abrazó.

-Yo creo que mis viejos pensaron que me iba a morir o que no iba a despertar más. Estábamos en el campo de mi abuelo, en plena montaña, a miles de kilómetros de la civilización. No hubieran llegado conmigo a Valdivia ni en dos días. Así que no les quedó otra que rezar. El problema era que no sabían rezar.

-Tiempo después, la hija de los inquilinos, Fresia, me contó que su madre había ido a buscar una bruja y que en realidad ella fue quien me salvó.

-¡Una bruja!

-Sí, una bruja. O sea, eso es lo que me dijo la Fresia.

-¿Y tu mamá que te dijo?

-Mi mamá me dijo que después del golpe en la cabeza había quedado más inteligente.

Y cuando dije esto estábamos tan cerca que nos quedamos mirando fijamente a los ojos y después soltamos la carcajada. Nos reímos como media hora. Es decir, no podíamos parar de reír. Tratábamos, pero no podíamos.

Hasta que llegó el Dr. Martínez, seguido de la tía Ana.

-A ver… ¿dónde está la muerta?- preguntó. Al escucharlo, Manuela y yo nos quedamos mirando y estallamos nuevamente en carcajadas, aún más fuertes que antes.

El Dr. Martínez nos miraba asombrado.

-Sabía que era gracioso, pero nunca tanto- comentó. Con lo cual desató otra ola de carcajadas.

Pero la tía Ana estaba seria.

-¡Por Dios, esta niñita! A ver, ¡muéstrale tu pie al Dr.! ¿No era que tenías un esguince?

El pie de Manuela estaba moderadamente hinchado, así que el Doc lo friccionó con una crema, puso una venda elástica y dijo:

-Descansa el pie un par de días. No lo fuerces, ¿me entiendes?. Manuela asintió con la cabeza.

-¿Alguna pregunta?...

-Sí, ¿no tiene una crema que no sea tan hedionda?

- ¡Por Dios, la niñita pretenciosa!- Se escandalizó la tía Ana.

El Dr. Martínez cerró su maletín, movió la cabeza y dijo:

- Hay otra crema, pero está es la que huele mejor. Tienes suerte que haya traído ésta.

Manuela arrugó su hermosa nariz “modern school” y se despidió del Doc.

-Creo que yo también me debería ir- dije.

Ella no dijo nada. Sin embargo, creí advertir en sus ojos profundos y expresivos un tenue relámpago de decepción.

- ¿Vendrás a verme?

-¿Puedo?

- Ahora somos amigos, ¿no?

- Entonces vendré mañana.

Cuando nos despedimos me abrazó reteniéndome un momento y me besó muy cerca de la boca.

Mientras caminaba de regreso a casa, pensaba que en todo esto había algo raro. Y lo raro era que a pesar de conocerla hacía apenas algunas horas, sentía como si la hubiera conocido desde siempre. Como si la hubiera vuelto a encontrar después de una larga temporada en el limbo.

En casa seguí pensando en ella. Durante la cena seguí pensando en ella. Y luego, mientras escuchaba el radio en mi refugio del fondo del patio, seguí pensando en ella. No me la podía quitar de la mente. Y tampoco quería. Y era como una tristeza; una sensación de angustia y desolación, pero al mismo tiempo una sensación de felicidad húmeda que me desgarraba el hígado.

De semejante estado de delicuescencia vino a rescatarme Pete, El Negro, que era un tipo de modales muy refinados. Primero tocó la puerta con la cola para después asomar su delicado hocico, excusándose por molestar. Lo invité a pasar, agasajándolo con un par de galletas, las que devoró minuciosamente. Luego de cerciorarse de no haber desperdiciado ni la más diminuta migaja, procedió a agradecerme con un lengüetazo en plena cara. Luego se me quedó mirando.Tras su antifaz de caco ardían dos llamitas que me interrogaban, como si dijeran “¿qué te pasa, huevón?”

Por aquellos años, yo era un gran lector y siempre tenía a mano algún libro magnífico. Mi pasión era leer ciencia ficción, así que normalmente tenía algún tomo de la colección Nebulae o Minotauro. Esta pasión era clandestina, puesto que mis padres temían que la lectura de libros como Las arenas de marte o El planeta errante me “sorbieran el seso” o sea, que terminara más loco de lo que ellos sospechaban que ya era. He ahí una de las poderosas razones para mi huida al fondo del patio y la construcción allí de mi “bunker”. Mi padre dio su autorización con la secreta esperanza de que ello fuera un capricho momentáneo o que yo desistiera del propósito al enfrentarme con las dificultades de transformar aquella leñera en desuso en mi “espacio”. Se equivocó, por supuesto. En parte porque no compartíamos los mismos conceptos estéticos, en parte porque nuestra idea de la “comodidad” tampoco coincidía. Lo que es mi madre nunca se aventuró a entrar en lo que ella llamaba mi “covacha” y mi padre, cuando comprobó que yo había evacuado todas mis bienes del dormitorio que compartía con Juan Luis, sólo comentó: “ Te vas a cagar del frío”.

De manera que allí, en mi covacha yo leía, dormía y soñaba. Aparte de realizar mis tareas y estudiar un poco.

Probablemente eran ya como las nueve mientras trataba de retomar la lectura de una revista en la que no podía concentrarme porque, ya saben, se interponía el rostro de Manuela y me acordaba de todo lo que nos habíamos reido aquella tarde. Probablemente eran las nueve y hacía calor y todavía estaba claro. O quizás era más tarde cuando comenzó a parpadear la lamparita de 12 volt que tenía junto a la cama. Era el timbre silencioso que yo había instalado y de cuya existencia sólo sabían mis amigos. Así que supe de inmediato que afuera en la calle estaba el Alex, o el Willy o Lito o cualquier combinación de ellos. Y, mediante otro sofisticado mecanismo de mi invención, desactivé a distancia el pestillo del portón.

Apareció Alex.

29 octubre 2006

Sueños

Tuve un sueño
y en el sueño estabas tú.
Claro que tú no eras tú.
En el sueño eras hermosa,
con esa hermosura perfecta de las pesadillas
de las que duele despertar
y que nos dejan mal parados en la realidad.
Es cierto que tú eres hermosa;
no se puede decir lo contrario,
pero tu hermosura es real
y, por lo tanto, no más que una pobre convención humana.
Eres humana
y por eso sé que nuestro amor
no es eterno.
Tampoco yo estoy a la altura de tus sueños,
en los cuales siempre poseo atributos exorbitantes.
En el reparto figuro nada menos que como tu alma gemela.
Es decir, algo francamente monstruoso.
Pero en mi sueño de algún modo estabas tú.
Y todo lo que hacías me placía locamente
porque te amaba como nunca he amado en esta vida;
como nunca seré capaz de amar.
Porque en el reducto inconmensurable del sueño
vivíamos en una libertad vertiginosa
donde todo era posible
y todo, perfecto.
Aquella pasión no sería posible en la vigilia;
aquella ternura nos haría explotar como animales en el espacio sideral.
Así que ingrávidos en el sueño, vagábamos
ajenos a toda responsabilidad.
Presos de una peligrosa tendencia al asesinato.
Tu me ahogabas con una ternura infinita
arrasándome como un magma ígneo
en tanto mis cenizas oscurecían el cielo.
Yo te abrazaba hasta que no eras más que la cola dorada de un cometa
o el aire perfumado de un amanecer en el jurásico.
Nos disolvíamos sin dejar huellas
en aquel crimen perfecto que era nuestro amor.

A bordo de un viejo vapor

A  la memoria de Jorge Torres   Del pasado ascendía como niebla el alma del río   Gunnar  Ekelöf   C on   el p...